Begoña Delgado, catedrática de Biofarmacia: «La piel es una barrera estupenda que limita la pérdida de agua, pero también complica la entrada de fármacos»

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

EL BOTIQUÍN

Begoña Delgado Charro, durante su acto de toma de posesión como académica de farmacia.
Begoña Delgado Charro, durante su acto de toma de posesión como académica de farmacia. Sandra Alonso

La ourensana tomó posesión este miércoles como Académica Correspondiente de la Real Academia de Farmacia de Galicia

09 abr 2026 . Actualizado a las 09:37 h.

La profesora Begoña Delgado Charro (Ourense, 1963) acaba de tomar posesión como Académica Correspondiente de la Real Academia de Farmacia de Galicia en una sesión en la que se puso de relieve su trayectoria científica, docente y regulatoria en el ámbito de las Ciencias Farmacéuticas. La catedrática de Biofarmacia en la Universidad de Bath reconoce que su nombramiento fue algo muy «inesperado». «Santiago es un lugar muy especial para mí por mi familia, también aquí estudié farmacia y di mis primeros pasos en la investigación». Durante el acto, el académico de Número Emérito, el doctor Ramón Martínez Pacheco, fue el encargado de realizar el discurso de presentación, en el que destacó la brillante trayectoria de la investigadora ourensana, quien paradójicamente, fue su profesor durante la carrera.

—¿Por qué decidió estudiar Farmacia?

—Yo soy la cuarta generación de licenciados en farmacia. Mi bisabuelo tenía una farmacia en O Calvario, en Vigo. Mi abuelo fue catedrático de Farmacia en Santiago y mi madre fue farmacéutica de hospital en Ourense. Al elegir carrera, yo quería hacer filosofía, pero mi madre, para la cual la independencia económica de la mujer era fundamental, me dijo que ni hablar, porque no le veía muchas salidas. Así que me decidí por la farmacia, algo a lo que ella no podía negarse. Por otra parte, me gustaban todas las ciencias y farmacia tenía química, física, microbiología, parasitología, farmacología y botánica. 

—¿Tuvo claro siempre por dónde tirar?

—Para nada. Yo soy de las que planean poco. Cuando acabé farmacia, no sabía muy bien qué hacer. Finalmente, me decanté por la tesina de licenciatura y ya entró el gusanillo de la investigación, por lo que me acabé decidiendo. La verdad es que aunque a veces no planee mucho las cosas, una vez me decido, voy de lleno. Por ejemplo, cuando me fui a hacer el postdoctorado con la beca Fulbright, tenía claro que me quería ir al extranjero y ver cómo se hacía investigación en otras partes.

—Ha pasado por diferentes universidades. ¿Observó muchas diferencias entre los sistemas de una y de otra?

—Sí, pero es cierto que todas estas universidades las conocí en tiempos distintos. Por ejemplo, estuve en la USC hasta 1996, y ha cambiado mucho desde entonces. En Ginebra estuve entre 1997 y el 2004 y llevo en Bath desde entonces. Ahora bien, con respecto a esta última, en la que sigo, hay mucha diferencia en la propia estructura. A nivel de profesorado, no somos funcionarios como en España. En el Reino Unido pueden decidir que un departamento, una carrera no es económicamente viable, lo cierran y la gente se va a a calle, aunque son trabajos seguros. Las universidades en Reino Unido son públicas, pero tienen que ser viables a nivel financiero. Fundamentalmente se mantienen con las tasas de los estudiantes, y por eso son tan elevadas, mientras que aquí, la participación pública de la universidad es mucho mayor, lo cual permite un acceso más fácil a los estudiantes. En Bath, por ejemplo, muchos estudiantes pagan la universidad con préstamos y cuando se gradúan lo hacen ya con 50.000 libras de duda. Allí el control de calidad es un proceso muy grande porque las universidades tienen un grado de autonomía y de libertad muy elevado, con excepción de medicina, que son las únicas que están limitadas. Hay un sistema de control de calidad con examinadores externos, que evalúan, incluso, los exámenes que ponemos y que las notas hayan sido justas.

—Usted se ha consolidado, desde entonces, como una experta internacional en la liberación y transporte de fármacos, especialmente, a través de la piel. ¿Cuál es el mecanismo de acción al hacerlo a través de la piel?

—Podemos administrar fármacos por vía transdérmica para que alcancen la circulación sistémica, como ocurre con los parches de estradiol, nicotina o fentanilo. Este tipo de administración se utiliza, entre otras razones, para evitar la degradación que algunos fármacos sufren por vía oral, así como para conseguir una liberación sostenida del principio activo durante varios días. Por otro lado, la vía tópica se emplea cuando queremos tratar afecciones dermatológicas o dolores musculares localizados. Nos permite alcanzar unas concentraciones efectivas del fármaco en la zona local teniendo muchos menos efectos secundarios porque la concentración del fármaco a nivel sistémico es mucho menor. Eso es una ventaja, porque podemos aplicar el medicamento en la zona que nos interese sin exponer al resto del organismo; también en algunos casos como el fentanilo u otros parches, cuando se dirigen a vía sistémica, evitamos la degradación que algunos fármacos sufren a nivel hepático cuando se absorben por vía oral o que se produzcan muchos metabolitos que no nos interesa que se absorban.

—¿La piel es una barrera complicada a la hora de administrar fármacos?

—El principal problema es que la piel actúa como una barrera protectora, especialmente frente a la pérdida de agua. Esta función depende en gran medida de su capa más externa, el estrato córneo. Se trata de una estructura muy fina formada por varias capas de células muertas, ricas en queratina y rodeadas de lípidos, que se organizan como un sistema de ladrillos y cemento. Es una barrera estupenda que limita la pérdida de agua. Si no la tuviéramos seríamos como las ranas y los peces teniendo que vivir en el agua para evitar la deshidratación. La piel tiene muchas otras funciones de protección de la radiación solar o microbiológica, solo que en el caso de los fármacos, al igual que nos protege de la entrada de cosméticos o de productos de limpieza, también complica su entrada. Son pocos los que puedan entrar a través de la piel en cantidad suficiente como para ser eficaces.

—También ha centrado una parte de su trabajo para enfermedades de uñas. ¿Son estructuras complejas de tratar?

—Pues sí. Tengo un peculiar sentido del humor, que viene dado de mi padre, y siempre digo que cuando uno se siente desanimado porque pasar cosas a través de la piel es difícil, se trabaja un poquito con la uña y, luego, ya parece más fácil lo de la piel. La uña, por ejemplo, tiene una función también fundamental a la hora de ayudarnos a coger cosas, con el tacto. Es una membrana muy rígida de queratina dura, no tiene tantos lípidos como la piel porque no tiene la función de protegernos de la pérdida de agua, pero es una barrera bastante gruesa, porque puede ir de 250 micras a un milímetro o más si llegas al dedo gordo del pie. El problema es que cuando se aplican lacas o algunos productos, el medicamento no atraviesa toda la uña en cantidad suficiente para tratar bien una infección, o el problema que sea, de forma eficaz. Es una barrera, quizás no es tan eficaz como la barrera de la piel, pero es muy gruesa y al medicamento le cuesta pasar. Otro de los problemas es que las enfermedades de las uñas atraen poco, porque no son a lo mejor enfermedades tan vistosas. Uno no se muere de una infección de hongos en la uña, pero afecta mucho a la calidad de vida y además predispone a otras infecciones. Hay poca gente que se dedique a ello.

—¿Cree que en el futuro el fármaco sin agujas, ya sea con sensores o con parches, ganará terreno?

—Los parches actuales seguirán teniendo su espacio. Cada año salen uno o dos. No hay muchos fármacos porque, realmente, las empresas los escogen desde el principio para que puedan ser administrados por vía oral. Solamente, cuando esta vía no funciona, ensayan otras como plan B. Hay muchas tecnologías que se han usado sobre la piel, de ellas la iontoforesis es quizás la única que ha llegado a productos aprobados por las agencias reguladoras. Ha habido muchos intentos, ultrasonidos, láseres y un largo etcétera, pero por ahora no hay ninguno en el mercado. Tampoco las microagujas, que están muy de moda hoy en día. Las hay de uso cosmético, pero claro, ahí no tienes que demostrar la eficacia y la seguridad como tienes que hacer con un medicamento. Estas tienen la ventaja de que saltas la capa córnea, la más superficial de la epidermis, que es la barrera, y puedes pasar medicamentos más grandes que no pasarías con un parche normal transdérmico. Sin embargo, aunque ya no tenga la barrera del estrato córneo, tengo otras dificultades. El desafío está en conseguir que la inserción de las microagujas, que entren en la piel de forma reproducible, que liberen el activo de manera controlada y consistente, que sea lo suficientemente bueno como para que se pueda desarrollar un medicamento que se apruebe. Se ha hablado mucho de ellas, pero aún estamos esperando un medicamento que lo consiga. Como todas las tecnologías tendrán su área de aplicación. En cualquier caso, no hay un sistema perfecto para todo.

—Centró su discurso de ingreso en la interrelación entre el paciente, el principio activo y la forma en que el medicamento se presenta y se administra. ¿Cómo se produce este triángulo?

—Esto nació un poco intentando explicar a mis alumnos en Bath el área en la que yo trabajo. Como experto estás en el medio de ese triángulo mirando esas relaciones, que son distintas para cada fármaco, cada forma de dosificación y cada paciente. Lo que es importante es en cada caso estudiar qué es lo que pasa. Por ejemplo, si vuelvo al caso de la piel, si uno se pone una crema, el efecto oclusivo de la piel puede tener un efecto beneficioso sobre un eccema, porque simplemente evitas la barrera excesiva de agua. Eso es sin necesidad del fármaco. A veces, los excipientes en los medicamentos orales pueden tener una cierta interacción con la membrana intestinal. Son ejemplos que te pasan entre la forma de dosificación y el cuerpo sin que haya un medicamento, pero también el cuerpo va a actuar sobre esa forma de dosificación. Por ejemplo, cuando pones una crema, los solventes, los excipientes se absorben a través de la piel. Cuando tienes un comprimido de vía oral, va a pasar más o menos deprisa por el intestino dependiendo, por ejemplo, de patologías y eso condiciona lo mucho que se va a absorber o no el principio activo. Luego, tienes la interacción entre la forma de dosificación y el activo. En un mismo comprimido, en una misma crema, no puedes poner dos principios activos de la misma forma porque interaccionan, pues pueden cambiar la viscosidad de un gel o el pH. Tienes que estar controlando siempre estas relaciones. A veces, como nos especializamos mucho en un campo pequeño, se nos pierde uno de los vértices y podemos estar haciendo una forma de dosificación muy compleja, pero se nos despista que luego eso lo vamos a aplicar en una parte del cuerpo con estas condiciones y que eso no va a funcionar como lo estamos pensando. Por ejemplo, en la piel, yo no puedo poner un promotor de absorción que sea buenísimo y que haga pasar el principio activo, pero que tenga un efecto disruptor de la membrana tal que cause una irritación muy grande. Tengo que pensar que siempre estoy actuando sobre una matriz biológica que también debemos proteger.

—También abordó el papel creciente de las Ciencias Regulatorias, destacando la necesidad de colaboración entre agencias reguladoras, industria e investigadores para garantizar una evaluación rigurosa de los medicamentos. ¿No tienen un control ya riguroso?

—Sí, sí lo tienen. Lo destaqué porque últimamente hemos trabajado en colaboración con la FDA, que es la agencia reguladora de los Estados Unidos. Hacen un papel increíble, son muy profesionales y es muy difícil lo que hacen. Piensa que continuamente están viniendo nuevos medicamentos, nuevas terapias y que las agencias reguladoras tienen que estar continuamente respondiendo a estos. Imagínate, hace pocos años las terapias génicas nos parecían una cosa de película de ciencia ficción y sin embargo ahí están. Antes había unas técnicas de evaluación de medicamentos pero llegan todas estas nuevas tecnologías, estos nuevos medicamentos y las agencias reguladoras tienen que desarrollar nuevos métodos para asegurar que tengan la calidad adecuada, que sean eficaces y seguros. Esto es lo que lleva a las Ciencias Regulatorias. Es gente que hace investigación en ámbitos muy distintos que tiene como objetivo proporcionar herramientas, estándares, nuevos métodos que faciliten la evaluación y la monitorización de medicamentos. Es un campo muy interesante y que aparte varía continuamente porque hoy tiene necesidad en un campo y mañana en otro. En nuestro campo, estamos trabajando en lo que es la bioequivalencia de productos tópicos para facilitar el desarrollo de productos genéricos tópicos. Hasta hace poco no había realmente más solución que repetir los ensayos clínicos de eficacia, lo que resultaba muy costoso. Para facilitar la llegada de genéricos al mercado, la FDA ha implementado planes de investigación para que distintos equipos trabajen y desarrollen nuevos métodos que permitan evaluar genéricos de forma más acelerada y facilitar la llegada de estos productos al mercado que tienen una repercusión económica.

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.