El verdadero problema del pacto con Irán

El interés se desplaza de fortalecer el acuerdo a perpetuar enemistades


Foreign Affairs

Mientras el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, examina el retorno al tratado nuclear de Irán, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), dos de los tres países en el mundo que se opusieron al acuerdo, insisten en que deberían ser incluidos en las futuras negociaciones sobre su destino. Su inclusión, afirman los representantes de ambos países, ratificaría el supuesto fallo del acuerdo: su incapacidad para controlar las políticas regionales de Teherán.

Pero, en realidad, Riad y Abu Dabi tienen menos interés en fortalecer el acuerdo nuclear que en mantener la enemistad entre EE.UU. e Irán. Cuando se negoció el acuerdo original en el 2015, estos estados actuaron como saboteadores, buscando no calmar las tensiones sino perpetuarlas, en la medida en que hacerlo aseguraría que EE.UU. seguiría participando activamente en la protección de sus intereses en la región. Biden necesita cambiar las preferencias de estos estados si quiere convertirlos en socios útiles en las negociaciones con Irán.

El pasado como prólogo

Arabia Saudí, Emiratos Árabes e Israel argumentan que el acuerdo nuclear de Irán del 2015 debería acompasarse con las preocupaciones regionales. Pero cuando se estaba negociando el tratado, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes insistieron en que la Administración del entonces presidente de EE.UU., Barack Obama, se abstuviera de discutir los conflictos regionales con Irán en su ausencia. También Israel se opuso a expandir la agenda de negociaciones más allá de lo nuclear por temor a que hacerlo pudiera llevar a Washington a comprometerse en el frente nuclear a cambio de concesiones regionales. Ahora, estos tres oponentes al tratado nuclear reclaman que el principal fallo del acuerdo es su foco exclusivo en el ámbito nuclear.

Los países del Golfo tampoco invirtieron particularmente en las restricciones nucleares del acuerdo. En sus consultas privadas con la Administración Obama, Riad y Abu Dabi no presionaron por inspecciones más estrictas o por mayores restricciones al programa nuclear de Irán. «Nunca hemos tenido una sola conversación con [los saudíes] acerca del número de centrifugadoras», afirmó Colin Kahl en el 2015, asesor principal del entonces vicepresidente Joe Biden. «Era más bien: ¿cómo se puede hacer un trato con este régimen?». Si se ve obligado a elegir, Riad preferiría un Irán aislado con una bomba nuclear a un Irán internacionalmente aceptado pero sin las armas de la fatalidad.

Arabia Saudí no mostró demasiado interés en la diplomacia regional cuando, pocos meses después de negociar el acuerdo nuclear, EE.UU. se movilizó para abordar el papel de Irán en Siria a través de negociaciones multilaterales en Viena. Al principio, el Gobierno saudí se negó a participar, accediendo solo después de que Obama interviniera personalmente con el rey saudí, que se sintió ofendido cuando Obama sugirió en una entrevista que los estados del Golfo necesitaban «compartir el vecindario» con Irán.

Por el contrario, junto con Israel y los Emiratos Árabes, Arabia Saudí apoyó las decisiones del expresidente estadounidense, Donald Trump, de violar el acuerdo nuclear e imponer la «máxima presión» sobre Irán mediante sanciones. Riad apenas parpadeó cuando estas acciones resultaron contraproducentes para restringir la política regional y el desarrollo nuclear de Irán.

La presión máxima sirvió a los propósitos de Arabia Saudí por la simple razón de que impuso sanciones, y por lo tanto, una enemistad entre Estados Unidos e Irán casi irreversible. Siempre y cuando EE.UU. e Irán se vean como adversarios, Washington mantendrá su compromiso militar con el Oriente Medio. Ese compromiso proporciona un paraguas de seguridad del que Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos e Israel han llegado a depender. Además, siempre que Estados Unidos trabaja para contener la influencia política de Irán y socavar su economía, el equilibrio de la región se inclina artificialmente a favor de estos estados, una inclinación que su propio poder no puede sostener.

Rompiendo el punto muerto

Dado que estos tres socios de seguridad, Arabia Saudí, el EAU e Israel, tienen interés en mantener la hostilidad entre Estados Unidos e Irán, incluirlos en las nuevas negociaciones nucleares sería un error devastador que casi aseguraría el fin de la diplomacia. Pero la Administración Biden prevé negociaciones de seguimiento sobre la seguridad del golfo Pérsico con poco significado sin estos poderes.

Estados Unidos tendrá que comenzar por desengañar a los tres países de que pueden agregar a la agenda sus preocupaciones sobre la conducta iraní sin que sus propias políticas estén sujetas a negociación. Riad y Abu Dabi tienen cuestiones legítimas que plantear con respecto al apoyo de Irán al gobierno de Bashar al-Assad en Siria, su transferencia de armas a las fuerzas Huti en Yemen y su apoyo a actores no estatales en toda la región. Pero Teherán tiene sus propios problemas con las políticas de Arabia Saudí y Emiratos Árabes, como la financiación y el armamento de las milicias, o las amplias compras de armamento estadounidense por parte de los saudíes y los emiratíes, así como de los israelíes. Si Riad y Abu Dabi se presentan a las negociaciones de seguimiento sin estar preparados para comprometerse en tales asuntos, no solo no lograrán romper el punto muerto de la región, sino que lo perpetuarán.

Los saudíes y los emiratíes pueden tener muy pocos incentivos para participar de buena fe siempre que crean que Estados Unidos tiene la voluntad política de seguir dominando militarmente la región. El éxito de esas conversaciones implicaría compromisos dolorosos y una reducción de las compras de armas de Estados Unidos. Washington incluso podría aprovechar la oportunidad para retirar sus fuerzas armadas del golfo Pérsico. Ninguna de esas perspectivas es atractiva para los autócratas de Arabia Saudí o de los Emiratos Árabes. Prefieren el status quo, es decir, disfrutar de un paraguas de seguridad estadounidense de facto respaldado por contribuyentes estadounidenses, mientras Estados Unidos e Irán permanecen en desacuerdo.

Para alcanzar una paz regional real se requerirá a Estados Unidos dar o reconocer un paso doloroso y consecuente. La profundidad del compromiso en la región del golfo Pérsico ha sido cuestionada en Washington y se volvió impopular entre el público estadounidense. El secretario de Estado, Antony Blinken, y el secretario de Defensa, Lloyd Austin, publicarán una revisión de la postura global que mostrará que la importancia estratégica del Golfo cae drásticamente, lo que hace que el coste de mantener el dominio militar allí sea cada vez más imposible de justificar.

© 2021 Foreign Affairs. Distribuido por Tribune Content. Traducción, Lorena Maya

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