Después de cuarenta años siendo diabética, reconoce que a veces sigue comportándose como si siguiese padeciendo la enfermedad
13 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Marta Lafuente se animó a escribir un correo a La Voz de la Salud porque sigue, desde hace tiempo, a sus cuentas en las redes sociales. Nació en Pontevedra en el 1980 y, hace un año, una segunda vez en el Hospital 12 de Octubre de Madrid. Después de toda una vida sufriendo diabetes, el 14 de febrero del 2025 se sometió a un doble trasplante de páncreas y riñón. «Y consecuentemente, dejé de ser diabética y salí de diálisis», dice, aunque de forma inconsciente, a veces siga actuando como si lo fuese. «Al final, que la cabeza entienda que ya no hace falta un sensor de insulina, cuesta», confiesa. En el aniversario de su segundo nacimiento, cuenta su historia para concienciar sobre la importancia de donar órganos y dar una segunda oportunidad a personas como ella.
«Casi no tengo recuerdos de vivir sin pincharme», relata Marta. Sí que se encontraba fatal, que bebía y orinaba mucho, y que estaba permanentemente cansada. A su padre, que era médico, pronto se le encendieron las alarmas y la llevó a un hospital. «Me hicieron una analítica y cuando llegamos a casa mi madre empezó a llorar. Estas son las únicas cosas de las que me acuerdo, que me llevaron a pensar que lo que me pasaba era importante», añade.
Ella tan solo tenía 5 años y la realidad de la diabetes en aquella época distaba mucho de la actual. «Hay que decir que, hace cuarenta años, me pinchaba con viales de insulina, tenía que ir a la farmacia y cargar con un montón de jeringuillas. No había los avances para controlar las glucemias que hay ahora», explica. Marta se sentía diferente a sus amigas, pero estas siempre fueron un apoyo en el manejo de la enfermedad. «Todas sabían qué había que hacer cuando me daba una bajada de azúcar». Y con ellas vivió «mi peor parte de la diabetes» durante su pubertad: «Fue una ida y venida de hipoglucemias e hiperglucemias terribles. Después me estabilicé un poco y ya me quedé como hasta ahora».
Diálisis
La diabetes es una de las causas principales de enfermedad renal crónica. Se la conoce como nefropatía diabética y es provocada por el daño que los niveles altos de azúcar provocan en los vasos sanguíneos que filtran la sangre en los riñones. Los síntomas no aparecen hasta que la enfermedad progresa. «En mi caso, llego a diálisis con 42 años», lamenta la pontevedresa, que lleva veintiún años viviendo en Madrid.
Marta pudo recurrir a la hemodiálisis domiciliaria que, «aunque te permite tener más libertad, es más sacrificada que la hospitalaria porque tienes que realizara cinco días a la semana, en vez de tres como se hace en el hospital, pero durante dos horas y media». Comenta que se levantaba a las 5.30 horas de la mañana, preparaba la máquina, se conectaba a las 6.00, se desconectaba a las 8.30 y a las 9.00, estaba en su trabajo. «Nadie en mi entorno laboral se percató de nada durante un año y pico. Prefería llevar la procesión por dentro y no preocupar al resto, salvo que sea algo de extrema gravedad».
Hasta que los nefrólogos le proponen un trasplante. «Pensaba que querían ponerme en lista de espera para un riñón, pero el nefrólogo me dijo que era mejor realizar uno doble: "Porque si te ponen un riñón nuevo, tu páncreas va a volver a destrozarlo"». Después de «un año entero haciéndome pruebas», Marta entró en la lista de espera.
El trasplante
Hubo dos intentos de trasplante fallidos antes del que salió exitoso. «El riñón se trasplanta muy fácil, normalmente es agradecido, pero el páncreas es muy complicado. Normalmente, cuando se lo sacan al donante, el órgano se estropea. Y eso fue lo que me paso a mí en dos ocasiones previas». En la primera de las llamadas, Marta estaba en el trabajo. «Estaba muy nerviosa, me fui al hospital, me hicieron todo el preoperatorio y a las ocho horas, me dicen que me vaya a mi casa, que el páncreas no estaba bien para ponerlo. Fue un mazazo terrible».
Por eso, cuando la llamaron por tercera vez, Marta estaba segura de que tampoco iba salir bien. «Era un viernes, estaba entrando en el supermercado. A las once de la noche, me volvieron a llamar y a las dos de la mañana, me confirmaron que los órganos eran para mí». El 14 de febrero de 2025, de madrugada, entró en quirófano. «Lo último que recuerdo es que le dije a la coordinadora de trasplantes que tenía sentimientos encontrados, que no sabía si prefería quedarme así, diabética y en diálisis para siempre, a la operación. Y ella me dijo: "Marta, me alegra que sientas que la operación es un riesgo, pero ya verás como todo va a salir bien"». Y así fue. Después de 14 horas, salió de quirófano.
Confiesa que se encontraba fenomenal ya cuando despertó en la uci. «El primer día que me dieron de comer, un plato de sopa lleno de hidratos de carbono. Miré a la enfermera y le dije: "Pero yo no puedo cenar esto, me va a dar una hiperglucemia". Y ella, contestó: "No, Marta, ya no eres diabética, tu páncreas funciona". No me lo podía creer». Asimilar la nueva realidad después de tantos años, aún le sigue costando a día de hoy. «A veces sigo actuando como si siguiese padeciendo diabetes: no le echo azúcar al café y miro mucho las etiquetas de lo que compro».
Vivir con tres riñones y dos páncreas
Marta asegura que su nuevo riñón y su nuevo páncreas «funcionan fenomenal», pero ha tenido (y debe seguir teniendo) mucho cuidado con su salud. «Sigo yendo a muchos sitios con mascarilla para protegerme porque cuando no tienes defensas, un estornudo te lleva a 39 de fiebre, como me pasó a mí en alguna ocasión. Pero dejando a un lado estas pequeñas complicaciones, todo ha ido muy bien».
A día de hoy en su cuerpo hay tres riñones y dos páncreas. «Me funciona el riñón que me han injertado y mi páncreas, sigue haciendo la digestión mientras que el trasplantado, lo único que hace es darme insulina». Toda una maquinaria que funciona con gran precisión, pero que también debe cuidar con mucho mimo, ya que uno de los riesgos es sufrir adherencias abdominales. Estas se producen como respuesta cicatricial del cuerpo tras una cirugía, formando bandas de tejido fibroso —como un pegamento— entre órganos o la pared abdominal. Cuando este se lesiona, el proceso de curación a veces une estructuras que deberían estar separadas. «Por eso, a los tres meses de trasplantarme empecé a hacer ballet, para hacer los estiramientos que me recomendaron los médicos; siempre sin esfuerzos, claro».
Marta no quiere finalizar la entrevista sin lanzar un mensaje: «Creo que la gente no sabe lo fácil que es hacerse donante, es un proceso que se puede hacer en cinco minutos si de verdad es tu deseo. Y salva vidas. Mi donante ha salvado siete vidas, una de ellas, la mía».