Julio Cortázar, la realidad maga

Nos seguimos ocupando de escritores europeos y americanos que llevaron la literatura a un nivel de gran calidad. Ni la poesía ni, sobre todo, la novela actuales serían las mismas sin la aportación literaria de cada uno de ellos. De este modo queremos rendir un homenaje a su memoria y ayudar a que sean un poco mejor conocidos

.Julio Cortázar en el puente de A Ramallosa
Julio Cortázar en el puente de A Ramallosa

Julio Cortázar (1914-1984) fue un escritor sorprendente por su originalidad, su imaginación y su ansia renovadora, al servicio de todo lo cual puso una prosa personal y deslumbrante. Todo en él fue de otra manera. Montado en su bicicleta, parecía un estudiante por las calles de París, pero era un adulto entrado en años con cara juvenil; parecía un exiliado argentino, pero realmente no lo era; siempre fue un lector empedernido, enamorado y comprometido, que realmente disfrutaba con el jazz, con el boxeo, con la pintura de vanguardia, el cine negro y escribiendo literatura fantástica. Cuando en 1981 el presidente Mitterrand le concedió la nacionalidad francesa, en una pared de Buenos Aires apareció esta pintada: «Volvé, Julio, qué te cuesta».

Había nacido en Bruselas (1914) de madre francesa y de un diplomático argentino, agregado comercial en la embajada de su país en Bélgica, que los abandonó al poco tiempo. Con 4 años su madre fue a vivir a Banfield, un barrio del sur de Buenos Aires. En su adolescencia, una enfermedad pulmonar lo tuvo meses en cama, lo que aprovechó para leer centenares de libros y... para crecer hasta cerca de los dos metros. Después estudió Magisterio. Fue profesor de la Universidad de Cuyo, en Mendoza, pero nunca se encontró cómodo en el ambiente universitario, donde había más interés por el escalafón que por los auténticos conocimientos literarios. Tampoco se sentía a gusto con el peronismo ramplón de la época. Todo lo cual, unido a un romance vivido con una alumna, hizo que abandonase aquel mundo y pusiese rumbo a París en 1951, gracias a una beca del Gobierno francés. Agotada esta, su trabajo como traductor de la Unesco (dominaba el francés, por ser la patria de su madre) le permitió afincarse definitivamente en la capital francesa. Por entonces Julio Cortázar ya había publicado en Buenos Aires el poemario Presencia con el seudónimo Julio Denis, el poema dramático Los reyes y la primera de sus series de relatos breves, Bestiario, en la que se advierte la profunda influencia de Jorge Luis Borges y que se convertiría en el germen de su fama como escritor.

En los sesenta, Julio Cortázar se convirtió en una de las principales figuras del llamado bum de la literatura hispanoamericana y disfrutó de reconocimiento internacional. Su nombre se colocó al mismo nivel que el de los grandes protagonistas del bum: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, los mexicanos Juan Rulfo y Carlos Fuentes, los uruguayos Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti o sus compatriotas Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, entre otros. Fue un icono del Barrio Latino de París, de la vida bohemia de la capital, y allí escribió sus mejores cuentos y la que sería su novela más sorprendente y conocida: Rayuela.

Un maestro de los cuentos

Cortázar empezó escribiendo cuentos, breves relatos en los que llegó a ser un verdadero maestro. Su gran referente es el gran Edgar Allan Poe, del que aprendió a ver lo que de fantástico hay en la vida real. El propio Jorge Luis Borges admiró la perfección de los relatos cortazarianos desde el primer momento, pues fue él quien le editó uno de los primeros que escribió. Los libros en los que fueron apareciendo marcaron a toda una generación de jóvenes lectores a ambos lados del Atlántico. En estos relatos se mezclan con total naturalidad la realidad y la imaginación, lo natural con lo fantástico, en una línea muy cercana al realismo mágico, que vino a renovar la narrativa de todo el mundo. Sencillez y complejidad perfectamente entrelazadas, para ofrecernos siempre una reflexión inteligente. Títulos como: Bestiario (1951), Final del juego (1956), Las armas secretas (1959), Todos los fuegos el fuego (1966), Octaedro (1974), Alguien que anda por ahí (1977), Queremos tanto a Glenda (1980) o Deshoras (1982) han pasado ya a las páginas de oro del relato corto de cualquier literatura. A ellos había que sumarles otros libros misceláneos de una gran originalidad, como La vuelta al día en ochenta mundos (1967) y Último round (1969), en los que se mezcla el relato con el ensayo, lo lúdico con lo serio.

El amor y su literatura

Como los escritores son, ante todo, seres humanos, en ellos se mezclan la vida y la literatura con una natural y recíproca incidencia. En este sentido, Cortázar no fue una excepción y sus sentimientos y sus amores influyeron en su literatura, y su literatura, en sus sentimientos y amores. Además de amoríos pasajeros, Cortázar tuvo tres parejas conocidas porque tuvieron que ver con su literatura.

La primera de ellas, Aurora Bernárdez, una traductora hija de gallegos, con la que se casó viviendo aún en Argentina. Fue la que más influyó en Cortázar. Una influencia benéfica para su vida y para su obra. El resultado literario de aquella temporada de gloria es el punto álgido del escritor: ese Cortázar algo existencialista, enamorado del jazz, de la literatura fantástica y de la vida como sorpresa es el mejor Cortázar, el que entra por derecho en el bum de la narrativa hispanoamericana de los sesenta y produce espléndidos libros de cuentos como Final del juego (1964) o Las armas secretas (1960), de fama creciente pero aún minoritaria, y que culminará en esa novela de diversas lecturas o antinovela creativa que fue Rayuela (1963), que marcó a varias generaciones de lectores. Aurora no es la Maga, protagonista de la obra, pero sí es la que impulsó a Cortázar a escribir esa sorprendente novela. A ese tiempo pertenece también el Cortázar más lúdico, irónico o erudito de La vuelta al día en ochenta mundos (1967) o Historias de cronopios y de famas (1962). Y fue Aurora la que animó a Julio a que los dos renunciasen a las plazas vitalicias de traductores en la Unesco que habían ganado por oposición. La razón, la entrega a la literatura: los dos querían escribir y no atarse a trabajos cotidianos que restaran libertad a su vida literaria.

ESTACIÓN LA HABANA

En un viaje a La Habana coincidió con la lituana Ugné Karvelis, a la que ya Julio Cortázar había conocido en las oficinas de la editorial Gallimard, en París. Pero fue en Cuba donde empezó la relación de la pareja, con una influencia en la literatura de Cortázar que se nota sobre todo en la excesiva politización de su escritura. El mayor ejemplo de esta temporada de amor ideológico, en la que Cortázar descubre del todo la Revolución cubana y se vuelca en apoyarla, es El libro de Manuel, un texto que quiere ser un catecismo ideológico, pero que representa un fracaso literario. Las buenas intenciones casi nunca dan buena literatura, y en esta temporada de solidaridad con los pobres del mundo y en defensa de causas que él cree justas, su literatura decae y sus fieles lectores quedan, literariamente, desconcertados, al margen de que ideológicamente puedan estar de acuerdo o no con el escritor. Porque amar a Cortázar había sido el oficio obligado de toda una generación. En él se reconoció una multitud que, a mediados de los años sesenta, había descubierto con sorpresa que en castellano también se podía escribir con la misma libertad que en inglés sobre jazz, sobre cine o sobre pintura surrealista. Por eso, la influencia de Ugné Karvelis fue negativa en el plano literario de Cortázar.

En la tercera y última etapa de su vida, conoció a Carol Dunlop, una mujer mucho más joven que él, que logró rejuvenecer su vida y su literatura: sus relatos y cuentos de este momento son una vuelta a la juventud, y los textos de Cortázar son de exaltación de la vida y de la magia de vivir. En sus obras no abandonó la política, ahora centradas en la Revolución sandinista de Nicaragua. Pero recuperó la vertiente hedonista de la vida y escribió algunos de sus mejores relatos. A dúo con Carol, escribió un delicioso libro, lleno de vida, humor y amor: Los autonautas de la cosmopista (1983). Carol murió prematuramente y Julio la sobrevivió apenas dos años. Al final, ya enfermo, para cerrar el círculo, volvió a su lado Aurora Bernárdez, que lo cuidó hasta el último momento, hasta el 12 de febrero de 1984, en que murió en el Hospital de Saint-Lazare. Fue enterrado en la misma tumba que Carol, en el cementerio de Montparnasse.

«Rayuela»

Tras haber publicado su primera novela (Los premios, 1958), Cortázar empieza a darse cuenta de que el género novelístico le queda demasiado estrecho para todo lo que él quería incluir dentro de una narración larga. Y empieza a probar formas que rompan los viejos clichés de la novela tradicional, que por esas fechas estaba aún muy cerca de la vieja escuela decimonónica. Además, Cortázar, de ideología izquierdista, cree que «el primer deber del escritor revolucionario es ser revolucionario como escritor». Es decir, debe romper con los moldes expresivos heredados de otras épocas y proponer un arte nuevo, más acorde con los profundos cambios de nuestro tiempo. Y de esta reflexión nace Rayuela (1963), una novela que produce un fuerte impacto en el mundo literario por su complejidad lingüística y por su singular composición, que permite al lector varios modos de seguir la lectura y de, en cierto modo, recrearla. Pero, además de la audacia técnica y experimental de la obra, su contenido muestra una gran hondura humana, a través de unos personajes enormemente próximos.

La deconstrucción que aplicó Cortázar a la novela, con sus itinerarios alternativos de lectura, sigue dando que hablar. Muchos aplauden cómo les reventó las costuras a las convenciones del siglo XIX que el género arrastraba y cómo lo liberó de las ataduras académicas. Y destacan que Cortázar proponía ligereza frente a la pesadez más o menos decimonónica. Y aunque no faltaron quienes consideraron que esta novela no pasaría de ser una obra menor, lastrada por su espectacular experimentalismo, lo cierto es que Rayuela no ha dejado indiferente a nadie y que fue leída con auténtica devoción por la juventud de aquel momento. Hoy sigue siendo una novela de referencia, y para muchos críticos literarios en ella se contienen algunas de las mejores páginas de Cortázar, y citan como ejemplo el comienzo del capítulo 73:

«Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos». 

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