Graham Greene, el legado de un aventurero

En este 2018-19, desde La Voz de la Escuela seguiremos atendiendo, con una periodicidad mensual, a los grandes escritores de la literatura universal, para dar continuidad a lo iniciado en cursos anteriores. Con la salvedad de que este año no nos limitaremos a la divulgación solo de grandes novelistas, sino que atenderemos también a grandes figuras de otros géneros literarios, como la poesía y el teatro, que han alcanzado importancia y trascendencia en las letras de todo el mundo

Graham Greene
Graham Greene

Graham Greene (Reino Unido, 1904?Vevey, Suiza, 1991) es uno de los grandes escritores del siglo XX. En él se compaginan, mejor que en ningún otro, la calidad literaria y la popularidad entre los lectores. Muchas de sus novelas fueron llevadas al cine de forma excelente, lo que contribuyó también a que su nombre se hiciese familiar. A Graham Greene nunca le concedieron el Nobel de Literatura, a pesar de que fue perpetuo candidato. Tampoco mostró demasiado interés en recibir el galardón: «Soy demasiado popular para ganarlo: yo no escribo cosas complicadas», solía decir.

Sin embargo, su literatura era de una simplicidad engañosa, porque detrás había un gran dominio de la técnica narrativa que, como en el caso de su compatriota John Le Carré, nos devuelve el gusto por las historias bien contadas, esas que se leen de un tirón y saben a poco. Y sus personajes son figuras muy completas, con vida y autonomía propias, con pensamientos y psicología minuciosamente estudiados, muy lejos de ser chatas figuras creadas para hilvanar una trama.

APUNTES BIOGRÁFICOS

Graham Greene era el cuarto de los seis hijos que llegaron a tener Charles Henry Greene y Marion Raymond Greene, primos hermanos y miembros de una extensa e influyente familia británica, con destacados miembros en el mundo de las finanzas, de los negocios y, también, de la literatura. Su padre fue director del colegio donde estudió, lo que fue para él una muy mala experiencia. Sufrió abusos y humillaciones (acoso escolar, le llamaríamos hoy) porque no secundaba a los alumnos más díscolos en sus protestas y luchas contra el director. Lo pasó muy mal, según el mismo escritor dejó dicho. Congraciarse con sus compañeros o ser fiel a su padre le supuso vivir en una esquizofrenia constante de la que le costó mucho curarse. Cuando contaba 16 años de edad, fue sorprendido con el revólver de su hermano mayor en las manos. Según confesión del escritor, aquella tarde había jugado a la ruleta rusa cuatro veces. En una ocasión le comentó esta grave anécdota a Fidel Castro en La Habana. A lo que el comandante Fidel le respondió: «Si el tambor era de seis balas y se disparó en la sien en cuatro ocasiones, usted está matemáticamente muerto». Graham Greene le contestó: «Bueno, yo no creo en las matemáticas».

Después de aquella milagrosa experiencia, sus padres lo llevaron a Londres para que lo tratase un psicoanalista. Fueron, según confesión propia, los mejores seis meses de su vida. Además, el trabajo psicológico dio buenos resultados -aunque le quedaría para siempre una depresión intermitente-, pues el joven entró en la Universidad de Oxford en la que se licenció en Historia, si bien empezó su vida laboral trabajando como periodista en Nottingham y después en el Times. Con 23 años conoció a una mujer católica, Vivien Dayrell-Browning, con la que acabaría casándose al año siguiente, después de convertirse él al catolicismo. De este matrimonio nacieron dos hijos, Lucy y Francis.

Veintiséis años más tarde, en 1948, Greene dejó a Vivien por Catherine Walston, aunque siguieron casados legalmente. La nueva pareja de un Graham Greene ya famoso era una norteamericana de 30 años, casada con un multimillonario inglés. Mujer muy atractiva, madre de cinco hijos, su comportamiento era el de una aristócrata rica que vivía de acuerdo con sus caprichos. La relación entre ambos duró doce años, pues en 1960 se separaron cuando ella se enamoró de otro.

Unos pocos años más tarde conoció a Yvonne Cloetta, una francesa mucho más joven que él y también separada de su marido, con la que viviría en el pueblo de Antibes, una localidad de la Costa Azul, de donde ella era natural. Cuando murió Greene, en su funeral, a ambos lados del féretro del escritor, se encontraron su esposa, Vivien Dayrell, de 86 años, y su amante Yvonne, de 60, con la que convivió los últimos treinta años de su vida. Una escena que podría ser incluida en cualquiera de sus novelas y ser, por supuesto, llevada al cine con éxito.

ESCRITOR Y VIAJERO

Graham Greene siempre fue visto como un gran viajero y aventurero, seguramente porque se sabía que había sido espía para la Corona del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, un oficio fascinante para todo aquel que gustase del peligro y de la aventura. De las distintas misiones que le encomendaron los servicios secretos por diversos países siempre supo extraer experiencias que luego trasladaría a sus novelas. En casi todas sus obras se abren mapas de países exóticos con personajes humanamente muy interesantes. En efecto, muchas de sus novelas se desarrollan en momentos de gran efervescencia o crisis política, sea en Vietnam, en Cuba o en ciertos países africanos, incluyendo además la Guerra Civil española, como hace en El agente confidencial. Son apasionantes historias que ocurren en el Haití del dictador François Duvalier (el feroz Papa Doc), la Cuba de Fulgencio Batista, la Indochina francesa o el México de la Guerra Cristera. Novelas que tuvieron un gran éxito entre el público, porque, además de la historia que narraban, eran un aliciente para viajar con la imaginación. Eso explica que una gran parte de ellas hayan sido llevadas al cine y que algunas de estas películas, con su excelente realización, hayan quedado inmortalizadas en el imaginario colectivo, como El tercer hombre y El americano tranquilo.

Graham Greene fue, además, un viajero en el filo de la navaja fascinado por el peligro y la muerte -ya conocemos su episodio negro con el juego de la ruleta rusa- que consigue que los lugares donde transcurren sus historias y que él visitó como corresponsal de guerra, como espía o simplemente para satisfacer esa necesidad de huida que le empujaba tanto a viajar como a escribir adquieran en sus novelas una presencia casi física, como si fuesen personajes. Leyendo a Greene podemos pasear por las calles de una Habana cálida y dulce, entre mafiosos americanos que iban a divertirse amparados por la complicidad del presidente Batista; podemos conmovernos con la dureza de un calabozo de Puerto Príncipe; o sobresaltarnos con la explosión de una mina en los arrozales de Phat Diem, en el Vietnam profundo de la guerra. Sin haber estado nunca en esos lugares tenemos la impresión de haberlos conocido como si los hubiésemos visitado.

Las novelas que forjaron su fama

La vida aventurera de Graham Greene y su concepción de la vida, del arte y de la literatura tuvieron siempre un gran atractivo para las distintas editoriales británicas y americanas. En vida había rechazado varias ofertas para escribir una autobiografía, por no querer violentar su intimidad ni la de las personas que había conocido; sin embargo, a su muerte (en 1991) dejó listo para su publicación su Diario de sueños, escrito entre 1965 y 1989, que es un testimonio más íntimo que el que podría haber ofrecido en un relato autobiográfico. Ese diario se publicó con el título de Un mundo propio, y en él podemos conocer las líneas maestras de su literatura, así como lo que pensaba sobre distintos aspectos de la vida y de los valores humanos.

Entre sus novelas más conocidas señalaremos:

«El poder y la gloria» (1940)

Para muchos, la mejor novela de Greene, en la que se dan los elementos más significativos de su obra: los escenarios exóticos, en este caso el estado mexicano de Chiapas durante el mandato del presidente Plutarco Elías Calles, el conflicto interior inherente al ser humano y la sutil línea que separa el bien del mal y el valor de la cobardía.

«El revés de la trama» (1948)

En una colonia británica de África occidental, el mayor Henry Scobie malvive acompañado de otros funcionarios y de su mujer, ansiosa por regresar a Inglaterra. La llegada de una atractiva joven lo sumirá en una tórrida aventura amorosa que trastocará toda su existencia. Una reflexión sobre el amor, el pecado y el sentimiento de culpa que le valió a su autor el calificativo de escritor católico, etiqueta que Greene siempre rechazó. Toda esta profunda reflexión se esconde bajo un argumento aparentemente poco novedoso.

«El tercer hombre» (1950)

Concebida inicialmente como guion cinematográfico,está ambientada en la Viena de la posguerra. Interpretada por Orson Welles y Joseph Cotten, la película fue dirigida en 1949 por Carol Reed, sobre el guion escrito por Greene que un año más tarde se convertiría en novela.

«El americano tranquilo» (1955)

Fowler, el corresponsal de un diario londinense en Saigón, aparece en esta novela como alter ego de Graham Greene, quien realmente cubrió el conflicto entre las tropas francesas y el Vietminh como reportero de la revista Life. La idea de la intervención de una tercera fuerza que mediase en el conflicto de la Indochina francesa y el ingenuo asesor estadounidense que da nombre a la novela, un tipo tan bien intencionado como peligroso, se anticipan a la intervención americana en Vietnam. La novela fue llevada al cine en dos ocasiones: la primera, dirigida por Joseph L. Mankiewicz en 1958, y la segunda, en el 2002, dirigida por Phillip Noyce y protagonizada por Michael Caine y Brendan Fraser.

«Un caso acabado» (1961)

Querry, un arquitecto de mucho éxito, remonta el río Congo para encontrarse con su destino. Es un hombre hastiado, sumido en la indiferencia tanto ante el arte como ante la vida, que renuncia a su carrera para trabajar en una leprosería en el interior de la jungla congoleña. Allí, al tiempo que alcanza el equilibrio interior, tropezará con la hipocresía y el puritanismo de los colonos belgas. Otra novela que, además de aventura, ofrece reflexión y trascendencia.

«Los comediantes» (1967)

El Haití siniestro de Papa Doc y los tontons macoutes, los paramilitares que sembraron el terror en la república caribeña, es el escenario en el que transcurre esta historia de perdedores: Brown, propietario de un hotel de lujo donde ya no recala ningún turista, y Jones, un impostor que se hace pasar por asesor militar británico. La atmósfera espesa de Puerto Príncipe, la violencia política, la superstición y el vudú aparecen en esta brillante novela que consiguió enfurecer al dictador Duvalier.

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