La guerra fría del reloj

A. Ribera / R. M. Mañueco MADRID, MOSCÚ / COLPISA

INTERNACIONAL

Biden, a su salida de la cumbre
Biden, a su salida de la cumbre

Todo está medido al minuto en las cumbres entre EE.UU. y Rusia, pero los retrasos siempre han sido utilizados para tomar o ceder la iniciativa

16 jun 2021 . Actualizado a las 22:47 h.

Vladimir Putin tiene un calculado hábito en las cumbres. Al presidente ruso le gusta hacer esperar a otros líderes mundiales, a veces durante horas. En su anterior reunión con un mandatario de Estados Unidos, en el 2018 con Donald Trump en Helsinki, llegó 45 minutos tarde. En el 2013 el entonces secretario de Estado John F. Kerry durante su visita a Moscú se desesperó durante tres horas antes de ser recibido. Pero el récord de sufrimiento es para la canciller alemana, Angela Merkel, que tuvo que soportar un retraso de cuatro horas en el 2014. Incluso Francisco vio cómo Putin entraba media hora tarde en Ciudad del Vaticano para la audiencia papal. La tardanza de Putin fue noticia por primera vez cuando hizo que la reina Isabel II le esperara 14 minutos en el 2003, aunque el Kremlin lo atribuyó a un atasco de tráfico en Londres.

Sin embargo, en Ginebra varió su estrategia, a pesar de que llegó al aeropuerto de la ciudad suiza solo treinta minutos antes del inicio de la reunión a bordo de su avión presidencial, un Iliushin-96 blanco con el logotipo Rossiya (Rusia) en el fuselaje, además de dos banderas de sus país pintadas, una en la cola y otra longitudinal a modo de cinta.

Denegó ser recibido en la pista por el alcalde y otras autoridades locales, como sucedió el día anterior con Biden, porque no se trataba «de una visita de Estado bilateral con las autoridades helvéticas» y se dirigió de inmediato a Villa La Grange (El Granero, en francés), sede del histórico encuentro. 

Un medido protocolo

Exhibición de limusinas y respeto de las distancias La flamante limusina Aurus de Putin, completamente blindada y de fabricación rusa aunque una réplica del Rolls Royce británico, y la otra docena de vehículos negros con la comitiva de guardaespaldas entraron a las 13.05 horas en los parques públicos de La Grange y Eaux-Vives, vecinos entre sí, que acogen a la villa del siglo XVII dentro de sus treinta hectáreas. El líder ruso fue recibido por su homólogo suizo, Guy Parmelin, sobre una alfombra roja desplegada en las escaleras y flanqueada en ambos lados por las banderas de Rusia, EE.UU. y Suiza, además de macetas de flores. Tras el protocolario saludo ambos entraron al palacio construido por la familia de banqueros Lullin.

Biden hizo su aparición once minutos después desde el hotel en el que se alojó la noche del martes tras su llegada a Ginebra a bordo del Air Force One procedente de Bruselas. Sin embargo, permaneció dos minutos más en el interior de La Bestia, la fortaleza móvil fabricada en el 2009 por General Motors para los presidentes estadounidenses. Parmelin aguardó con paciencia ante la puerta para saludarlo y conducirle hasta la sala interior en la que, esta vez, le tocó esperar a Putin.

Pocos minutos más tarde Biden -con traje negro y corbata azul celeste-, Putin -también de negro, pero con corbata morada pálida- y Parmelin -de azul- reaparecieron en la entrada de La Grange para la fotografía conjunta.

Casi los mismos colores que ambos mostraron en marzo del 2011, cuando el ahora presidente norteamericano era vicepresidente de Barack Obama y Putin, primer ministro con Dmitri Medvédev, lugarteniente del zar del Kremlin.

Parmelin pronunció unas palabras de bienvenida «a la ciudad de la paz» en calidad de anfitrión y después los dos líderes se retiraron a una de las bibliotecas para iniciar las negociaciones sin apenas dirigirse la mirada. El norteamericano lo intentó, pero el ruso siempre mantenía su vista al frente, con pose militar. Fue también Biden quien tomó la iniciativa al tenderle la mano para el primer apretón después de diez años. «Siempre es mejor verse cara a cara», manifestó el actual inquilino de la Casa Blanca.