Inglaterra es el reino de las paradojas. Y Londres nos regaló este viernes otra de esas aparentes contradicciones. Felipe de Edimburgo se despidió de este mundo tras batir un récord sin precedentes en Gran Bretaña, al culminar 73 años de matrimonio con Isabel II en el seno de una monarquía cuya legitimidad histórica se basa en el divorcio.

Si pudiésemos preguntar al duque el secreto de esa plusmarca, tal vez nos diría que la clave estaba en mantenerse siempre tres pasos por detrás de la reina -como exige el protocolo de un país donde no hay monarcas consortes-, y luego soltaría una de esas bromas irreverentes que los pedantes y puritanos consideraban meteduras de pata y los ingleses de a pie, toda una demostración de patriotismo.

Nació en la isla griega de Corfú y durante años lo apodaron Phil el Griego, pero sus maneras de dandi continental no lograban disimular que tenía algo de Benny Hill encerrado en Buckingham. Cuando lo dejaban salir para inaugurar cualquier cosa, asomaba el cómico que, tras preguntarle la reina a un ciego si le quedaba aún algo de vista, apostillaba: «No mucha, a juzgar por su corbata». O interrogaba a un profesor escocés de autoescuela sobre cómo se las arreglaba para mantener a los lugareños sobrios el tiempo imprescindible para aprobar el examen de conducir.

Entendió mejor que muchos nativos que la verdadera religión de Inglaterra siempre ha sido la risa.

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Tres pasos por detrás