El gasoducto de Rusia no tiene por qué romper las relaciones trasatlánticas

Wolfgang Ischinger FOREIGN AFFAIRS

INTERNACIONAL

María Pedreda

Berlín debe utilizarlo para exigir cambios a Moscú y ganarse el favor de Biden

03 may 2021 . Actualizado a las 12:17 h.

En un discurso durante la Conferencia de Seguridad de Múnich en el mes de febrero, el presidente estadounidense, Joe Biden, prometió «comprometerse nuevamente con Europa», con la alianza trasatlántica, y detener el plan de su predecesor de retirar las tropas estadounidenses en Alemania. Pero en el discurso de Biden hubo una notable omisión, un polémico proyecto que ha tensado las relaciones entre Estados Unidos y Alemania desde su anuncio en el 2015: el gasoducto Nord Stream 2.

Diseñado para llevar cada año hasta 55.000 millones de metros cúbicos de gas natural desde Rusia hasta Alemania, actualmente el gasoducto está completo en un 92 %. Para Berlín, se trata de un proyecto con beneficios comerciales que mejorará el mercado europeo de energía, pero muchos en Washington y en algunas capitales europeas tienen una visión diferente. Ven al gasoducto como parte del impulso de Vladimir Putin para ganar influencia sobre Europa.

El Nord Stream 2 amenaza ahora con cargarse la luna de miel trasatlántica antes de que Europa y EE. UU. puedan restaurar su confianza. Peor aún, el oleoducto está debilitando la credibilidad alemana en política exterior y complicando su relación con sus vecinos del Este, con otros estados miembros de la UE y con Washington. Por tanto, el Gobierno alemán debe adoptar un enfoque más proactivo. Debería usar el gasoducto como moneda de cambio para lograr concesiones de Rusia -como detener las campañas de piratería en el extranjero o liberar al líder de la oposición Alexéi Navalni -.

Una ventana estrecha

El Gobierno alemán ha defendido el Nord Stream 2 con el argumento de que Rusia permanecerá como uno de los mayores proveedores de energía a Europa, independientemente de si el proyecto sigue adelante o no (Rusia representa casi el 40 % de las importaciones de gas de la UE), y de que EE.UU. también importa miles de millones de barriles de petróleo ruso. Además, a pesar de que las importaciones de gas ruso han aumentado en los últimos años, en realidad el continente se ha hecho menos dependiente de la energía rusa como resultado de las reformas que liberalizaron, diversificaron e integraron su mercado energético. Estos argumentos no carecen de méritos, pero han hecho poco para aplacar los temores internacionales de que el Nord Stream 2 fortalecerá la posición de Moscú frente a Europa.

La Administración Biden no ha mantenido en secreto su oposición al proyecto. El 18 de marzo, el secretario de Estado, Antony Blinken, aseguró que el gasoducto era un «mal negocio» y advirtió de que «cualquier entidad involucrada en el gasoducto Nord Stream 2 se arriesga a recibir sanciones de EE.UU.». Washington aún tiene que ampliar las sanciones a las compañías involucradas en el proyecto, sensibles a las críticas generalizadas de las sanciones extraterritoriales de EE. UU. en la UE.

Pero una coalición bipartidista en el Congreso podría seguir adelante y ampliar las sanciones, de todos modos. Un nuevo informe del Departamento de Estado sobre el Nord Stream 2 debe presentarse al Congreso en mayo.

Si existe una oportunidad para desescalar la disputa del Nord Stream 2 y asegurar que el gasoducto se complete, parece estarse cerrando rápidamente. Además de la oposición internacional, el proyecto enfrenta viento en contra dentro de Alemania. Es probable que el próximo gobierno de coalición del país, tras las elecciones de septiembre, reduzca el compromiso alemán con el Nord Stream 2, ya que los Verdes o el liberal Partido Democrático Libre estarían en el Gobierno. Mientras que los liberales piden una moratoria, los Verdes demandan la interrupción total de Nord Stream 2. Berlín debe desarrollar otro enfoque diplomático, por tanto, usando el Nord Stream 2 como moneda de cambio política con Moscú. Al coordinar estas condiciones con los socios de la UE y con sus aliados trasatlánticos, el Gobierno alemán puede pasar la pelota adonde pertenece: Rusia.

Un enfoque con condiciones políticas

Como primera medida, Berlín podría decirle a Gazprom, operadora y principal propietaria del gasoducto, que la oposición nacional e internacional al Nord Stream 2 se ha incrementado tan dramáticamente que el proyecto ya no es políticamente sostenible. Su mensaje debería ser claro: Rusia debe ayudar a Alemania a crear las condiciones políticas bajo las cuales Berlín pueda permitirse dar luz verde a que el gas fluya.