Antonio Pérez Pulido tiene AME y sobrevive gracias a un gen único en su especie: «La evolución se lo inventó para que tengamos un salvavidas»
ENFERMEDADES
Es investigador y se dedica a estudiar su enfermedad neurodegenerativa, a la que considera «la más bonita del mundo» aunque le causa parálisis muscular
22 jun 2023 . Actualizado a las 13:22 h.Antonio Pérez Pulido nació con una alteración genética que le produce atrofia muscular espinal, también conocida como AME. Se trata de una enfermedad rara y neurodegenerativa que, hasta el momento, no tiene cura. Pero Antonio también es biólogo, profesor universitario e investigador en bioinformática en la Universidad Pablo de Olavide, en Andalucía. Desde su centro de estudios, se dedica a analizar el genoma humano e investiga patologías como la suya. Como paciente, padece una de las enfermedades genéticas con mayor mortalidad asociada. Vive día a día con el avance de una patología que afecta a los músculos de todo su cuerpo y que, finalmente, le impedirá respirar. Pero, como científico, a nivel molecular, asegura que se trata de la enfermedad más bonita del mundo.
«Al principio, fue un diagnóstico clínico. Se veía que había degeneración neuronal. Iba perdiendo poco a poco fuerza en todos los músculos del cuerpo. Después, cuando todavía podía andar, me hicieron el diagnóstico genético. No se conocía todavía el gen ligado a la enfermedad, pero se conocía la región del cromosoma donde estaba el gen y ya había un diagnóstico genético que podía asociarse con los síntomas de la atrofia muscular. El gen se descubrió cuando yo tenía más de 20 años», cuenta Antonio.
Una enfermedad rara
La AME es una enfermedad genética provocada por la mutación o la carencia de un gen que mantiene vivas a las motoneuronas, aquellas que están encargadas de conectar la médula espinal con los músculos para que estos se muevan. Este gen se llama SMN1 y, si tanto la madre como el padre tienen una copia mutada de él, se pueden heredar las dos copias defectuosas, desencadenando la enfermedad.
Se trata de un gen que contiene la información para guiar la construcción de la proteína SMN, denominada así por las siglas en inglés Survival of Motor Neuron, o supervivencia de la motoneurona. Es gracias a esta proteína, entre otras, que las motoneuronas nos mantienen vivos, ya que son células esenciales para llevar a cabo movimientos musculares, incluidos aquellos involuntarios que nos permiten respirar y comer. En los pacientes que tienen AME, la pérdida de neuronas motoras resulta en una debilidad y una progresiva atrofia de los músculos, que impide controlar los movimientos, causando degeneración.
Dado que el genoma humano contiene dos genes encargados de la supervivencia motoneuronal, el gen SMN1 y el SMN2, aquellos que padecen AME sobreviven gracias únicamente a la presencia de ese segundo gen. «La existencia de genes prácticamente idénticos es algo muy raro en el genoma humano. De hecho, SMN2 ni siquiera existe en otros animales: es único de nuestra especie», señala Antonio.
«Es como que la evolución se inventó SMN2 para que los humanos tengamos un salvavidas en caso de perder el gen SMN1, que es el principal», resume y señala que esta situación es lo que le hace pensar que se trata de una enfermedad «bonita» en términos científicos.
«Los que tenemos la enfermedad normalmente carecemos del gen SMN1, o bien está mutado. Generalmente, no lo tenemos en nuestro genoma. Conseguimos sobrevivir porque tenemos varias copias del SNM2 y, cuantas más copias tengamos, más leve es la enfermedad», explica Antonio. «En mi caso, hay una progresión que ha sido bastante lenta, porque tengo el tipo 3 de la enfermedad, que es el más benigno», cuenta.
La vida con AME
Perder la movilidad puede ser difícil, sobre todo para una persona joven. «Pude andar hasta los 14 años, a partir de esa edad estuve en silla de ruedas y he intentado hacerlo todo como el resto de la gente. Acabé el bachillerato, intenté estudiar la carrera universitaria de Informática en su momento, que pensaba que sería asequible para mí, pero no pude hacerlo porque la escuela de ingeniería no era accesible. El edificio solo tenía escaleras. Por aquel entonces no era tan fácil ver edificios públicos que tuvieran ascensores o rampas en la entrada y no había forma de entrar con silla de ruedas. Entonces, me planteé otras opciones», cuenta Antonio.
«Finalmente, creo que felizmente, elegí biología. Era algo que yo creía que iba a ser complicado como carrera profesional a la que dedicarme en el futuro, pero hice la carrera y luego pude meterme en el mundo de la investigación, que era lo que me gustaba», recuerda. Fue gracias a esto que el experto acabó por dedicarse a la investigación de enfermedades como la suya. «Hoy trabajo analizando genomas y secuencias de genes en enfermedades raras», dice.
De los tratamientos más caros del mundo
Uno de los grandes obstáculos a los que se enfrentan los pacientes con este tipo de patologías son los costes del tratamiento. La medicación, que está disponible desde hace pocos años, tiene un precio prohibitivo para muchos. Pero al menos, ahora, hay opciones. «Antes del 2016, cuando fue la aprobación del primer medicamento en Estados Unidos, no había nada, ningún tipo de tratamiento para quienes tenemos atrofia muscular espinal. Solo se podía hacer un seguimiento de la progresión de la enfermedad y poco más. Por aquel entonces, la aparición de opciones farmacológicas fue un hito muy importante dentro de la enfermedad, pero con la problemática de que el tratamiento es muy caro», cuenta Antonio. «El reto es conseguir que algo se pegue a la región que diferencia a SMN1 y SMN2, para convertir al segundo en el primero», explica el biólogo.
Nusinersen es el nombre comercial del medicamento que se aprobó en el 2016 y que tiene un mecanismo de acción basado en potenciar la acción del gen SNM2, que está presente y funciona a medias en las personas que tienen AME. «En España, fue aprobado aproximadamente un año después que en Estados Unidos y yo me demoré en empezar a recibirlo porque los resultados que se estaban obteniendo inicialmente no eran espectaculares, no se veía que tuviera un efecto tan positivo, sobre todo en pacientes, como es mi caso, que ya éramos mayores de 40 años y con enfermedad de tipo 3», recuerda Antonio.
¿El precio? «Eran como 800.000 euros el primer año, luego, el mantenimiento: aproximadamente 400.000 euros anuales. Y no se estaban viendo resultados. Entonces, desde el hospital me recomendaron no ponerme el tratamiento en principio. Con el tiempo, viendo que era lo único que había, y que al menos podía haber una posibilidad de que me mantuviera estable, empecé a ponérmelo. Estuve año y medio con el tratamiento, pero los resultados no fueron muy positivos, así que lo tuve que dejar», cuenta.
Pero otros fármacos lanzados con posterioridad consiguen suplir la carencia del gen SNM1 en estas personas. Así, en el 2019 se aprobó Zolgensma, un medicamento que introduce este gen a través de un virus que lo transporta a las motoneuronas. Esto es lo que se conoce como terapia génica y, como señala Antonio, tiene un coste de dos millones de euros la dosis.
Pese a ser tratamientos tan caros y sofisticados, como vemos, no son alternativas infalibles ni totalmente seguras, desde el punto de vista de sus efectos adversos. «Como todo medicamento, tiene efectos secundarios. El tratamiento es un tanto invasivo, porque son inyecciones intratecales cada pocos meses. Es como la epidural. Se inyectan dentro de la médula espinal. Lo que se hace es pinchar para sacar un poco de líquido cefalorraquídeo y rellenar lo que se ha sacado con el medicamento. Es importante mantener la presión de líquido dentro de la médula. Esto tiene su riesgo, porque puedes sufrir una meningitis por infección bacteriana, o puede cambiar la presión de líquido cefalorraquídeo, lo que también te puede afectar», explica.
Aunque Antonio solo recibió la medicación durante un lapso breve, experimentó los efectos negativos en alguna ocasión. «Uno de los efectos secundarios más frecuentes es que, cuando te pinchan la médula, no se llega a cerrar del todo y empiezas a perder gota a gota el líquido, durante días, y sufres unos dolores de cabeza terribles. Cuando me pasó, fue el peor dolor de cabeza que tuve en mi vida. Esto es muy invasivo, no es como una pastilla o un jarabe», asegura.
Pese a todo, el investigador está convencido de que las cosas van a mejorar en términos de tratamiento y del acceso a ellos. «El futuro, en principio, realmente es halagüeño. Además, estos tratamientos funcionan mejor cuanto antes se empiecen a recibir. Los niños que nacen con la enfermedad, desde el momento en que reciben cualquiera de estos tratamientos, van a tener una mejora abismal en la progresión. No es una cura al 100 %, pero sí que avanza de forma muchísimo más lenta. Por otro lado, van apareciendo tratamientos cada vez mejores», dice.
«Los pacientes como yo, que tenemos casi 50 años, a lo que podemos aspirar es a que alguno de los nuevos tratamientos consiga paralizar la enfermedad y, por supuesto, que bajen los precios de los medicamentos. Luego, mantenerse activo sí que tiene utilidad. La fisioterapia es buena porque mantiene el tono muscular y los movimientos básicos», concluye.