Benito Pérez Galdós: centenario de una gloria nacional

Una semana más acudimos a nuestra cita literaria con la escuela para traer a esta doble página a grandes escritores cuyos nombres ocupan un lugar de privilegio en la literatura mundial. Autores de diferentes lenguas y nacionalidades, y de épocas distintas, siguen sumándose a esa ya larga lista de otros que hemos ido desgranando en cursos anteriores.Entre 1872 y 1912 redacta los «episodios nacionales», una colección de 46 novelas históricas

El escritor Benito Pérez Galdós retratado por Sorolla
El escritor Benito Pérez Galdós retratado por Sorolla

Se acaban de cumplir cien años desde la muerte de un gran escritor español: en la madrugada del 4 de enero de 1920, Benito Pérez Galdós moría en su casa de la calle de Hilarión Eslava, en Madrid. Tenía 76 años y estaba casi ciego, lo que le obligó a dictar sus últimas obras. A su lado tenía a María, su única hija, para la que siempre fue un padre soltero. Pese a la ausencia de la España oficial, que no sentía ninguna simpatía por un demócrata republicano insobornable como era don Benito, a su entierro acudieron 30.000 personas. Pese a los elogios de la crítica de su tiempo, al perpetuo favor del público y a lo cerca que estuvo de ganar el premio Nobel -era el gran candidato de 1915-, Galdós fue objeto de censura por causa de su ideología: una comisión oficial llegó a desplazarse a Estocolmo para que no le fuese concedido el premio: el hecho de que el novelista canario, heterodoxo y anticlerical, terminara presidiendo en 1909 la Conjunción Republicano-Socialista que un año más tarde terminaría llevando al Congreso al fundador del PSOE nunca fue olvidado por la clase política conservadora.

En estos momentos, la Biblioteca Nacional tiene abierta al público hasta el 14 de este mes una exposición, comisariada por el crítico Germán Gullón y por la novelista Marta Sanz, titulada Benito Pérez Galdós. La verdad humana. El Ayuntamiento de Madrid también ha anunciado actos en homenaje del escritor.

RECONOCIMIENTO ACTUAL

Galdós fue, para muchos críticos, escritores y profesores de literatura, el más grande narrador español después de Cervantes. También el más notable representante del realismo en España y el iniciador del naturalismo en nuestras letras, por todo lo cual tuvo fervientes seguidores entre los novelistas españoles posteriores. Sirvan de ejemplo estas palabras de algunos de los más representativos novelistas españoles del momento.

Antonio Muñoz Molina comentó que, cansado de que Francisco Umbral y Juan Benet criticasen con frecuencia a Galdós, decidió leerlo a fondo: «Entonces descubrí a un escritor muy valioso políticamente, un republicano, que además era un moderno y estaba en permanente diálogo con la novela europea de su tiempo, con Dickens, con Balzac. ¿Pagó la factura de la popularidad? Sí, y es popular porque es claro. Y lo es porque tiene una visión pedagógica y militante de la literatura, más aún en su teatro. Es popular como lo son Cervantes o Charles Chaplin».

Rafael Chirbes, el gran novelista valenciano muerto prematuramente, afirmó: «Galdós no es un narrador tradicional, sino un narrador total, un maestro que, eso sí, se sitúa en el polo opuesto de los escritores que convierten su trabajo en espectáculo. En las novelas de Galdós las cosas fluyen sin dar nunca la impresión de que son fruto de un gran esfuerzo. Se diría que el escritor no existe, que todo nace inocentemente, con extrema facilidad. Hasta ahí llegan su respeto por el lector y su elegancia».

Belén Gopegui sostiene que «Galdós es el escritor que incorpora una miríada de voces, crea puntos de vista alterados o inusuales, se preocupa por la verdad y la verosimilitud, lleva a cabo un tratamiento libresco de los géneros autobiográficos e históricos, elabora diálogos que dan cuenta de una lengua viva, reinterpreta el folletín y se caracteriza por un agudo, pero nunca hiriente, sentido del humor. Todo ello desde un deseo de ser entendido, comunicar, abrir un cauce de debate con sus novelas, dramas y artículos de periódico».

Su importancia en la literatura española es hoy más reconocida que nunca, avalada por su obra: cerca de cien novelas, casi treinta obras de teatro y una colección de cuentos, artículos periodísticos y ensayos. Como le ocurriría, en menor grado, a su contemporáneo y amigo íntimo Leopoldo Alas, Clarín, fue asediado y boicoteado por los sectores más conservadores de la sociedad española, ajenos a su valor intelectual y literario. Diversos estudiosos de la obra galdosiana y de su proyección social coinciden en que ese sabotaje de los poderes fácticos, encabezados por una Iglesia tradicionalista y una derecha política retrógrada, se debió a sus ideas anticlericales y a sus convicciones políticas.

PRIMEROS PASOS

Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843. Es el décimo y último hijo de un coronel del Ejército y de una vasca de mucho carácter. Desde pequeño se aficiona a los relatos históricos que escucha de boca de su padre, que, como militar, había participado en la Guerra de la Independencia. Estudia bachillerato y destaca por su buena memoria y por sus aptitudes para el dibujo. Al terminar, llega a su entorno familiar una prima adolescente, Sisita, que desequilibra emocionalmente al joven Galdós. Para evitar males mayores, su madre lo envía en 1862 lejos, a Madrid, para que curse la carrera de Derecho.

La distancia hace que su ardor amoroso se aplaque, y se va introduciendo en la vida académica y cultural de un Madrid muy vivo y revolucionario, en los últimos años del reinado de Isabel II. Conoce a intelectuales importantes del momento, como el fundador de la Institución Libre de Enseñanza, Francisco Giner de los Ríos, quien lo anima a escribir y a interesarse por las ideas krausistas. Frecuenta los teatros y el Ateneo, al que acude a leer aquellos libros que no podría comprar, y a escuchar conferencias literarias. En una de ellas conoce a Clarín, con el que mantendrá para siempre una profunda amistad. No destacó como alumno en las aulas de Derecho, porque su mayor interés estaba en las tertulias, lecturas y paseos por una ciudad que lo deslumbró.

Empezó a colaborar en periódicos y revistas, y en 1867 hizo su primer viaje al extranjero como corresponsal, en París, para dar cuenta de la exposición universal. Volvió con las obras de Balzac y de Dickens y tradujo de este, a partir de una versión francesa, su obra más cervantina: Los papeles póstumos del Club Pickwick, que se publicó por entregas en La Nación. Toda esta actividad supone que no asista a las clases de Derecho, por lo que en 1868 acabarán dándolo de baja en la facultad.

Este año es el de la caída de la reina Isabel II, y Galdós va a seguir en primera línea los acontecimientos revolucionarios de la Gloriosa. Está en Madrid cuando la ciudad es tomada por los generales Serrano y Prim. Durante el año siguiente escribirá crónicas periodísticas sobre la nueva Constitución que se está elaborando.

Poco a poco se va convirtiendo en un escritor, que vive de escribir (colabora, y luego dirige, la Revista de España, colabora en el periódico El Debate) y que empieza con mucho brío su carrera literaria (publica su primera novela, La fontana de oro, en 1870).

En 1873 empieza a publicar los Episodios nacionales, que son una colección de 46 novelas históricas redactadas entre 1872 y 1912. Están divididas en cinco series y tratan la historia de España desde 1805 hasta 1880. No solo reflejan hechos históricos importantes, sino que además diseccionan la vida diaria de la gente normal.

Una vida organizada, pero agitada

Su vida en Madrid era organizada y cómoda. Primero vivió con dos hermanas y luego en el hotel de su sobrino José Hurtado de Mendoza. Se levantaba muy temprano, escribía hasta las diez de la mañana y después salía a pasear por las calles de Madrid, a observar a la gente y a escuchar sus conversaciones, cuyos giros y variedades luego trasladaría a sus novelas.

Por la tarde leía mientras se fumaba un buen puro canario. Sus autores favoritos eran los clásicos castellanos, ingleses y griegos: Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare, Dickens y Eurípides. También dedicaba un tiempo por las tardes a escuchar música, otra de sus aficiones (tocaba el piano), hasta el punto de que durante un tiempo hizo crítica musical en los periódicos. Se acostaba temprano y esa regularidad le permitía escribir cien páginas al mes.

Era un asiduo de las tertulias literarias y políticas que abundaban en el Madrid de la época. Solía acudir a la del Café de la Iberia, a la de la Cervecería Inglesa y a la del viejo Café de Levante. A partir de 1872, Galdós escapaba de los atosigantes veranos madrileños y se iba a Santander, en donde llegó a comprar una casa en El Sardinero, la conocida como finca de San Quintín, visitada por muchos escritores en esos días de verano, especialmente por el santanderino José María Pereda, un buen amigo suyo a pesar de tener ideologías muy distintas.

VIDA SENTIMENTAL

Galdós tuvo una agitada vida sentimental y muchas amantes: reconoció ser el padre de María Galdós Cobián, nacida de su relación con la modelo Lorenza Cobián González, pero nunca llegó a vivir con ninguna mujer. Era un solterón empedernido, con unas ideas un tanto arbitrarias en cuanto a su relación con ellas. Por un lado, era un defensor del amor libre y la libertad sexual de la mujer, pero por otro actuaba como el más común de los amantes de entonces: las mantenía en secreto, recluidas en la casa que él visitaba.

Por eso es tan llamativa la relación que mantuvo con Emilia Pardo Bazán, escritora ya consagrada y popular, porque fue una relación de igual a igual, en la que la amante puso en práctica sus teorías amorosas. En las letras españolas es difícil dar con una relación tan atractiva como la de Pardo Bazán y Pérez Galdós, que fueron amantes y nunca dejaron de ser amigos, porque se respetaron como escritores y como examantes. Fueron unos modernos del XIX que se saltaron los convencionalismos de la época. Entre 1888 y 1890 compartieron horas sin ninguna prudencia ni miramientos. Se intercambiaron gran cantidad de cartas. Las que escribió doña Emilia se conservan todas, pero no las de Galdós.

España y Madrid en sus novelas

 En las novelas de Galdós, especialmente a raíz de las llamadas novelas contemporáneas (La desheredada, 1881; El amigo Manso, 1882; El doctor Centeno, 1883; Tormento, 1884; La de Bringas, 1884; Lo prohibido, 1885; Fortunata y Jacinta, 1886-87; Miau, 1888; La incógnita, 1889) y las conocidas como novelas contemporáneas del ciclo espiritualista (Ángel Guerra, 1890; Tristana, 1892: La loca de la casa, 1892; Torquemada en la cruz, 1893; Nazarín, 1895; Misericordia, 1897; El abuelo, 1897; Casandra, 1905), se puede decir que Madrid es un personaje más de esas novelas. Hay estudios realizados sobre el plano de Madrid de 1883 en el que se recogen más de 150 localizaciones de domicilios, cafés, comercios, espectáculos, lugares públicos e iglesias. La mayoría de estos edificios ya no existen, aunque hay algunos que sobrevivieron: almacenes El Botijo, en la calle Toledo, Lhardy, en la carrera de San Jerónimo, o el restaurante Botín (donde dicen que trabajó Goya de camarero), en la calle Cuchilleros, son lugares que se mantienen vivos y en pie, como la literatura de Galdós.

Además de reflejar como ningún otro la vida y la gente de Madrid, también es el novelista que mejor retrata la vida de España. Una España, la que él vivió, muy conflictiva y en constante proceso de renovación de ideas y costumbres, que las novelas de Galdós ayudan a conocer tanto como las crónicas de los periódicos y los estudios históricos. Sus obras describen la vida de la clase media, pero también los despachos y los salones aristocráticos, los campos de Castilla, los cafés con toda su agitación humana…

En sus novelas Galdós muestra cómo se construyó una nación, cómo España fue adquiriendo hechura y cómo los españoles fueron comprendiendo el sentido de su historia. Por si estas cuestiones no estaban claras, vinieron a dar más las películas que se hicieron a partir de algunas de sus obras más importantes: Fortunata y Jacinta, de Angelino Fons y la extraordinaria posterior versión televisiva que llevó a cabo Mario Camus en 1980, Tristana, de Luis Buñuel, y Tormento, de Pedro Olea, por ejemplo.

INJUSTICIA POÉTICA

El final de la vida de Galdós fue triste e injusto: casi ciego desde 1915, se vio obligado a seguir escribiendo (dictando) para subsistir. «Los últimos años de Galdós fueron un continuo tormento. Recogido en el hotel madrileño de su sobrino José Hurtado de Mendoza, pobre, enfermo y solo, los capítulos postreros de la novela de su vida han tenido una honda emoción de tristeza y orfandad», escribió en el Abc el poeta modernista, y amigo del escritor, Marciano Zurita. Triste destino de un escritor de quien Azorín dejó dicho en el diario El Sol a modo de obituario: «Galdós ha contribuido a crear una conciencia nacional: ha hecho vivir España con sus ciudades, sus pueblos, sus monumentos y sus paisajes». Torrente Ballester escribió sobre Galdós la obra dramática «Una gloria nacional».

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