Algunos viven ajenos a la realidad debido a la censura, mientras que otros deciden ignorarla al verse incapaces de alterar el rumbo del país, ya sea mediante protestas o en las urnas
05 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.En Rusia no existe una única guerra contra Ucrania, sino muchas. Coexiste, por ejemplo, la contienda narrada por los medios oficiales —que se esfuerzan en destacar los logros del ejército y ensalzar hazañas históricas de sus soldados— con el conflicto que golpea el día a día de los ciudadanos. «Las fuerzas armadas tomaron el control de seis asentamientos en una semana y liberaron otros cuatro», titulaba hace unos días el diario Komsomolskaya Pravda. Frente a este relato, la población civil intenta seguir con sus vidas mientras sufre las consecuencias de una invasión que atraviesa su quinto año con las negociaciones de paz estancadas y eclipsadas por otras crisis, como la de Oriente Medio, sufriendo dificultades económicas y bloqueos en el acceso a internet.
En los medios estatales no se mencionan las bajas en las filas nacionales. El pasado viernes, la agencia TASS cifraba en 8.010 las registradas por Ucrania en esa semana, pero desde finales de 2022 Moscú no ofrece datos sobre sus propios soldados caídos y censura cualquier información alternativa. La legislación vigente considera que tales datos «difaman a las fuerzas armadas» y castiga a quien infrinja la ley con multas y penas de prisión. En la prensa sí hay espacio, en cambio, para las noticias sobre las «liberaciones» de localidades en el Donbás —la región que el Kremlin ambiciona y que Volodímir Zelenski se niega a ceder— y los ataques perpetrados por la exrepública soviética, como el cuarto en apenas quince días contra la refinería de Tuapsé, en el mar Negro. Este tipo de sucesos suele utilizarse para justificar medidas restrictivas, como el aumento de la censura digital.
El nerviosismo en el país es palpable y se manifiesta a través de los propagandistas, quienes sobrepasan los límites de la ética en el prime time televisivo. Desde el inicio de la invasión en febrero de 2022, las tertulias de las cadenas públicas se poblaron de amenazas contra capitales europeas. Uno de los incidentes más recientes tuvo como protagonista a Vladímir Soloviov, uno de los rostros más conocidos del Primer Canal, quien arremetió de forma vulgar contra la modelo e influencer Viktoria Bonya. Ella había publicado un vídeo viral dirigido al jefe del Kremlin, Vladímir Putin, pidiéndole atención para los problemas de la población. La estrella televisiva la tildó de «vieja», «estúpida» y «prostituta desgastada». «El pueblo ama a Putin», zanjó entre gritos.
«No tenía ni idea»
Lo cierto es que muchos ciudadanos han vivido durante años de espaldas a la realidad. Conscientes de que no pueden alterar el rumbo de su nación ni con protestas ni en las urnas —donde Putin se impuso en los últimos comicios de 2024 con más del 87% de los votos—, una gran parte prefiere la evasión. «No tenía ni idea, pero me parece algo horrible», responde Maria, una moscovita que desconocía los múltiples ataques ucranianos con drones contra la refinería de Tuapsé. Sin embargo, el desinterés o la falta de información no mitigan el impacto del conflicto en la vida cotidiana. Los datos oficiales sitúan la inflación rusa en torno al 5,5%, pero organismos externos, como la inteligencia sueca, estiman que es mucho más severa. En 2025, cerca de 73 regiones (de las 89 que controla Rusia, incluidas las zonas anexionadas de Ucrania) cerraron el ejercicio con deuda. El ministro ruso de Finanzas, Antón Siluanov, aseguró hace una semana que «el déficit combinado de los presupuestos regionales aumentará un 27%, hasta alcanzar los 1,9 billones de rublos (unos 21.584 millones de euros) en 2026, debido a la disminución de los ingresos por impuestos empresariales y al incremento del gasto social», apartado que incluye las nóminas de los militares en el frente.
Los indicadores financieros han hecho saltar las alarmas. La gobernadora del Banco Central, Elvira Nabiullina, advirtió el pasado jueves que el país enfrenta una escasez de mano de obra sin precedentes. Incluso el habitualmente alineado Partido Comunista ha sugerido un posible colapso económico. «Si no se toman medidas, nos enfrentaremos a lo que sucedió en 1917», vaticinó su líder, Guenadi Ziugánov, ante la Duma, en referencia a la revolución rusa.
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Las restricciones al acceso a internet no solo limitan la información, sino que provocan pérdidas en la economía nacional. Roskomnadzor, el ente estatal de telecomunicaciones, se encarga de bloquear cualquier discurso que disienta de la línea del Kremlin. Este control complica la rutina de los ciudadanos y se disfraza bajo innumerables eufemismos. Hoy en día, en Rusia, solo unos pocos se atreven a llamar a las cosas por su nombre: «guerra».