Rilke, el poeta errante y seductor

Retomamos este curso la página mensual que nos pone en contacto con el mundo de la literatura, de la grande y con mayúsculas, pues nos vamos a seguir ocupando de escritores cuyos nombres han quedado ya inmortalizados. Autores de diferentes lenguas y nacionalidades, y de épocas distintas, que coinciden en haber aportado obras cumbre a la literatura mundial y de todos los tiempos. Hoy son, con todo el derecho, unos clásicos que es necesario conocer porque nos servirán de guía y de referencia para asentar y para afinar nuestros gustos literarios. «Apágame los ojos y te seguiré viendo, cierra mis oídos y te seguiré oyendo»

Rilke con su mujer, Clara Westhoff, en 1901
Rilke con su mujer, Clara Westhoff, en 1901

Rainer Maria Rilke fue una de las encarnaciones de la poesía y gracias a ese don logró el mecenazgo y protección en diferentes alcobas de damas aristocráticas de toda Europa. Vivió en poeta, identificado con la poesía y viviendo también de ella. Es la figura rotunda del intelectual europeo de su época. Hoy es uno de los principales creadores de la poesía contemporánea. Y la pasión que desbordó en su vida de trashumante siempre a la caza de mujeres benefactoras que le sacasen de la intemperie y de la pobreza ha generado una leyenda en torno a su vida y su obra.

El estudioso Mauricio Wiesenthal escribió recientemente una biografía sobre Rilke, El vidente y lo oculto, que trata de poner orden en lo que a su poesía y a su persona se refiere. «Toda su vida podría escenificarse con signos y símbolos», sostiene Wiesenthal. «Sin aristocracia, sin pasiones, sin una terrible y angustiosa confección del ego, sin narcisismo, sin fetiches, sin magia, sin objetos simbólicos, sin conocimientos iniciáticos, sin imágenes religiosas y sin fe no se puede entender a Rilke. Es un hombre desclasado, distante, contradictorio, psicológicamente complejo y muy inadaptado al mundo que le tocó vivir. Es decir: desdicha y tenacidad. Ese fue su itinerario». Y así levantó algunas de sus obras esenciales: Nuevos poemas (1907), Elegías de Duino (1923), Sonetos a Orfeo (1923), además de un abundante y excepcional epistolario de donde salió el volumen Cartas a un joven poeta, correspondencia que mantuvo con uno de sus jóvenes admiradores, el escritor Franz Xaver Kappus.

  

EL NIÑO QUE IBA PARA NIÑA

René Karl Wilhelm Johann Josef Maria Rilke nació en Praga, en 1875, hijo de un militar frustrado que acabó siendo funcionario de ferrocarriles y de una madre con aspiraciones nobiliarias, Sophie Entz, que nunca llegó a aceptar su condición de clase media. De hecho se separó muy pronto de su marido. En 1884 el matrimonio se deshizo porque Sophie abandonó Praga para instalarse en la corte, en Viena (estamos en tiempos del Imperio austrohúngaro), tratando de mezclarse con la nobleza vienesa.

La relación entre la madre y su hijo fue siempre problemática, entre otras razones porque Sophie no había podido superar la temprana muerte de su hija primogénita y obligó a René (que en francés significa ‘renacido’) a vestirse de niña hasta que cumplió 5 años. El niño quedó a cargo del tío Jaroslaw, hermano del padre, que fue quien lo sostuvo con cierta holgura económica. Sin embargo, el odio a su madre permanecerá en los sentimientos más íntimos del poeta, que no fue capaz de superar ese trauma del abandono.

Obligado por su padre, y a expensas de su tío Jaroslaw, René ingresó en 1886 en la Escuela Militar Secundaria de Moravia, pero fue un cadete enfermizo y en 1891 debió abandonar la carrera de las armas. Entre 1892 y 1895 recibió lecciones privadas para preparar el ingreso en la universidad, que superó con éxito en 1895. En los dos años siguientes estudió literatura, historia del arte y filosofía en la Universidad de Praga y luego en Múnich. Tras abandonar Praga, Rilke cambió su primer nombre de René a Rainer, tal vez para expresar su disgusto hacia su familia. En estos años es cuando se da cuenta de que su destino está en otra parte.

EMPIEZA SU VIDA DE POETA

Escribía versos y se sentía poeta. Empezó a publicar con gran profusión: su primer libro de poemas, Vida y canciones, muy influido por Heinrich Heine, se publicó en 1894. Y en los dos años siguientes da a la imprenta otras tantas obras: Ofrenda a los lares, en 1895, y Coronado de sueños, en 1896. Y lo que es más importante: decide vivir como poeta. Se hizo labrar un escudo familiar con dos lebreles rampantes y, protegido por un sueldo generoso que le asignó su tío Jaroslaw, se marchó a Múnich y allí empezó su largo camino de conquistas amorosas, que fue una forma de vivir la poesía y ejercer de poeta exquisito. Allí conoció a la condesa Franziska von Reventlov, una joven muy bella y bohemia. Rilke ensayó con ella su forma peculiar de conquista amorosa: una aproximación desde la ternura, unos versos inflamados en pasión y, una vez lograda la seducción de la dama, marcharse a otro lugar, manteniendo una relación epistolar en la que evocaba los dulces recuerdos de los momentos vividos sin que faltasen vagas alusiones a un regreso a su lado. Empeñó tanta vocación en escribir como en acumular amantes que siempre venían con un apellido largo y una fortuna considerable.

De todas ellas fue Lou Andreas-Salomé, rusa de San Petersburgo, una de las que más huella dejó en su vida. Rilke tenía 21 años y ella, casada con un catedrático de Lenguas Asiáticas, 10 más. Mujer libre, de gran personalidad, por su cama habían pasado ya hombres de máximo nivel intelectual, como Nietzsche, Freud y Mahler. Pero con el poeta alcanzó un punto de entusiasmo que se prolongó durante años. Las soledades de los dos combinaban bien, ninguno esperaba del otro más que vivir el momento sin compromiso. Lograron una complicidad amorosa, casi una pasión intelectual. Vivieron juntos, viajaron juntos (con ella fue a San Petersburgo, año 1900, y conoció a Tolstói cuando estaba trabajando en El libro de horas, que se publicaría en 1905) y esa pasión bien administrada fue manantial de muchos poemas amorosos: «Apágame los ojos y te seguiré viendo, cierra mis oídos y te seguiré oyendo, sin pies te seguiré, sin boca te seguiré invocando». Lou entendió que Rilke llegaba, enamoraba y huía dejando unos versos o unas cartas o un algo que mantenía la llama viva: «El amor vive en la palabra y muere en las acciones», decía el poeta.

Siempre se iba, quizás también sabedor de que su destino estaba en otra parte, aunque nunca supo exactamente dónde. Lo único cierto era que en cada lugar dejaba un amor, unas cartas, un poema y la pena de su ausencia.

De los altos salones a las pensiones de mala muerte

Rilke pasaba de los altos salones de duquesas y condesas a las pensiones de mala muerte a las que tuvo que acogerse con bastante frecuencia, porque la pensión de su tío se esfumaba con rapidez. Pero en medio de la miseria siempre acababa recibiendo una invitación. Podía ser de Rodin, en París, o de la condesa Giustina Valmarana de Venecia, a una de cuyas hijas había enamorado en un viaje anterior. En esta misma ciudad había tenido otras amantes. La más importante de ellas fue Mimí Romanelli, que nunca se recuperaría del efecto seductor de los versos del poeta.

Pero la invitación podía venir también de Berlín o de Hamburgo, de damas aristócratas que disfrutaban con su presencia. Rilke jamás desatendía esas invitaciones. Acudía a la cita, pasaba unos días, semanas o meses entre porcelanas y cuberterías de plata, escribía unos versos llenos de soledad y desamparo y se marchaba en busca de nuevas experiencias. Entre la nómina de escogidas también figura Marie von Thurn und Taxis, que lo acogió en el castillo de Duino, espectacular edificación en Trieste a orillas del Adriático.

A pesar de tanto ajetreo amoroso y poético, Rilke se casó, como cualquier hombre tradicional de su época. Lo hizo en 1901 con la escultora Clara Westhoff, y en diciembre de ese mismo año nació su hija Ruth. Sin embargo, pocos meses después, en el verano de 1902, Rilke se trasladó a París con la intención de escribir un ensayo sobre el escultor Auguste Rodin. Aunque mantuvo hasta el resto de su vida su relación con Clara Westhoff, Rilke no supo adaptarse a vivir en un hogar de clase media y con las normas clásicas de un matrimonio tradicional.

Al comienzo de su estancia en París, Rilke experimentó grandes dificultades, a las que se refiere en su obra semiautobiográfica Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. No obstante, el encuentro con artistas e intelectuales parisinos le resultó muy estimulante. Quedó entusiasmado con la escultura de Auguste Rodin y la pintura de Paul Cézanne. En esta época conoció también al pintor español Ignacio Zuloaga. En los años siguientes, París terminó convirtiéndose en la residencia principal del escritor, que seguiría realizando continuos viajes por Italia, Dinamarca, Suecia, Holanda, Bélgica y Francia, así como por varias ciudades de Alemania y el Imperio austrohúngaro, hospedándose siempre en casas de amigos. Entre 1905 y 1906 fue secretario de Auguste Rodin.

CONFESIONES

Las obras más importantes del período parisino fueron Nuevos poemas (1907), Segunda parte de los Nuevos poemas (1908), Réquiem (1909) y la novela Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, comenzada en 1904 y completada en enero de 1910. Esta última obra consiste en una serie de confesiones espirituales supuestamente escritas por un danés exiliado en París, y tiene un importante componente autobiográfico. Tras la publicación de esta novela, Rilke sufrió una prolongada crisis creativa que no cesó del todo hasta febrero de 1922, año en que completó las Elegías de Duino, que había comenzado en 1912. Este libro de poemas debe su nombre a la estancia de Rilke en el castillo de Duino entre octubre de 1911 y mayo de 1912. Esta obra fue traducida al castellano por Gonzalo Torrente Ballester.

Viaje a España

En noviembre de 1912, Rilke viajó a España y visitó numerosas ciudades (Toledo, Córdoba, Sevilla). Residió durante más de dos meses en Ronda, donde estuvo trabajando en la sexta de las Elegías de Duino. Esta época fue una de las más atormentadas de su vida, pero su estancia en tierras españolas le serviría para recuperarse anímicamente. Toledo y la pintura del Greco le impresionaron vivamente, y así lo dejó ver en algunos poemas y en muchas cartas escritas desde aquí a sus amigas europeas.

El estallido de la Primera Guerra Mundial sorprendió a Rilke en Alemania. No pudo regresar a París, donde sus propiedades fueron confiscadas y subastadas por ser súbdito de un país enemigo. Pasó la mayor parte de la guerra en Múnich. Entre 1914 y 1916 mantuvo un turbulento romance con la pintora Lou Albert-Lasard. A comienzos de 1916, Rilke fue llamado a filas, y se vio obligado a incorporarse al Ejército austrohúngaro en Viena. Amigos influyentes intercedieron por él y el 9 de junio de ese mismo año fue dispensado del servicio militar. Regresó a Múnich, donde permaneció hasta el final de la contienda.

En el verano de 1921 fijó su residencia permanente en el castillo de Muzot. Le quedaban cinco años de vida. Escribió furiosamente en ese tiempo. Su historia «tenía ya la épica urgente y prematura de los hombres a contrapelo, de los seres tocados por el inapelable destino de la poesía», en palabras de Wiesenthal.

Falleció de leucemia el 29 de septiembre de 1926. Tenía 51 años. Y una biografía para la que otros requerirían seis o siete vidas.

Así cuenta su biógrafo Wiesenthal el incidente que acabará causándole la muerte: «Rilke, feliz e ilusionado, bajó al jardín a cortar unas rosas. Recordaba los tiempos de Rusia, cuando Tolstoi se perfumaba acariciando las flores. Un pinchazo hizo que sangrara la mano izquierda. Al día siguiente la infección le llegaba hasta el codo...». Aquel pinchazo con la espina de la rosa supuso la aparición de los primeros síntomas de la enfermedad que acabaría con el poeta.

Poco antes de su muerte, él mismo fijó su propio epitafio: «Rosa, oh contradicción pura, alegría / de no ser sueño de nadie bajo tantos / párpados».

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