Afganistán, el círculo perfecto de un fracaso

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

INTERNACIONAL

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden
El presidente de Estados Unidos, Joe Biden Andrew Harnik | EFE

17 abr 2021 . Actualizado a las 10:44 h.

Era su primera gran decisión en política exterior y, finalmente, Joe Biden la ha tomado. O, más bien, la tomó en su día Donald Trump, y él la ha acabado validando. Para que esto no se note demasiado, Biden ha cambiado un poco los detalles. Trump había llegado a un acuerdo de paz con los talibanes para la retirada definitiva de todas las tropas norteamericanas de Afganistán en mayo, y Biden lo retrasa hasta el 11 de septiembre. La idea tiene todo el aspecto de haber salido de un asesor de comunicación: al retrasarlo unos meses, se disimula el hecho de que Biden da la razón a Trump. Por otra parte, al escoger esa fecha, la de los atentados del World Trade Center que dieron origen a la Guerra contra el Terrorismo, se intenta dar la idea de un círculo completo. Un fracaso, pero con una forma geométricamente elegante.

El problema es que este politiqueo de Biden con la fecha puede tener un coste muy alto. Para diferenciarse de Trump, Biden está rompiendo el acuerdo ya firmado con los talibanes. Estos quedan libres ahora de incumplir su parte del trato y atacar a las tropas norteamericanas mientras se retiran, un momento especialmente vulnerable para cualquier ejército. Un verano conflictivo puede, de paso, poner en peligro las negociaciones entre los talibanes y el debilitado Gobierno afgano, al cual Biden ni siquiera informó de su decisión antes de que esta se filtrase. Si bien es cierto que, desgraciadamente, al final puede que esto importe poco. Los talibanes controlan ya buena parte del país y los analistas militares calculan que en menos de tres años se harán con el resto. La primera ciudad en caer será, posiblemente, Kandahar. A partir de ahí, lo más probable es que se produzca un efecto dominó que concluirá en Kabul. Es posible que entonces se repita una secuencia conocida en la historia moderna de Afganistán: las etnias del norte volverían a la guerra contra la mayoría pastún de la que se nutren los talibanes. Los más de veinte años de presencia militar extranjera en el país acabarían exactamente como comenzaron. Otro círculo prefecto.

Pero incluso si no vuelve la guerra interétnica, hay pocas esperanzas de que los progresos que se han hecho en el terreno de los derechos humanos o la muy incipiente experiencia democrática puedan sobrevivir en un país gobernado, en todo o en parte, por los talibanes. Es un deprimente legado para dos décadas de sacrificios por parte de las tropas norteamericanas y, sobre todo, de sufrimiento para la población afgana. Una vez más se demuestra que los protectorados armados congelan los conflictos, pero no los resuelven, y que las estructuras en las que se sostienen las democracias y los derechos humanos solo se construyen lentamente y con el consenso de las sociedades. No es fácil (quizás ni siquiera posible) imponerlas desde fuera, por muy buenas intenciones que se tengan. Esto no quiere decir que Afganistán esté condenado eternamente a un régimen como el de los talibanes; pero la decisión de Trump (y ahora de Biden) es el reconocimiento de que esta no era la forma de cambiarlo.