El poderoso gobernador de Nueva York, en la cuerda floja

Andrew Cuomo rechaza dimitir ante las denuncias de acoso a varias mujeres y a las dudas sobre su gestión de la pandemia en los geriátricos


Nueva York | E. La Voz

El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, ha pasado de héroe de la pandemia a parecerse a uno de esos mafiosos repletos de complejidades morales de las películas de Martin Scorsese. Su poder se tambalea en medio de un drama político repleto de engaños, venganzas internas, acusaciones de acoso sexual y varias investigaciones abiertas por la fiscalía por su gestión de la pandemia en los geriátricos. Andrea Stewart-Cousins, la líder de la mayoría demócrata en el Senado de Nueva York ha sido la última en pedir la dimisión de su compañero de partido.

Cuomo, de 63 años, nacido en el barrio de Queens en una familia católica de origen italiano, se resiste a caer en desgracia. Su padre, Mario Cuomo, ocupó el puesto que él tiene ahora entre 1983 y 1994, y su único hermano, Chris Cuomo, es una de las estrellas nocturnas de la cadena CNN. Las turbulencias comenzaron el pasado 12 de febrero cuando la fiscal general de Nueva York, Letitia James, emitió un informe en el que sugería que su oficina solo reportó el 30 % de las muertes en las residencias de ancianos.

Tras negar los hechos, Cuomo acabó por reconocer que falsificó el cómputo por temor a una investigación motivada por el presidente, Donald Trump. La cifra oficial de fallecidos pasó de 15.000 a unos 18.500. El FBI abrió una investigación. Las primeras fisuras se abrieron en su imagen de líder cosechada en sus ruedas de prensa diarias, durante los días más duros de la pandemia, que le valieron un premio Emmy y un libro autobiográfico sobre su gestión.

Faceta de matón

Lo que podía haber pasado por una irregularidad administrativa se convirtió a continuación en una guerra interna que puso al descubierto su faceta de matón. El legislador por el distrito de Queens, el progresista Rom Kim, desveló el contenido de una llamada de teléfono, en la que Cuomo le gritó y le amenazó con destruir su carrera, después de que este le acusara de tratar de obstruir la acción de la justicia. No fue el único. Así se materializó en Nueva York la contienda que se avecina entre el establisment y el ala más progresista del Partido Demócrata. Mientras el fuego cruzado retrataba al gobernador como un líder déspota, desde sus propias filas llegaron las denuncias por acoso sexual.

Lindsey Boylan, exasesora económica y actual candidata a presidir el condado de Manhattan, reveló una invitación de Cuomo a jugar al strip poker durante un vuelo de trabajo y un beso furtivo en los labios cuando estaban a solas en su oficina. A finales de ese año, presentó su dimisión. Poco después apareció Charlotte Bennett, una ayudante de 25 años, que le acusó de insinuaciones sexuales en la oficina la pasada primavera. La joven fue trasladada de puesto.

La tercera fue Anna Ruch, de 33 años, que le señaló por tocarle la parte baja de la espalda y pedirle un beso durante una boda en el 2019. Una foto del encuentro acabó por colmar la paciencia de los demócratas comprometidos con el apoyo al movimiento #MeToo. Seis legisladores del Estado exigieron su dimisión inmediata, mientras los pesos pesados de Washington abogaron por esperar a los resultados de la investigación abierta por la fiscal de Nueva York. El propio Cuomo se sumó a esta segunda opción cuando, tras dos semanas escondido, compareció en rueda de prensa para pedir perdón a las presuntas víctimas y asegurar que no tiene intención de dimitir. La disculpa dejó abierta la pregunta. ¿Quién sigue creyendo a Andrew Cuomo?

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