Las novedades del «Diccionario de la lengua española»

Carlos Ocampo

LA VOZ DE LA ESCUELA

«Vallenato», el nombre de un baile y su música populares colombianos, es una de las novedades en la acutalización del Diccionario
«Vallenato», el nombre de un baile y su música populares colombianos, es una de las novedades en la acutalización del Diccionario

La Real Academia se propone renovar cada mes de diciembre la obra lexicográfica de referencia en lengua castellana, como acaba de hacer al final del pasado 2017

21 feb 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Desde que en 1780 la Real Academia Española editó la primera edición del Diccionario de la lengua castellana reducido a un tomo para su más fácil uso (una versión abreviada, pues no incluía las citas, del Diccionario de autoridades) hasta el 2014, en que se publicó la 23.ª edición, titulada ahora Diccionario de la lengua española (DLE), muchas cosas han cambiado en la institución. Tantas que, a partir de ahora, en lugar de esperar 13 años hasta la siguiente renovación (la edición 22.ª era del 2001), la RAE actualizará anualmente, cada mes de diciembre, la versión en línea. La primera la presentaron el pasado mes de diciembre el director de la institución, Darío Villanueva, y la coordinadora del diccionario, Paz Battaner, una versión que, como imponen los tiempos, es la 23.1, al más puro estilo de los programas informáticos. Otra prueba de que los nuevos días son llegados es esta afirmación de Villanueva, a propósito de la próxima, pero aún lejana, edición impresa: «La nueva planta es digital. Antes se volcaba en Internet tras la edición en libro, y ahora es al revés». Aunque aprovechó para calmar a los amantes de la tradición: sí habrá impresión, «la RAE no es libricida».

La planta, o plan, de un diccionario es el proyecto que se define antes de abordar su elaboración. Como suelen ser obras colectivas, es indispensable y tan importante que incluso se edita a veces en forma de prospecto para que todos los lexicógrafos que colaboran se amolden a ella sin dificultad. Incluye información técnica como a qué público se dirige, qué tipo de léxico va a recoger (cuáles serán los lemas o entradas) y si se va a hacer de forma amplia o con restricciones (por ejemplo, respecto al léxico técnico), cómo se escribirá el lema (en negrita o no, con mayúsculas o no, bajo qué forma…), qué información va a incluir cada entrada, si va a tener ilustraciones o si se va a disponer en columnas, cuáles serán las fuentes de información (el uso de la calle, la literatura…), qué tipo de redacción se va a adoptar… en fin, tantos aspectos que no nos llegaría un suplemento entero para recogerlos y explicarlos todos.

Ya se ve que la planta de un diccionario, por ejemplo, bilingüe no tendrá nada que ver con la de uno semasiológico (así se llama a los que son como el DLE, es decir, los que intentan explicar qué significan las palabras), ni la de este con la de uno de dudas o la de uno enciclopédico… Además, entre diccionarios semasiológicos tampoco tiene por qué haber demasiadas similitudes. Piensa, por ejemplo, que en un diccionario de la lengua inglesa para hablantes ingleses es indispensable incluir una transcripción fonológica de la pronunciación de las palabras, algo que en un diccionario de español podría venir bien solo en algunos casos excepcionales. Además, hay diccionarios que recogen cierta información que otros ignoran, como por ejemplo la etimológica. Y la lista de lemas puede incluir extranjerismos o formas consideradas incorrectas (esto último lo hace, por ejemplo, el Gran dicionario Xerais da lingua).