Así funciona la anestesia: el apagado controlado tan seguro como la aviación civil

EL BOTIQUÍN

Existen diferentes tipos de anestesia y fármacos empleados en el procedimiento.
Existen diferentes tipos de anestesia y fármacos empleados en el procedimiento. iStock

Emilia Guasch, académica correspondiente de la Real Academia Nacional de Medicina de España, lamenta que todavía existen unas 5.000 millones de personas que no tienen acceso a este procedimiento de manera correcta

14 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Si hubiese que contestar a la pregunta de cuál ha sido el mejor invento de la medicina, no habría una única respuesta. Algunos pensarían en la penicilina; otros, en las gafas o las lentillas; muchos mencionarían las vacunas. Y no faltaría quien señalase la anestesia. Sin una opción claramente superior, lo que sí parece indiscutible es que su descubrimiento marcó un antes y un después en la historia de la salud.

En palabras de la profesora Emilia Guasch, académica correspondiente de la Real Academia Nacional de Medicina de España (Ranme), «cambió para siempre la práctica de la medicina y, especialmente, de la cirugía, permitiendo intervenciones que antes de 1846 eran simplemente imposibles». Además, añade la vicepresidenta del Board Europeo de Anestesia de la UEMS, «también ha posibilitado la analgesia, es decir, el tratamiento del dolor, y el desarrollo de técnicas encaminadas a mantener con vida a los pacientes más graves».

España puede sacar pecho en este ámbito. Ya en el siglo XIII, el mallorquín Raimundo Lulio logró combinar ácido sulfúrico y alcohol para obtener el llamado “vitriolo dulce”, en realidad éter, que siglos después sería clave en las primeras experiencias anestésicas. Mucho más tarde, en Santiago de Compostela, Antonio Casares avanzó en su estudio al experimentar con éter y cloroformo. Desde Barcelona, Jaume Raventós dio un paso más al introducir el halotano en el Reino Unido, impulsando la anestesia moderna. En paralelo, José Goyanes Capdevila, de Monforte de Lemos y afincado en Madrid, describió la anestesia arterial, mientras que el oscense Fidel Pagés pasaría a la historia como el descubridor de la anestesia epidural. Con sus aportaciones, todos ellos contribuyeron a consolidar una especialidad clave en la medicina actual, aunque no siempre visible.

De hecho, la propia Guasch define a los anestesistas como profesionales «silenciosos y resilientes». «Se podría invertir más en visibilizar nuestro papel, pero lo más importante es el rigor científico y el trabajo bien hecho. La seriedad, la profesionalidad y el espíritu de mejora continua del paciente quirúrgico son lo que realmente aportan valor al sistema sanitario», subraya.

Aunque a menudo se perciba como un proceso único, la anestesia es el resultado de la combinación de distintos fármacos. Existen anestésicos intravenosos e inhalatorios que se emplean de forma conjunta —lo que se conoce como anestesia balanceada— para lograr un efecto más preciso y seguro. Entre los primeros se encuentran hipnóticos como el propofol o el etomidato, que inducen el sueño; analgésicos como los opioides, que bloquean el dolor; y relajantes musculares, que facilitan la cirugía. Por su parte, los inhalatorios, como el sevoflurano o el desflurano, permiten mantener la anestesia durante la intervención.

«Tratando de simplificar, los fármacos anestésicos actúan principalmente en el cerebro, permitiendo que el paciente no esté consciente ni sienta dolor ante un estímulo quirúrgico», explica Guasch. Sus efectos, además, son reversibles y ajustables: «Actúan sobre receptores cerebrales inhibiendo ciertos circuitos y activando otros, lo que nos permite graduar su acción en función de la cirugía y del paciente». Aunque el cerebro es su principal diana, no es la única, lo que explica la importancia de que un anestesiólogo cualificado supervise todo el proceso para garantizar la estabilidad de las funciones vitales.

No todas las anestesias son iguales. La anestesia general, por ejemplo, «consiste en garantizar la inconsciencia del paciente, una adecuada analgesia intra y posoperatoria, así como una relajación muscular precisa para facilitar la cirugía», detalla la experta. Además, protege al organismo del estrés quirúrgico y permite realizar procedimientos complejos incluso en pacientes con patologías asociadas. «También garantizamos la estabilidad hemodinámica —la capacidad del cuerpo para mantener una circulación sanguínea, presión arterial y volumen de fluidos adecuados y constantes, asegurando el flujo de oxígeno y nutrientes a los órganos vitales— durante todo el proceso, algo esencial para mantener las funciones vitales», añade.

Junto a ella, existen técnicas de anestesia regional, como la epidural o la raquídea, que bloquean la sensibilidad en zonas concretas sin necesidad de dormir completamente al paciente. En estos casos se emplean anestésicos locales, como la lidocaína o la bupivacaína, que actúan sobre los nervios e impiden la transmisión del dolor. Son habituales, por ejemplo, en partos o en cirugías de extremidades, y favorecen una recuperación más rápida y un mejor control del dolor posterior.

Mitos y medias verdades

En la actualidad, la anestesia es un procedimiento muy seguro, con complicaciones graves extremadamente infrecuentes cuando es administrada por profesionales cualificados, siguiendo los estándares europeos. Sin embargo, persisten mitos alimentados, en gran medida, por relatos aislados. «Casi nadie habla de la anestesia cuando todo va bien, que es la mayoría de las veces. Lo que se comparte son las excepciones, y así se perpetúan los miedos», apunta Guasch.

Uno de los más extendidos es que el organismo expulsa la anestesia mediante el vómito. «Como cualquier fármaco, tiene sus propias vías de metabolismo y eliminación, que en ningún caso incluyen el vómito», aclara. Aunque algunos medicamentos pueden provocar náuseas, los anestesistas aplican medidas preventivas de forma sistemática y conocen qué cirugías tienen mayor riesgo para anticiparse.

Otra duda frecuente es si existen personas resistentes a la anestesia. Sí, pero son casos muy raros, por debajo del 0,1 %, y suelen darse en situaciones concretas como urgencias o pacientes inestables. «Con los monitores actuales, la probabilidad de un despertar intraoperatorio es mínima, y además conocemos los factores de riesgo», explica Guasch. En cualquier caso, si ocurre, es fundamental que el paciente sea escuchado y reciba apoyo psicológico si lo necesita.

También existen situaciones excepcionales, como la hipertermia maligna, una enfermedad hereditaria que provoca una reacción grave a ciertos anestésicos inhalatorios. «Es algo muy poco frecuente y las familias afectadas suelen estar identificadas», tranquiliza la experta.

En el ámbito de la anestesia regional tampoco faltan los mitos. Uno de los más comunes es que la epidural impide mover las piernas. «En cirugía puede ser necesario bloquear completamente el movimiento, pero en un parto podemos eliminar el dolor sin afectar a la movilidad», apunta. Es lo que se conoce como walking epidural, que permite incluso caminar durante el proceso.

Tampoco es cierto que la anestesia general sea más peligrosa que la regional. «Su nivel de seguridad es comparable», insiste Guasch. De hecho, añade, los estándares en anestesiología se equiparan a los de la aviación civil: «Muchos de nuestros protocolos de seguridad proceden de este ámbito y han contribuido de forma decisiva a mejorar los resultados en las últimas décadas».

Un privilegio

A pesar de estos avances, el acceso a una anestesia segura sigue siendo un privilegio. Según la Federación Mundial de Sociedades de Anestesiólogos, unos 5.000 millones de personas en el mundo carecen de ella, especialmente en países de ingresos bajos y medios. Para revertir esta situación, la organización impulsa programas de formación como SAFE (anestesia segura a través de la educación), centrados en pacientes pediátricos y mujeres embarazadas. Un recordatorio de que, más allá de quirófanos y tecnología, la anestesia sigue siendo también una cuestión de equidad.

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.