Tras una campaña llena de polémicas, las encuestas pronostican un empate técnico entre ambos en la segunda vuelta
04 oct 2026 . Actualizado a las 08:54 h.Brasil celebra elecciones este domingo después de una campaña frenética e imprevisible. En el cóctel se han mezclado las denuncias a Estados Unidos por injerencia electoral, la influencia del banquero más corrupto de brasil que ha dinamitado al Supremo Tribunal Federal, un debate cancelado e incluso un muy reciente incidente religioso de gran envergadura en medio de un ambiente bronco y con continuas descalificaciones. Y a pesar de todo, paradójicamente, las encuestas muestran los mismos resultados desde que se abrió la veda electoral.
El actual presidente, el izquierdista Lula Da Silva, aventaja en unos cuatro puntos de cara a la primera vuelta de este domingo a su rival, Flávio Bolsonaro, hijo del ex presidente Jair Bolsonaro (2018-2022), inhabilitado y en prisión domiciliaria tras haber sido condenado a 27 años de cárcel por intento de Golpe de Estado. Tampoco varían los sondeos de cara a segunda vuelta. Hay un empate técnico en la práctica totalidad de encuestas y se prevé una batalla encarnizada el próximo 25 de octubre porque los candidatos alternativos, aunque no tienen posibilidades de pasar de ronda, sí aparecen con un 15% total de intención de voto y todo hace pensar que habrá balotaje.
En juego está confirmar si el giro a la derecha en América Latina se confirma en el país más relevante demográfica y económicamente, tras las victorias conservadoras recientes en Chile, Perú y Colombia. «En mi primer mandato arreglamos el país y lo pusimos a andar», dijo Lula, el favorito para la cita del domingo, en un cierre multitudinario de campaña en Salvador de Bahía. «En este mandato fueron dos años y medio para arreglar lo que ellos hicieron», añadió en referencia al ex mandatario Bolsonaro.
La campaña de Lula se ha basado en una defensa de la soberanía brasileña ante Washington, que ha impuesto aranceles del 25% a miles de productos de exportación brasileños mentando competencia comercial desleal por el sistema de pagos públicos Pix, aunque el Partido de los Trabajadores de Lula ha pedido investigar una posible injerencia electoral de la Casa Blanca.
Trump se posiciona
El presidente estadounidense, Donald Trump, no oculta su preferencia por Bolsonaro, con quien se reunió en persona hace unos meses. La Administración Trump ya impuso aranceles del 50% a Brasil en el 2025 mentando el juicio contra el ex mandatario ultraderechista aunque posteriormente los retiró cuando se estaba incrementando drásticamente el precio de la carne y el café en territorio estadounidense. Trump dijo este mismo jueves que está siguiendo muy de cerca los comicios brasileños. «Es un país muy importante», añadió, aunque esta vez sin referirse a los candidatos.
A favor de Lula juega el descenso del desempleo y el crecimiento económico del país en los últimos años, por encima de la media regional. En contra, que esos datos macroeconómicos no los notan amplios sectores de la población porque la inflación acumulada en Brasil desde el inicio de su mandato es del 17,90% y ni con los programas sociales de la presidencia llegan millones a fin de mes.
La sombra de la corrupción
Tampoco contribuye a su popularidad la investigación contra uno de sus hijos por supuesto tráfico de influencias, aunque la sombra de la corrupción también planea sobre Bolsonaro. El candidato ultraderechista llamaba de “hermano” en mensajes privados a Daniel Vorcaro, ex líder del Banco Master y protagonista del mayor escándalo de corrupción de los últimos años. Esa cercanía se producía mientras le pedía dinero —más de 20 millones de dólares— para producir una película sobre su padre.
El escándalo ha salpicado al juez estrella del Supremo Tribunal Federal, Alexandre De Moraes, la némesis del bolsonarismo, relator del caso contra el ex presidente, ante sus presuntos vínculos con Vorcaro. Ese caso ha provocado un fuerte enfrentamiento en el seno de una institución clave para el funcionamiento de la democracia y para estos comicios.
En un país tensionado, cualquier chispa prende. Un mensaje demostrado falso, publicado en la red social X, sobre un posible movimiento del evangelismo —alineado en torno a Bolsonaro— para retirar a la católica Nossa Senhora Aparecida el título de patrona de Brasil ha marcado los últimos días de campaña, con Lula sacando figuras de esa virgen en sus mítines y el candidato ultraderechista —que ha demandado mayor seguridad pública—, denunciando una operación de noticias falsas en su contra.
Lula, el último baile del mito de la izquierda
«Esta es mi última elección. Mi último gobierno será el más importante de todos» dijo esta semana Lula Da Silva (Garanhuns, 1945) ante el reto de lograr su cuarto mandato no consecutivo algo que sería inédito en la historia de Brasil. Es medio siglo en política de un niño que nació en la Pernambuco rural, en una familia pobre y desestructurada, con un padre alcohólico y ausente. Fue el séptimo de ocho hijos y la madre y los pequeños se mudaron a la pujante Sao Paulo cuando Lula tenía siete años en busca de oportunidades. El pequeño se hizo lustrabotas y logró al cumplir la mayoría de edad un puesto de metalúrgico en la pujante industria paulista. Engañaba a sus compañeros diciéndoles que ya había desayunado cuando no sacaba nada durante el descanso. Ahí nació el Lula político. Ascendió rápidamente en el sindicato del rubro y en los años 70, en plena dictadura, ya movía masas de obreros en protestas contra las condiciones laborales, lo que le costó un período de unos meses en prisión.
Tras la vuelta a la democracia se convirtió en el líder más reconocible de la izquierda a través de su Partido de los Trabajadores (PT). Perdió tres elecciones consecutivas hasta que en el 2002 logró la victoria utilizando una virtud que ya le acompañaría por el resto de su carrera: un gran sentido del pragmatismo, que le hizo acercarse al centro y a los empresarios.
Millones salieron de la pobreza durante sus dos primeros gobiernos, dándose una explosión de oportunidades y de poder adquisitivo para los brasileños más pobres, a la vez que estallaron graves escándalos de corrupción en el PT. Lula fue encarcelado en el 2018 condenado por haber aceptado un ático de una constructora a cambio de favores. 580 días después salió de prisión y el el Supremo anuló las condenas entendiendo que no se le habían respetado los derechos procesales, pero para una mitad de los brasileños Lula siempre será un político corrupto. La otra mitad, le devolvió al poder en el 2022.
Flávio Bolsonaro, la opción de la derecha dogmática
Jair Bolsonaro fue condenado el año pasado a 27 años de prisión por intento de Golpe de Estado y muchos creían que hasta ahí había llegado el clan familiar, pero se equivocaban. Flávio Bolsonaro (Resende, 1981) logró el apoyo de las muy influyentes iglesias evangélicas y los sectores más conservadores del empresariado y del agronegocio para mantener el control del conservadurismo dogmático y pasar por encima de presidenciables como el gobernador de Sao Paulo, Tarcísio de Freitas.
Bolsonaro nació en un cuartel mientras su padre servía en el Ejército y se crió como parte de la élite carioca. Ser hijo de un congresista no es poca cosa en Brasil. Estudió derecho pero no ejerció porque en 2002, con apenas 21 años, se convirtió en diputado regional de Río de Janeiro, a rebufo de la influencia de su padre, cargo que mantendría durante tres legislaturas más. Allí fue señalado por contrataciones opacas y se escribieron informes sobre operaciones financieras incompatibles con sus ingresos, pero salió airoso. Es considerado como el más moderado de la familia, aunque en campaña ha alzado todas las banderas ideológicas del clan.