Opinar con prudencia

Las opiniones sobre temas en los que participa la ciencia no deberían contradecir las pruebas que aporta

El astronauta Edgar Mitchell, en la imagen, fue el sexto hombre que pisó la Luna. El primero que lo hizo fue Neil Armstrong, el 21 de julio de 1969
El astronauta Edgar Mitchell, en la imagen, fue el sexto hombre que pisó la Luna. El primero que lo hizo fue Neil Armstrong, el 21 de julio de 1969 Alan Shepard

Durante las últimas semanas hemos conocido la opinión de diferentes personajes populares de nuestro país con la que contradicen conocimientos científicos bien establecidos. Desde cantantes que creen en la homeopatía a periodistas convencidos de que las estelas que dejan los aviones en el cielo son consecuencia de secretos experimentos que conspiran contra los ciudadanos. No hace mucho que otros famosos dudaban de que el hombre hubiera llegado a la Luna, de la efectividad de las vacunas o del origen natural del virus del sida. Incluso hay quien mantiene que nuestro planeta es plano ¡cuando se cumplen 500 años de la primera vuelta al mundo! El caso es que resulta necesario tener cuidado, pues algunas opiniones incluso aconsejan comportamientos que podrían ser peligrosos para la salud.

Vivimos en una sociedad que en algunos sentidos resulta contradictoria. Los productos de la ciencia y la tecnología invaden nuestra vida cotidiana y se acepta con agrado que nos faciliten el trabajo, la comunicación, la salud o el ocio; pero, al mismo tiempo, muchas personas rechazan el método de trabajo que les garantiza esa seguridad y les proporciona unos recursos y una comodidad como nunca antes existieron en la historia de la humanidad. La misma ciencia que salva la vida con un antibiótico o predice con acierto el tiempo de mañana explica la efectividad de las vacunas y el origen de las estelas en el cielo, así que no es lógico aceptar una y rechazar la otra.

LÍMITES DIFUSOS

Numerosas cuestiones de naturaleza ética, política, estética o religiosa quedan fuera del alcance de los experimentos que exige la investigación científica. Decisiones sobre la eutanasia, el aborto, la pena de muerte, el uso de la energía nuclear, el sacrificio de animales, la selección de embriones, la igualdad de género, la exploración espacial, la gestación subrogada o la protección del medio ambiente son unos cuantos ejemplos. Sin embargo, cualquier opinión sobre una de estas cuestiones debe respetar los conocimientos establecidos por la ciencia. Por eso ninguna opinión razonable y coherente con nuestro mundo debería mantener ideas que sabemos son falsas como, por ejemplo, que la radiactividad es inocua para los seres vivos, que es imposible clonar un ser humano, que la parada cardíaca es lo que marca la muerte, que nuestro planeta no se está calentando o que la humanidad es necesaria para la supervivencia del planeta. El problema es que resulta complicado distinguir el límite dónde empieza el ámbito de la opinión libre y dónde termina el de la ciencia. Y también diferenciar las personas que tienen cultura científica de las que no.

 

Educar en ciencias

La educación científica nunca fue tan importante como en la actualidad, y así lo afirman las principales organizaciones internacionales políticas, económicas y educativas. Nos recuerdan que es fundamental para superar los grandes desafíos de nuestro mundo, como son mejorar la calidad de vida de todos los seres humanos (envejecimiento, hambre, etcétera), superar con éxito la crisis medioambiental (cambio climático, contaminación, etcétera) y la energética (combustibles fósiles, nuclear, etcétera). También es necesaria para todos las personas, pues proporciona los recursos mentales que ayudan a manejar con habilidad los problemas en los que intervienen la evidencia, las consideraciones cuantitativas, los argumentos lógicos y la incertidumbre. Además, razonar de forma crítica e independiente permite decidir con independencia y libertad, evitando la manipulación.

La fama no es garantía de verdad

El liderazgo, la fama, el éxito social o la popularidad no sirven para establecer nuevos conocimientos científicos ni garantizar la veracidad de sus afirmaciones. De poco sirve incluso la opinión de un científico si cuando sostiene una idea no presenta pruebas que sean reconocidas por la comunidad de investigadores. Hacia finales del siglo XIX, se pensaba que el sistema nervioso humano estaba formado por una red continua de nervios. Las preparaciones microscópicas de un desconocido investigador español, Ramón y Cajal, demostraron que no era así y que el sistema nervioso estaba formado por unidades individuales (las neuronas). Algunos científicos no quisieron creerlo, pero lo que prevaleció en el debate fueron las pruebas que Ramón y Cajal mostró a sus colegas. Otro ejemplo es el del reputado científico lord Kelvin, que mantuvo que la edad de nuestro planeta era de tan solo unos 20 millones de años. Argumentaba que no podía ser mayor porque si fuera así el planeta estaría más frío de lo que indica su temperatura actual. Pero el descubrimiento de la radiactividad aportó la evidencia de que la Tierra podía ser mucho más antigua, pues el calor que aporta la radiactividad interna pudo haber impedido el enfriamiento. Hoy sabemos que tiene unos 4.600 millones de años.

Cerca de mediados del siglo XX, el ingeniero agrónomo soviético Lysenko logró ganarse el apoyo del poder político y de los medios de comunicación. Desde una posición de autoridad intolerante y dogmática (desacreditó y condenó a muerte a muchos científicos que no aceptaron sus creencias) impuso en el país unas ideas biológicas erróneas, en contra de lo aceptado por la comunidad científica internacional. La consecuencia es que las ciencias biológicas del país sufrieron un atraso del que aún no se han recuperado.

actividades

Piensa y busca argumentos para rebatir la primitiva creencia de que vivimos en un mundo plano. Ya en el siglo II antes de Cristo Eratóstenes sabía que nuestro planeta no era plano, e ideó un cálculo para medir la circunferencia terrestre. Y en el XV se debatía sobre este tema hasta que en 1519, hace exactamente 500 años, la expedición de Magallanes-Elcano completó por primera vez la vuelta la mundo.

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