Isabel II, la reina que perdió un imperio pero se ganó a su pueblo

Xosé Vázquez Gago
Xosé Gago SANTIAGO / LA VOZ

INTERNACIONAL

Una niña deposita flores en el palacio de Buckingham
Una niña deposita flores en el palacio de Buckingham HENRY NICHOLLS | REUTERS

Hasta los independentistas escoceses querían que siguiese siendo su monarca cuando rompiesen con Londres

09 sep 2022 . Actualizado a las 18:51 h.

Desde que Isabel II llegó al trono en 1952, 48 países se independizaron del Reino Unido, entre ellos naciones hoy riquísimas como los Emiratos Árabes Unidos, con inmensos recursos naturales y energéticos. A ellos habría que sumar los territorios entregados a otras naciones, como Hong Kong a China, o la devolución total de los poderes legislativos que Westminster tenía sobre sus antiguos dominios de Australia, Canadá, Nueva Zelanda o Sudáfrica. Quizá ningún monarca ha presidido tal desmontaje imperial con la popularidad entre su pueblo que ha mantenido Isabel II. Era tan respetada por sus súbditos que numerosos independentistas escoceses querían que continuase siendo su reina cuando lograsen romper con Londres.

Ese respeto manaba de varias fuentes. Para los ciudadanos más políticos, la reina fue una fiel cumplidora del papel que le otorga la ley británica y evitó siempre inmiscuirse en política. Para los aficionados a los tabloides, Isabel II era un pilar de cordura en medio de una familia desvariada que ha alternado escándalos sexuales y financieros. Para todos era una conexión con el ayer y un símbolo de estabilidad. Incluso se la parodiaba con aprecio, hasta el punto de que cuando salía en televisión con rostro aburrido en los partidos de Wimbledon se bromeaba con que el único deporte que le gustaba de verdad era la aristocrática caza del zorro.

También ha sido un símbolo del país. Londres ha estado años plagada de suvenires que empleaban su imagen, desde las inevitables tazas o banderitas hasta delirantes platos con lucecitas de colores alrededor de su rostro.

Con los límites de la etiqueta real, la reina era cercana en lo personal. Su madre, Isabel Bowes-Lion, ya había roto con la severidad decimonónica de la monarquía británica acercándose a la gente, en especial durante los años de penuria de la Segunda Guerra Mundial. Isabel II siguió sus pasos. Hace 11 años, el mayordomo del Army & Navy Club en el Pall Mall de Londres, que había nacido en Bergondo, elogiaba el trato afable que la reina siempre le daba a él y al resto del personal en las cenas de la entidad, formada por veteranos oficiales de las fuerzas armadas.

No tenía la misma opinión de otros miembros de la familia real, a los que consideraba distantes e incluso arrogantes, y no era el único británico con esa opinión.

La muerte de Isabel II deja a la corona sin su mayor activo. Su sucesor, el hasta ayer príncipe Carlos, con una imagen pública erosionada, lo va a tener difícil. También hace 11 años, los ojos de muchos británicos miraban a la siguiente generación, la del príncipe Guillermo y Kate Middleton, duques de Cambridge.

Se casaron en el 2011 y, más allá de las concentraciones de júbilo frente a Buckingham, que al otro lado del canal de la Mancha podrían parecer un hecho más o menos previsible, las nupcias permitieron comprobar la importancia de la corona para los británicos a quienes entonces vivían en la isla. No solo hubo fiestas frente al palacio, se celebraron en todas partes, incluso en los barrios humildes de miles de localidades británicas. Las organizaron vecinos que, mediante carta, invitaban a otros residentes a pasar ese día en la calle o en un parque. El país se llenó de esos pícnics en los que se compartía comida hindú, árabe, africana, caribeña y de las otras muchas nacionalidades representadas en el país por amplias comunidades de inmigrantes.

En ese día y los siguientes no faltaron los artículos en los que se instaba al príncipe Carlos a dar un paso atrás para que la corona de Isabel II pasase en el futuro a la cabeza de Guillermo. La figura del nieto de la reina estaba impoluta y era además hijo de la princesa Diana, adorada por los británicos, y algunos señalaron entonces que el futuro de la monarquía dependía de esa decisión.