Dermatitis atópica en verano: «Es como si tuvieras todo el cuerpo lleno de picaduras de mosquito todo el día, las 24 horas»

ENFERMEDADES

La dermatitis puede empeorar durante los meses de calor.
La dermatitis puede empeorar durante los meses de calor. La Voz de la Salud

Los rayos ultravioletas del sol pueden ayudar con la dermatitis, pero el calor extremo y el sudor hacen que sea contraproducente exponerse

05 ago 2022 . Actualizado a las 11:33 h.

La dermatitis atópica es una de las enfermedades crónicas de la piel más frecuentes. En España, afecta a más de un millón y medio de personas. Los síntomas comienzan a manifestarse desde la infancia, con brotes o exacerbaciones que enrojecen y hacen que pique la piel y provocan dificultades para concentrarse o conciliar el sueño. De hecho, el impacto de esta enfermedad se sufre especialmente a nivel de la salud mental. Para algunos pacientes, el calor intenso de este verano ha agravado la situación. Sin embargo, en otros casos, la exposición controlada al sol los beneficia.

La piel atópica en verano

«La dermatitis atópica en verano tiene una doble vertiente. Hay quien mejora y hay quien empeora. Se conoce que exponerse al sol es terapéutico, se llama helioterapia. La helioterapia mejora la dermatitis atópica. En general, los pacientes tienen una tendencia natural en verano a mejorar de la dermatitis atópica, porque la exposición a los rayos solares mejora el picor, el enrojecimiento y todos los síntomas de dermatitis. El sol modula la respuesta inflamatoria que es la causa del eccema, es inmunomodulador, por eso disminuye la inflamación y el picor en algunos pacientes», explica la doctora María Asunción Vicente, dermatóloga Hospital Sant Joan de Déu Barcelona.

Esto no ocurre en todos los casos. «Hay que tener presente que en verano se suda más y el sudor puede picar y empeorar la dermatitis atópica, les incita a rascarse, se hacen más eccemas y eso se hace un círculo vicioso de calor, picor, rascado, eccema, más picor, más rascado. Es un círculo que no se cierra, un bucle que se convierte en uno de los motivos por los que se puede empeorar mucho en verano», señala Vicente.

En primera persona

Marc tiene 29 años y convive con la dermatitis atópica desde su nacimiento.
Marc tiene 29 años y convive con la dermatitis atópica desde su nacimiento.

Marc tiene 29 años. Lleva toda su vida conviviendo con una dermatitis atópica grave, pero en los últimos años, su condición ha mejorado sustancialmente gracias a un novedoso tratamiento biológico que se administra por vía intravenosa. Dice que el calor no es tanto el problema sino, como se suele decir, la humedad.

«La tengo desde que nací, pero los brotes han sido cada vez más intensos desde la adolescencia», cuenta Marc. «Es una enfermedad que lo primero que afecta es visualmente a la propia piel, pero luego, tiene muchos otros efectos en la vida y en la salud. Afecta desde el sueño, que da insomnio porque los picores no te dejan descansar, hasta a la digestión, porque el hecho de no dormir, no descansar, y tener el sistema inmune a tope, hace que no tengas una buena digestión y todo te siente mal, y al final tienes todo inflamado», añade.

La experiencia de Marc es sumamente frecuente entre las personas que sufren de dermatitis atópica. Se trata de una enfermedad que no solo tiene influencia en aspectos fisiológicos, sino que desencadena problemas en la salud mental de quienes la padecen. «Como no duermes, no estás bien, no te gusta cómo te ves, no tienes una buena autoestima. Tampoco estás estable. Además de todo, el hecho de no gustarte, el no salir por no querer que te vean, no tener esa autoestima, esa fuerza, al final hace que en muchas ocasiones caigas en depresión», explica Marc.

«La enfermedad es una puerta de entrada que acaba luego afectando a otros aspectos en cadena. Al final afecta en tu día a día si trabajas, si estás estudiando. Un poco afecta en todo, hasta en la visión: ves un poco menos porque los párpados están inflamados y rojos, y eso hace que los ojos también estén más secos y no enfoques tan bien la vista», describe.

Brotes

Aunque las exacerbaciones de la dermatitis atópica suelen ser más frecuentes en la infancia, en algunas personas, la adolescencia desencadena brotes más intensos de la enfermedad que pueden extenderse a lo largo de la vida adulta. Este ha sido el caso de Marc. Afortunadamente, en los últimos dos años ha podido controlar los síntomas gracias a su tratamiento biológico. Antes de eso, la situación era difícil de manejar.

«En los últimos dos años únicamente he tenido un brote, por una situación de mucho estrés que he tenido en mi vida personal, en ese caso puntual duró diez días. Pero no es el parámetro si yo no tuviera este medicamento. Cuando no lo tenía, podía estar perfectamente meses con brotes. Eran brotes cíclicos, realmente no se acababan nunca. En los últimos años, antes de conseguir este medicamento, estuve casi todo el tiempo con brotes», recuerda.

Los brotes no causan dolor, pero son desesperantes. La picazón que Marc describe es tan intensa y persistente que la necesidad de rascarse se hace difícil de controlar. «Me levantaba por la mañana después de haber dormido mal, de haberme rascado toda la noche, de haber manchado todas las sábanas con sangre por haberme rascado. Me miraba al espejo y veía todas las heridas que tenía de eso. Intentaba de alguna forma, cuando estaba en el trabajo o en cualquier situación social, evitar rascarme. Era una forma de, al menos durante el día, no rascarme, porque estaba con gente delante, a menos que estuviera en el lavabo solo. Ahí aprovechaba y me rascaba. Pero lo que pasaba era que cuando llegaba a casa después de trabajar, volvía al punto de partida de la noche anterior. Me volvía a rascar y rascar, y me levantaba otra vez mal. Y así, durante meses», ilustra.

La sensación del picor es difícil de controlar. «Levantarte cada día e intentarte proponer no rascarte, cuando es algo que no puedes controlar, te frustra. Estoy intentando luchar contra esto y no puedo. Escapa de mis manos. Me estoy haciendo daño a mí mismo. Aunque sé que no me va bien, es la única forma de que yo pueda calmarme. Y cada día es igual. Siempre lo mismo. Es un poco la frustración de que no hay nada que te pueda ayudar más que rascarte, y rascarte, al final, te perjudica más. Es algo que cuesta entender si no lo tienes. Normalmente, cuando eres pequeñito, tus padres te dicen que no te rasques cuando te pica un mosquito o algo, porque va a ser peor para ti. Pero es que a nosotros que nos digan eso no nos ayuda nada, porque es que no lo podemos controlar. Es como si tuvieras todo el cuerpo lleno de picaduras de mosquito todo el día, las 24 horas. Es imposible», cuenta Marc.

Lo que mata es la humedad

Para Marc, lo que más afecta no es el calor en sí, sino el sudor que el cuerpo produce frente a las altas temperaturas. «El calor sí que afecta a peor, aunque el calor en sí no es malo, el sol en sí no es malo, de hecho, se recomiendan los rayos ultravioletas porque calman un poco la piel, la relajan. Pero cuando hace mucho calor, se enrojece la piel porque sudas. El sudor está sucio y entonces, de por sí, si sudas constantemente, si tienes una piel atópica que es muy sensible, cualquier capa de sudor va a producir una reacción y estará más roja», dice el paciente.

En este sentido, el clima del lugar en el que vive la persona puede ser determinante. «Estoy viviendo en Madrid desde hace poco. Yo antes vivía en Barcelona y es cierto que el hecho de que haya humedad hace que sudes mucho más, y eso es peor. La humedad tiene un punto bueno y un punto malo. El punto bueno de Barcelona y los sitios, en general, con humedad, es que tu piel está mucho más húmeda y eso en invierno va mucho mejor, porque no tienes que hidratarte constantemente. Y en verano, sucede a la inversa, demasiada humedad hace que sudes demasiado y eso no es bueno con esta piel que tiene una capa cutánea muy sensible, porque hace que estés constantemente con brotes y picor. En Madrid, en verano, al menos a mí me está yendo mejor con la piel», cuenta Marc.

Cuidados

A la hora de mantener la piel atópica protegida en verano, por supuesto, la fotoprotección es el primer paso. Y no se trata solo de aplicar protector solar en crema. Alejarse del calor extremo es importante. «Los pacientes que empeoran con el calor y el sudor tienen que evitar la exposición a las altas temperaturas. Aprovechar las sombras, evitar salir a la calle cuando las temperaturas son tan altas, evitar la exposición al sol. Buscar ambientes más frescos con ventiladores, no con aire acondicionado, ya que este seca la piel», aconseja Vicente.

En cuanto a la ducha, mejor elegir agua fresca o templada. «Para pacientes con dermatitis atópicas graves nunca se recomienda que te duches con agua caliente sino que sea más bien templada, porque la piel es muy sensible. Entonces, si te duchas con agua muy caliente, la estás perjudicando. Siempre se recomienda que la ducha sea en un punto medio. Que no sea muy caliente ni muy fría», explica Marc.

Y ojo con los baños de mar: al igual que el sol, el agua salada puede resultar un arma de doble filo. «El agua de mar sí que va fenomenal, siempre y cuando no tengas todo el cuerpo lleno de eccemas. La sal de mar cura, pero cuando tienes las heridas abiertas, es ir a sufrir al agua. Para ir a sufrir al agua, mejor no meterse. Porque al final, la sal lo que hace es que te escuezan las heridas. Y, por supuesto, la piscina también», dice Marc, hablando desde su experiencia.

Por último, por más que haga calor, es importante mantener la hidratación que se realiza en los meses de invierno. Aplicar cremas hidratantes específicas para la dermatitis atópica dos veces al día resulta clave sobre todo para aquellas personas que viven en sitios secos como Madrid. «También hay que beber mucha agua, sobre todo en Madrid, con respecto a Barcelona, el clima es mucho más seco y eso hace que la piel se reseque mucho más y hay que hidratarse el doble», dice Marc.

La dermatitis atópica se caracteriza por picor en la piel y brotes de eczema crónicos.

Mucho más profundo que la piel: así impacta la dermatitis atópica en la calidad de vida de los niños

Laura Miyara

La dermatitis atópica, también llamada eccema, es una patología de la piel que afecta a más de un millón y medio de personas en España. Es una de las enfermedades dermatológicas más frecuentes y se suele dar en simultáneo con el asma, ya que ambas tienen un mecanismo común a nivel inmunológico. La dermatitis atópica, que está provocada por una reacción conocida como inflamación tipo 2, provoca picazón y enrojecimiento de la piel. Se trata de una enfermedad crónica con episodios periódicos de exacerbación.

Los riesgos que conlleva la dermatitis atópica van más allá de la piel. «La dermatitis atópica es una enfermedad inflamatoria de la piel que suele aparecer en los primeros años de vida, y se caracteriza por picor en la piel y brotes de eccema de manera crónica que se puede asociar además a otras enfermedades alérgicas como asma, rinitis, alergias alimentarias, alergia al polen», explica el dermatólogo infantil Raúl de Lucas, jefe de sección de Dermatología Pediátrica del Hospital Universitario La Paz. «Es una enfermedad que produce una gran alteración en la calidad de vida porque interfiere con el sueño, con la concentración, con el aprendizaje. Y la propia inflamación hace que estos niños tengan a veces déficits de crecimiento. Es mucha inflamación, muchos brotes a lo largo del tiempo, y eso puede repercutir tanto en la salud general como en la salud mental de los pacientes y en sus familias», añade.

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Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.