Serguéi Lavrov, el negociador de hierro de la corte de Putin

El ministro de Exteriores ruso ha continuado lanzando una ofensiva contra Europa después de la visita de Josep Borrell

Seguéi Lavrov, durante su reunión con Borrell el 5 de febrero
Seguéi Lavrov, durante su reunión con Borrell el 5 de febrero

Moscú / Colpisa

Inasequible al desaliento, implacable, negociador duro y correoso, pero también cautivador y carismático, son algunos de los apelativos que figuran en distintas biografías para definir al ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov. El pasado 5 de febrero le soltó a su homólogo europeo, Josep Borrell, que «los líderes independentistas catalanes están en prisión por organizar un referendo (...) es un ejemplo de decisiones judiciales motivadas políticamente». Lo dijo después de que Borrell exigiera la puesta en libertad del principal disidente ruso, Alexéi Navalni.

Pero nunca antes Lavrov ni ningún otro alto responsable ruso había dirigido a España un reproche tan demoledor. La réplica que recibió de su homóloga española, Arancha González Laya, en cuanto a que «España es una de las 23 democracias plenas en el mundo mientras que Rusia está en el puesto 124 de 167 países», provocó la mofa de María Zajárova, la portavoz de Lavrov. «Ahora tengo un nuevo ídolo democrático. Esta vez es una mujer», dijo de la ministra. Y se refirió a su frase de que «en España no hay presos políticos, hay políticos presos», tachándola de «tecnología avanzada de la propaganda occidental».

En el fuego cruzado que Rusia mantiene desde hace tiempo con Estados Unidos, Francia, Alemania o Reino Unido, por no hablar de los más beligerantes hacia el Kremlin, como Polonia, Suecia o las tres repúblicas bálticas, España había conseguido mantenerse entre los Estados considerados por Moscú fiables, aunque sin llegar a la proximidad lograda por Italia, Grecia y, sobre todo, Serbia.

Sin embargo, ahora, la diplomacia española debe prepararse para posibles nuevas sorpresas incómodas de parte de Lavrov, conocido por muchos de sus colegas como el «diplomático de hierro». Un hombre que tiene mucho en común con el legendario Andréi Gromiko, el ministro de Exteriores que más tiempo duró en el cargo. Gromiko dirigió la política exterior de la Unión Soviética durante casi treinta años, desde 1957 a 1985.

Le llamaban míster niet, porque respondía a cualquier propuesta que implicase modificar su obstinada política con un «no» rotundo. Lavrov imita esa faceta de tahúr impenetrable y enigmático. Lleva ya como ministro de Exteriores desde el 2004, así que le faltan todavía 11 años para igualar a su antecesor. Nació en Moscú el 21 de marzo de 1950.Terminó sus estudios en el Instituto Estatal de Relaciones Exteriores de Moscú (MGIMO), en 1972, sabiendo ya tres idiomas, inglés, francés y cingalés, la lengua mayoritaria en Sri Lanka, a donde fue enviado a la Embajada soviética en Colombo, su primer destino como diplomático.

Trabajó después en Moscú, desde 1976, en la Dirección de Organizaciones Económicas del Ministerio de Exteriores de la URSS hasta que, en 1981, fue enviado a Nueva York como primer secretario de la Representación Permanente de la URSS ante las Naciones Unidas. Tras siete años en la ONU, Lavrov regresó a Moscú en 1988 para dirigir distintos departamentos en el ministerio. En 1992, fue nombrado viceministro de Exteriores y, en 1994, embajador de Rusia ante la ONU.

Se dice que fue en aquella segunda etapa en Nueva York cuando se forjó su carácter de diplomático pétreo e inmisericorde con Occidente. Fueron años difíciles cuando Rusia tuvo que reaccionar al bombardeo de la OTAN contra Yugoslavia, a los ataques de Estados Unidos y Europa por la guerra en Chechenia, y ya en la época de Vladímir Putin, a las discrepancias en relación con Saddam Hussein y la guerra en Irak, desencadenada por EE.UU. en el 2003. Tampoco gustó en Moscú la integración de las repúblicas bálticas en la OTAN.

Occidente también reprochó a Putin en su primer mandato (2000-2004) el acoso a la prensa, el desmantelamiento de la democracia que heredó de su antecesor, Borís Yeltsin, la mala gestión del hundimiento del submarino nuclear Kursk y el encarcelamiento del patrón de la petrolera Yukos, Mijaíl Jodorkovski. Y optó ya entonces por el antagonismo. Se enfrentó a Occidente en Europa, Oriente Próximo, Iberoamérica, más tarde también en Africa y hasta en Corea del Norte. No había mejor ministro para pilotar la nueva estrategia mundial que Lavrov. Así que le puso al frente de la Diplomacia rusa el 9 de marzo del 2004, en sustitución de Igor Ivanov, mucho más templado y contrario a la confrontación. La tarea a partir de aquel momento era recuperar sin complejos la influencia perdida a nivel mundial y el papel de gran potencia.

Lavrov se convirtió así en el álter ego de Putin, en su brazo ejecutor en el tablero internacional. Hasta el punto de que, frecuentemente le ha tocado hacer de «policía malo», siendo el presidente ruso el que hacía a veces de bueno. También ha tenido que decir falacias en más de una ocasión, entre ellas cuando aseguró que, en marzo de 2014 no había tropas rusas en Crimea, salvo las acantonadas en la base Sebastopol, y tampoco en Donbass, en el este de Ucrania.

Él y Putin niegan también que Navalni fuera envenenado y que fue una lanzadera rusa la que derribó el avión malasio. «Los estados de Occidente intentan conservar a cualquier precio las posiciones de liderazgo a las que se habituaron durante muchos siglos y hoy les cuesta reconocer que el mundo cambia y que hay un proceso objetivo de formación de un orden mundial multipolar», es una de las frases más repetidas de Lavrov.

También que «se acentúa la confrontación en el plano internacional, no sólo por la rivalidad natural en el ámbito de la política y la economía, sino también por la competencia en el campo de los valores debido a los intentos de nuestros socios occidentales de imponer a todo el mundo sus postulados».

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