El Gobierno portugués quita hierro a la huelga que los sindicatos califican de histórica

Brais Suárez
Brais suárez OPORTO / E. LA VOZ

INTERNACIONAL

Huelguistas en el aeropuerto de Lisboa
Huelguistas en el aeropuerto de Lisboa Laia Mataix Gómez | EFE

El sector público, transportes y algunas industrias quedaron casi paralizados

11 dic 2025 . Actualizado a las 22:16 h.

Portugal amaneció este jueves a medio gas. La estación de São Bento se había convertido en museo para turistas, pero no el habitual punto de llegada y partida de trenes de cercanías, cancelados. En la calle, las obras del metro no atronaban y el tráfico corría con la fluidez de los fines de semana, entre basura sin recoger. Los colegios y los servicios hospitalarios no urgentes cerraron, pero las tiendas, cafeterías, supermercados y trabajos de construcción sí se desperezaban con la mañana. La tónica de todo el país: transportes y servicios públicos interrumpidos, frente a trabajadores precarios y pequeños negocios que tuvieron que abrir.

La apariencia de normalidad se interrumpió a las tres de la tarde, con las manifestaciones convocadas por las dos centrales sindicales portuguesas, la Confederación General de los Trabajadores Portugueses (CGTP) y la Unión General de Trabajadores (UGT), unidas por quinta vez en la historia para celebrar la primera huelga general en doce años. «Histórica», dijeron sus líderes.

El primer ministro, el conservador Luís Montenegro, le restó importancia: «Hay una parte que ejerce su legítimo derecho a la huelga (…) y es minoritaria. La parte mayoritaria está trabajando y nosotros, también», dijo a RTP junto a la ministra de Trabajo, Maria do Rosário Ramalho. Horas antes, su ministro de Presidencia, António Leitão, tachó la huelga de «inexpresiva», y la Confederación Empresarial estimó la adhesión en un 2 o 3 % de los trabajadores de empresas privadas. «La economía real está funcionando», comentó su presidente, Armindo Monteiro.

En respuesta, UGT estimó un 80 % de adhesión y el secretario general de la CGTP, Tiago Oliveira, cifró en tres millones los trabajadores que secundaron el paro. «Es un Gobierno completamente enajenado del país», terció. No le faltaban ejemplos: la mayor fábrica lusa, la automovilística Autoeuropa, no pudo arrancar; se cancelaron cientos de vuelos de TAP y otras aerolíneas, hubo paros en los puertos pesqueros, en Super Bock, industrias cerámicas o medios de información. La reforma laboral presentada por el Gobierno ha generado estupor y una unidad inmediata (y poco habitual) entre sindicatos. «Es uno de los mayores ataques de siempre», dijo Oliveira sobre este anteproyecto que modifica casi cien artículos del Código de Trabajo para dar más flexibilidad al mercado laboral. Aumentan contratos temporales, se deprecian las horas extra o se flexibilizan los despidos en favor de la externalización. Nadie entiende cómo esto mejorará problemas endémicos como la baja producción y salarios.

De ahí que los sindicatos apenas concedieran tiempo para negociaciones y avanzaran directamente con una protesta sólida ante este atropello. El Gobierno ha reculado en algunos detalles y ahora necesita convencer a la oposición de que les apoye. Chega, segunda fuerza parlamentaria y su único apoyo factible, ha pasado de criticar la huelga a solidarizarse con los trabajadores. El seguimiento de este jueves puede ser decisivo para que el partido dé prioridad a su condición de populista frente a la de económicamente liberal, ya casi olvidada.