Carlos Espaliú, catedrático y estudioso de los procesos de paz: «Birmania lleva en guerra desde 1948»

Bea Abelairas
B. Abelairas REDACCIÓN / LA VOZ

INTERNACIONAL

Carlos Espaliú Berdud
Carlos Espaliú Berdud

Alerta de que el este de la República Democrática del Congo suma varias décadas sumido en un ciclo de violencia

04 ago 2026 . Actualizado a las 16:16 h.

Carlos Espaliú Berdud es catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad CEU Fernando III y es un estudioso de los proceso de paz, en los que destaca que pesan mucha cuestiones ajenas a la esencia del conflicto: desde los beneficios que la contienda pueda generar a terceros a cuestiones religiosas.

—¿Qué procesos de paz tienen más probabilidades de éxito en la actualidad?

—Aunque resulta difícil hacer predicciones en un contexto internacional como el actual tan cambiante, quizá sea posible identificar algunos procesos de paz que presentan mejores perspectivas que otros de solucionarse. Uno de ellos es el proceso en Colombia, donde, a pesar de las dificultades y las interrupciones en las negociaciones con diversos grupos armados, existe una amplia experiencia en materia de diálogo y mecanismos de verificación, así como un importante apoyo internacional. El caso de Mindanao, en Filipinas, también resulta alentador; la aplicación del acuerdo con el Frente Moro de Liberación Islámica demuestra que incluso los conflictos muy prolongados pueden avanzar hacia una paz estable cuando existe voluntad política y un compromiso sostenido por parte de las instituciones. Otros escenarios, como las negociaciones entre Armenia y Azerbaiyán tras los cambios en Nagorno-Karabaj, o el prolongado proceso hacia la reunificación de Chipre, siguen teniendo potencial de solución, aunque en ambos casos persisten importantes obstáculos políticos y de confianza entre las partes. En general, los procesos con más probabilidades de éxito son aquellos que combinan voluntad política, una mediación internacional eficaz y la capacidad de aplicar los acuerdos alcanzados.

—¿Qué guerras prolongadas destacaría?

—Si nos fijamos en los conflictos que se han prolongado durante décadas, el caso de Myanmar, o Birmania, es probablemente el más representativo, lleva inmerso en una guerra desde 1948. Desde que obtuvo la independencia en ese año, el país ha sufrido una sucesión casi ininterrumpida de enfrentamientos entre el ejército y numerosos grupos armados de carácter étnico. El golpe de Estado del 2021 agravó aún más una situación ya de por sí extremadamente compleja, hasta el punto de que ahora resulta difícil hablar de una única guerra: coexisten múltiples conflictos simultáneos, en los que intervienen diferentes actores y que persiguen objetivos distintos. Además, como es conocido, existen fundamentos para considerar que se está cometiendo un genocidio con la población rohinyá, lo que demuestra la tremenda gravedad del conflicto y, lógicamente, las dificultades de que llegue a buen puerto ante heridas tan profundas como las que se han abierto entre las diferentes comunidades implicadas. Pero Myanmar no es un caso aislado.

—¿Cuáles otros son preocupantes?

—El este de la República Democrática del Congo lleva décadas sumido en un ciclo de violencia alimentado por la presencia de numerosos grupos armados y la lucha por el control de recursos minerales estratégicos. Ni siquiera la elevación de varios asuntos a la Corte Internacional de Justicia, órgano judicial principal de las Naciones Unidas, pudo acabar con los conflictos. Somalia sigue sufriendo las consecuencias del colapso de su Estado desde principios de la década de 1990, mientras que Sudán lleva décadas asolado por conflictos internos y la guerra que comenzó en 2023 es, en gran medida, una nueva manifestación de estas tensiones históricas.

—¿Qué otros casos destaca?

—El conflicto entre Israel y Palestina también puede entenderse como un conflicto prolongado, caracterizado por sucesivos ciclos de violencia y la ausencia de una solución política duradera. Para mí, es el más grave de los que existen en la actualidad, pues con la protección de los Estados Unidos y la pantalla que le facilita en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, no es descartable que los acontecimientos en Gaza puedan alcanzar la categoría del crimen internacional de genocidio. Por otro lado, esta contienda está en el origen y alimenta continuamente todos los conflictos en Oriente Medio.

—¿Por qué algunos conflictos se prolongan durante décadas?

—No existe una única explicación, pero las investigaciones sobre la resolución de conflictos identifican varios factores recurrentes. En primer lugar, muchos de estos conflictos dejan de ser un mero enfrentamiento entre dos partes y pasan a involucrar a una amplia variedad de actores armados, lo que dificulta mucho más alcanzar un acuerdo que sea aceptado y respetado por todos. En segundo lugar, la guerra acaba generando su propia dinámica económica: el control de los recursos naturales, las rutas de comercio ilícito o el tráfico de armas proporcionan incentivos para perpetuar el conflicto, ya que ciertos grupos se benefician de su continuación. A esto se suma, en muchos casos, la debilidad de las instituciones estatales, incapaces de ejercer un control efectivo sobre la totalidad del territorio, así como la intervención de potencias extranjeras que apoyan a diversos actores locales, lo que convierte los conflictos en escenarios de rivalidad regional o internacional. Por último, cuando las disputas tocan cuestiones de identidad nacional, religiosa o étnica, o cuando existe una larga historia de acuerdos incumplidos, la desconfianza entre las partes se arraiga de tal manera que cualquier negociación resulta extraordinariamente difícil. En resumen, las guerras que se prolongan durante décadas rara vez lo hacen por una única razón. Más bien, se derivan de una combinación de factores políticos, económicos, sociales e internacionales que hacen que algunos actores perciban el coste de alcanzar la paz como mayor que el de mantener el conflicto. Esa es precisamente una de las lecciones clave que hay que extraer de las guerras prolongadas contemporáneas.

—¿Hay algún caso esperanzador?

—En las últimas décadas también encontramos conflictos de una importancia elevada, con un riesgo cierto de inflamarse, que acaban resolviéndose por la buena voluntad de las partes o de la intervención de potencias o personalidades extranjeras, como fue el caso de la exitosa mediación de Juan Pablo II en el conflicto del Canal de Beagle, entre Argentina y Chile, que acabó mediante la firma del Tratado de Paz y Amistad entre los dos países, de 1984.