El Diccionario sigue creciendo

El director de la obra explica que la lengua no se puede congelar en sus páginas


Ya tenemos nuevo Diccionario de la Real Academia Española. Si estuviste atento a las noticias, verías que se presentó el 16 de octubre con grandes titulares que anunciaban la cantidad de novedades que trae uno de los libros que está presente en casi todos los hogares, y que no debería faltar en ninguno. Pero entre la marabunta de nuevas palabras y nuevas acepciones que son un auténtico mareo de leer podría pasársenos desapercibido lo que de verdad importa.

Casi 100.000 palabras no son pocas para un diccionario, teniendo en cuenta que algunas más de 1.000 han tenido que irse porque ya nadie las usaba. Otras casi 9.000 ya están acomodadas, aunque son muchas las que llaman a la puerta de la gran mansión de palabras del español. A ver si duran, porque la lengua va en nuestros días a tanta velocidad como una realidad que a diario nos inunda de novedades. ¿Alguno de mis jóvenes lectores habrá dicho alguna vez en su vida casete, disquete o transistor en el sentido en que yo usaba estos vocablos hace tanto tiempo que ya no me acordaba de ellos?

¿SE PUEDE DECIR?

Pero lo que de verdad importa de la 23.ª edición del Diccionario no son sus números apabullantes, como las 140.000 enmiendas que ha recibido, ni la modernización de las definiciones y las entradas, ni el esfuerzo para integrar americanismos que supuso una buena acogida entre las academias de allende los mares, hasta ayer tan desapegadas de la RAE por sentirse ignoradas. Porque, como dijo el lexicógrafo Pedro Álvarez de Miranda, que dirigió durante 13 años los trabajos de actualización de la obra, «el sino de los diccionarios es quedarse anticuados enseguida». Lo importante es la utilidad que le demos a este libro tan sabio.

Cuando a principios del siglo XVIII, en plena Ilustración europea, se funda la Academia, lo que anima a los intelectuales de la época es el afán normativo de señalar lo que está bien y lo que está mal, lo que explica el lema de la docta casa: «Limpia, fija y da esplendor». Y es significativo el título de su primera obra: Diccionario de autoridades. Este espíritu regulador ha acompañado a la institución a lo largo de los siglos y solo a finales del pasado empezó a darle un giro más conforme con los tiempos: menos preceptos y más descripción. Pero la inercia en la sociedad es muy grande y todavía muchos preguntamos si tal palabra se puede decir o no, si está bien dicha o mal dicha de esta forma o de aquella, o si la está empleando en un sentido correcto o no.

Por eso Álvarez de Miranda, el director da la última edición del Diccionario, aún tiene que explicar que las palabras «no necesitan el marchamo de la Academia para existir». O sea, que sí se puede decir escrache, aunque aún no lo encuentres en el Diccionario. ¿Que no te lo crees? A ver, prueba y di: «Escrache». ¿Ves cómo sí se puede? El Diccionario no es «un código de circulación, a nadie le ponen multas por decir palabras que no estén», explica Álvarez de Miranda. Los hablantes tienen unas necesidades comunicativas y, si para cubrirlas necesitan inventar palabras o usar algunas de reciente creación que no están en el Diccionario, son estas soluciones las que hacen que la lengua evolucione y avance. Si tuviéramos que valernos aún de las viejas palabras consagradas en el siglo XVIII, no tendríamos hackers, vale, pero tampoco ordenadores ni teles, ni frigoríficos o motos, siquiera. ¡Vaya!

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