El trabajo crucial y continuo de la central de esterilización de un hospital: «El día del apagón fue bestial»
EL BOTIQUÍN
En el Complexo Hospitalario Universitario de Ourense, la central realiza una media de 250 procesamientos diarios de material proveniente de quirófanos, consultas o incluso del 061
22 sep 2026 . Actualizado a las 14:08 h.En la planta -2 del Complexo Hospitalario Universitario de Ourense se ubica la Central de Esterilización. Por aquí pasa cada lanceta, cada aguja, cada bisturí y cada pinza que se utiliza en el hospital, tanto en quirófanos, en urgencias y en plantas, como en consultas. También, elementos que serán usados fuera del edificio: esta central surte además al servicio 061 y su helicóptero. El trabajo que se realiza en esta planta es tan crucial que, en palabras de la supervisora del Área de Servicios Especiales del hospital, Carmen María Aldemira Arias, «sin él, no funciona el hospital. Literalmente, se cae».
Sin embargo, oculta en la parte subterránea del edificio, la labor de este equipo permanece invisibilizada la mayor parte del tiempo. Es el sesgo de negatividad en acción: cuando todo sale bien, nadie se para a pensar en que los elementos que se han utilizado para su tratamiento han pasado por un proceso exhaustivo de preparación previa para evitar la contaminación. Solo nos fijamos en esto cuando aparece algún problema a lo largo de la cadena. De ahí, la importancia de este trabajo, que nunca se detiene. «Somos la primera barrera para evitar las infecciones de la herida quirúrgica», resume Aldemira.
El proceso
Todos y cada uno de los instrumentos deben pasar por un proceso de esterilización antes de ser utilizados. Por eso, la central nunca para. Todos los días del año, a toda hora, hay ciclos en funcionamiento. En total, se producen 70.000 entradas de material al año, lo que se traduce en 250 procesamientos diarios de media. El flujo de instrumental es constante, para que cada elemento esté listo para su uso en intervenciones programadas o de urgencia. «Si hay un artículo único y, por alguna razón, no se puede esterilizar, es posible que la intervención no se pueda hacer. Habría que suspenderla», explica Aldemira.
El proceso comienza con el registro y traslado del material, que llega del quirófano o la consulta a la central en cajas metálicas, transportadas a través de un montacargas específico que solo se utiliza para esto. Es una barrera más para limitar el riesgo de contaminación. Los instrumentos se identifican con un código de barras que permitirá su trazabilidad para saber dónde están en cada momento.
El espacio se divide en dos lados: el «sucio», donde se reciben los elementos que llegan para su higienización, y el «limpio», por donde salen ya esterilizados. Christian Paradelo Rodríguez, supervisor de la Central de Esterilización, nos recibe en la zona «sucia» y nos guía a lo largo del proceso. «Una vez que el material llega a la central, lo que hacemos es darle entrada informáticamente y registrarlo. Después, empieza el procesamiento manual. Una revisión del material, extracción de la suciedad y prelavado a mano».
A continuación, el instrumental se somete a un proceso automatizado de lavado a altas temperaturas para eliminar cualquier residuo. «Son como unos lavavajillas de casa, solamente que alcanzan temperaturas de entre 80 y 90 ºC y llevan unos jabones enzimáticos especiales, además de lubricante para conservar mejor el material, que se engrane bien y se mueva con precisión», detalla Paradelo. Además de cuatro lavadoras, la central cuenta con un túnel de lavado, una incorporación reciente «que permite lavar en una misma carga aproximadamente el material que lavaríamos en cuatro lavadoras», cuenta.
Las máquinas de lavado son en sí mismas una frontera: forman una pared entre ambos lados de la estancia. Se abren desde el lado sucio de la unidad para cargarlas y, una vez finalizado el ciclo, solo se pueden volver a abrir desde el lado limpio, para retirar todo el material. Pero el proceso no acaba aquí.
Tras el lavado
En la zona limpia, el siguiente paso es la revisión manual por parte del personal de la central —todos ellos, con titulación de Enfermería y una formación específica desarrollada aquí mismo a lo largo de meses para poder trabajar con el material—. Paradelo descarga todo el material de una de las máquinas: «está limpio, pero no está estéril». El lavado ha demorado aproximadamente una hora.
Siguiendo protocolos, se montan las cajas con el material ya dispuesto según lo que requiere cada intervención específica. En otros casos, las herramientas se colocan en sobres plásticos herméticos. «Todo tiene que ir colocado de una determinada forma. La persona que monta la caja tiene que ver que el material esté correctamente lavado, controlar que las piezas funcionen bien, que no estén defectuosas, y preparar la caja. Una vez que se cierra, se lleva a los autoclaves», detalla el supervisor.
Estos últimos son máquinas que esterilizan materiales mediante vapor de agua a alta presión y temperatura. Tienen programas para herramientas, pero también otros para ropa u otros elementos. «El agua que utilizamos tiene que ser osmotizada, desmineralizada y de alta pureza», cuenta Aldemira; para ello, se la trata en una planta dentro del propio hospital. Esto permite preservar mejor los instrumentos, ya que el contacto con los minerales del agua potable puede ser corrosivo para el material a largo plazo.
Los elementos delicados que no pueden pasar por el autoclave debido a su alta sensibilidad —como es el caso de algunos instrumentos utilizados, por ejemplo, en oftalmología— se someten a un proceso en equipos de baja temperatura, con peróxido de hidrógeno, por debajo de los 50 ºC. El ciclo de los autoclaves puede tener una duración superior a las tres horas, dependiendo del programa usado.
Al finalizar esta etapa, los materiales pasan a la zona estéril de la central, donde quedan almacenados a la espera de ser enviados a quirófanos o consultas para su nuevo uso. Terminar de desinfectar una caja de instrumental y ponerle la tapa es, para el equipo, «muy satisfactorio», dice Paradelo, si bien «es una responsabilidad grande, porque después de eso la ves solo por fuera, el interior no lo vuelves a ver, no se vuelve a abrir hasta que se usa. Por eso todos los pasos son importantes y hay que revisar siempre todo. Somos humanos y al fin y al cabo, las máquinas también pueden fallar».
Máximo control
«Para verificar que este proceso esté correcto, tenemos controles físicos, químicos y biológicos», explica Paradelo. El control físico se comprueba con los parámetros del autoclave: la máquina indica que ha alcanzado la temperatura, la presión y el tiempo requeridos para esterilizar todo correctamente. Los controles químicos son indicadores que se colocan en el interior de las cajas antes de su paso por la máquina. Se trata de etiquetas hechas de papeles reactivos que cambian de color una vez que han pasado correctamente por la temperatura necesaria. «Además, tenemos controles biológicos, que son los que nos dan la mayor seguridad. Es una bacteria que va dentro de un vial y se mete dentro del autoclave. Después del ciclo, comprobamos si esa bacteria ha muerto. En caso de que no muera, ese material no se podría enviar a quirófano. Habría que repetir todo el proceso, porque el instrumental podría no estar bien esterilizado», detalla.
Asimismo, la central realiza de manera informática el seguimiento de la trazabilidad de cada instrumento, a lo largo de toda la cadena, de la lavadora al paciente. «Si hay algún problema, siempre podemos captar esa información y corregirlo», asegura Aldemira.
Con todo, existen situaciones imprevisibles. «El apagón del 2025 fue bestial. Cuando los equipos dejan de tener corriente, se para el proceso y no se puede reanudar cuando vuelve la corriente. Hay que empezar de cero, volverlo a embolsar y a preparar y volverlo a meter en los autoclaves. Cuando sucedió el apagón, se acumuló muchísimo material pero, aun así, el personal trabajó a contrarreloj y se hicieron todas las intervenciones programadas al día siguiente a pesar del problema», cuenta la experta. Esto ocurre siempre que hay un apagón en el hospital, porque el grupo electrógeno no llega hasta aquí. «Aunque entrara, esos microsegundos en los que no hay corriente, ya abortan nuestros sistemas y tenemos que volver a empezar», explica Aldemira.
Otra situación que puso a prueba a la central fue la pandemia de covid-19. «Se preparó una zona para lavar carros, batas, gafas y todo tipo de material. Se utilizaba EPI de arriba abajo, todo el día. Pero se buscó el ingenio para trabajar. Incluso, se hicieron pruebas para intentar esterilizar elementos cuando faltó stock, como mascarillas o batas», cuenta la supervisora.