Las novedades del «Diccionario de la lengua española»

La Real Academia se propone renovar cada mes de diciembre la obra lexicográfica de referencia en lengua castellana, como acaba de hacer al final del pasado 2017

«Vallenato», el nombre de un baile y su música populares colombianos, es una de las novedades en la acutalización del Diccionario
«Vallenato», el nombre de un baile y su música populares colombianos, es una de las novedades en la acutalización del Diccionario

Desde que en 1780 la Real Academia Española editó la primera edición del Diccionario de la lengua castellana reducido a un tomo para su más fácil uso (una versión abreviada, pues no incluía las citas, del Diccionario de autoridades) hasta el 2014, en que se publicó la 23.ª edición, titulada ahora Diccionario de la lengua española (DLE), muchas cosas han cambiado en la institución. Tantas que, a partir de ahora, en lugar de esperar 13 años hasta la siguiente renovación (la edición 22.ª era del 2001), la RAE actualizará anualmente, cada mes de diciembre, la versión en línea. La primera la presentaron el pasado mes de diciembre el director de la institución, Darío Villanueva, y la coordinadora del diccionario, Paz Battaner, una versión que, como imponen los tiempos, es la 23.1, al más puro estilo de los programas informáticos. Otra prueba de que los nuevos días son llegados es esta afirmación de Villanueva, a propósito de la próxima, pero aún lejana, edición impresa: «La nueva planta es digital. Antes se volcaba en Internet tras la edición en libro, y ahora es al revés». Aunque aprovechó para calmar a los amantes de la tradición: sí habrá impresión, «la RAE no es libricida».

La planta, o plan, de un diccionario es el proyecto que se define antes de abordar su elaboración. Como suelen ser obras colectivas, es indispensable y tan importante que incluso se edita a veces en forma de prospecto para que todos los lexicógrafos que colaboran se amolden a ella sin dificultad. Incluye información técnica como a qué público se dirige, qué tipo de léxico va a recoger (cuáles serán los lemas o entradas) y si se va a hacer de forma amplia o con restricciones (por ejemplo, respecto al léxico técnico), cómo se escribirá el lema (en negrita o no, con mayúsculas o no, bajo qué forma…), qué información va a incluir cada entrada, si va a tener ilustraciones o si se va a disponer en columnas, cuáles serán las fuentes de información (el uso de la calle, la literatura…), qué tipo de redacción se va a adoptar… en fin, tantos aspectos que no nos llegaría un suplemento entero para recogerlos y explicarlos todos.

Ya se ve que la planta de un diccionario, por ejemplo, bilingüe no tendrá nada que ver con la de uno semasiológico (así se llama a los que son como el DLE, es decir, los que intentan explicar qué significan las palabras), ni la de este con la de uno de dudas o la de uno enciclopédico… Además, entre diccionarios semasiológicos tampoco tiene por qué haber demasiadas similitudes. Piensa, por ejemplo, que en un diccionario de la lengua inglesa para hablantes ingleses es indispensable incluir una transcripción fonológica de la pronunciación de las palabras, algo que en un diccionario de español podría venir bien solo en algunos casos excepcionales. Además, hay diccionarios que recogen cierta información que otros ignoran, como por ejemplo la etimológica. Y la lista de lemas puede incluir extranjerismos o formas consideradas incorrectas (esto último lo hace, por ejemplo, el Gran dicionario Xerais da lingua).

TRES MIL Y PICO

La RAE ha contado los cambios que ha introducido en su Diccionario: 3.345. Aunque, lamentablemente, no los ha reunido todos en alguna publicación que se pudiera consultar. No todo son palabras nuevas, que alguna hay. Llama la atención que algunas sean coloquialismos o vulgarismos más o menos extendidos en el uso, como aló, arrascar, arreón, bocas, choni, gafotas, notas, pasada, pibón o reinona, muchas de las cuales, por cierto, mi competente corrector ortográfico está marcando en rojo para avisarme de que están mal. Hay algunos tecnicismos que se han colado por ser de uso generalizado, como amusia, aporofobia, arterioesclerótico, atrecista, biocida, biodegradar o tricilíndrico.

Hay realidades nuevas a las que hay que dar nombre, lo cual implica recurrir a los mecanismos de composición y derivación, como en audiolibro, autoaprendizaje, compostar, postureo o posverdad. O a extranjerismos: la mayoría son anglicismos, más o menos adaptados, como clicar, hackear, superwoman o táper, pero también se han colado kosher y sharia, que son palabras con tradición en otras culturas que cada vez se entreveran más con las occidentales. También se ha colado una para que los profes pongan trampas en los dictados, pues ahora tienen vallenatos, además de ballenatos.

Más abundantes son las enmiendas, que podríamos agrupar en tres tipos y pico. Se han suprimido acepciones, se han añadido otras nuevas y se han puesto marcas de uso a otras (tema del que hablamos en el siguiente apartado). Y el pico: hay entradas, como marisabidillo y marujo, que antes solo se registraban en femenino, pero esto ya enlaza con el tema de la columna derecha de esta página.

Sexo débil y sexo fuerte: polémica a la vista

La actualización del Diccionario modifica las acepciones de profesiones, que ahora comienzan por «persona que...» en lugar de por «hombre que...». El director de la RAE, Darío Villanueva, comentó que responde al esfuerzo por hacerlo «más igualitario». En pro de este objetivo, palabras como jueza o embajadora relegan las acepciones del tipo «mujer del…», que reciben marcas del tipo «poco usado», y priorizan las que se refiere al ejercicio de la profesión por parte de una mujer.

«Jamás haremos un diccionario políticamente correcto […] y la razón es simple: se destruiría». Se refería Villanueva a que el Diccionario no puede dejar de recoger expresiones como sexo débil, que algunos consideran sexista y reclaman que sea eliminada. El Diccionario «debe tener en cuenta el respeto al pasado», porque, además, «no promociona ni obliga al uso de palabras o expresiones […]. Solo las recoge, tanto las educadas y las correctas como las canallas», añadió.

Así que, en lugar de suprimir esta forma compleja, se ha optado por añadir a su definición una marca de uso: «Con intención despectiva o discriminatoria». Para acallar este tipo de reclamaciones, además le han añadido a sexo fuerte otra marca: «Úsase en sentido irónico». Aunque la primera definición de ironía es «burla fina y disimulada», es esta la única palabra que sirve para «dar a entender algo contrario o diferente de lo que se dice», como cuando le decimos a alguien, después de meter la pata, que se ha lucido: ¿habrá acertado la RAE con estas marcas de uso? 

¡Benditas marcas!, pensarán, no obstante. Porque este tipo de reclamaciones no llegan solas. La relativa a la acepción de mujer fácil es la última que han recogido los medios (búscala en http://bit.ly/2o09vkH), y la RAE ya ha respondido cuál es la propuesta de solución que someterán a debate: una marca de uso.

PALABRAS RETIRADAS

En la lista de palabras eliminadas, lo que ocurre en algunos casos («marisabidilla», «maruja») es que ahora el lema es «marisabidillo, lla» y «marujo, ja». Lancera desaparece como entrada de género masculino, pero mantiene su significado dentro de lancero, ra como femenino. «Travelín» se ha adaptado ahora como «trávelin», y «estent» ha vuelto a ser «stent» (con marca diatrítica de extranjerismo, esto es, en cursiva). Pero la mayoría son palabras desusadas que esperamos poder consultar pronto en un diccionario histórico tantas veces prometido: «afeitadera», «agujadera», «alfoliero», «alfolinero», «alhaquín», «alijarar», «alijarero», «añinero», «cavaril», «enhestador», «vellera», «hetría», «inceptor», «lazrador», «licenciadillo», «pirogálico», «uracho».

 para saber más

  • Se puede escribir sobre diccionarios, y sobre sus novedades, sin echar ningún rollo. Si no te lo crees: http://bit.ly/2BDebTf
  • La noticia en La Voz: http://bit.ly/2z8uTrK

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