Cómo Biden debería investigar a Trump

Que el magnate no rindiera  cuentas sería dar licencia para abusar del poder


¿Una comisión de crímenes? Mientras se prepara para ocupar la Casa Blanca, el presidente electo, Joe Biden, se enfrenta a una decisión poco usual en la historia de EE.UU.: qué hacer con el hombre que acaba de dejar el cargo, cuya corrupción personal, desdén por la Constitución y mala gestión del Gobierno no tiene precedentes.

Los seres humanos desean el ajuste de cuentas, incluso los más santurrones. Las instituciones basadas en normas y leyes necesitan sistemas de rendición de cuentas. Las personas dentro y fuera de la política han debatido que Biden debería enjuiciar las muchas transgresiones de Donald Trump y su círculo, pues Biden no puede hablar del futuro del país sin hablar del rumbo que había tomado su predecesor. En el 2019, los profesores de Princeton debatieron que la respuesta más dañina a las ofensas de Trump sería que demócratas y republicanos aceptaran mirar más allá de ellos, evitando una división política mayor. Eric Swalwell, un congresista demócrata por California, propuso la creación de una Comisión de Crímenes Presidenciales, formada por fiscales independientes. En el verano del 2020, Sam Berger, del Centro por el Progreso Americano -un grupo de expertos influyentes con raíces en la Administración Clinton-, lanzó y detalló un plan para conducir estas investigaciones y posibles procesamientos.

Cuando termine la Administración Trump estaría justificado pensar que no abordar su mala conducta podría dividir todavía más el país y sentaría un mal precedente ante la impunidad de los presidentes. Pero la lección de los últimos cuatro años es clara: que no tenga que rendir cuentas sería como una licencia para abusar del poder. Biden, que ha vivido un tercio de la historia de EE.UU. como república, conoce los riesgos de esconder los pecados del pasado. Estuvo en el Senado durante las investigaciones del Watergate y cuando el Comité de la Iglesia investigó los crímenes y excesos que la CIA cometió en la Guerra Fría. La historia moderna está repleta de ejemplos de sociedades que se vieron obstaculizadas por no querer enfrentar verdades difíciles.

Pero, ¿cuánto más puede mirar Biden al pasado? Muchos presidentes han asumido el cargo con desafíos e incluso crisis nada más tomar posesión. Los ejemplos son conocidos, como Franklin D. Roosevelt y Barack Obama. Los desafíos de Biden son mayores y parecen tener más frentes que los de cualquier otro presidente desde Abraham Lincoln. Tendrá que hacer frente a una pandemia mundial que cada vez va a peor y a una crisis económica. Las relaciones con la mayoría de sus aliados se han complicado y los conflictos con China crecen. Muchas de las instituciones que Biden supervisará han sido negligentes durante las últimas décadas, e intencionadamente corruptas y dañadas en los últimos cuatro años. La confianza en las instituciones civiles y políticas ha sido mermada. En su final, el presidente saliente ha buscado deliberadamente sabotear el propio proceso electoral.

Hacer una crónica de lo que ha hecho mal Trump ya ha generado decenas de miles de palabras y apenas ha habido tiempo para reflexionar sobre ellas. Las ofensas y escándalos políticos de su pasado pueden parecer un tema manido, pero se han normalizado tanto que la indignación parece haber desaparecido.

Biden tiene una serie de decisiones que tomar sobre la historia de la era Trump. Acciones que necesitan ser descubiertas, en parte porque el daño no puede ser reparado y en parte para asegurar que el país enfrente sus fallos a través de una óptica común.

¿A qué esfuerzos debería Biden, como nuevo presidente, dedicar su tiempo e influencia política? ¿Qué esfuerzos debería poner en manos de otros? Durante los últimos meses de la campaña pregunté a historiadores, abogados y a antiguos trabajadores de Administraciones demócratas y republicanas cómo responderían a estas cuestiones. Las conversaciones, muchas de ellas largas, tocaron un amplio rango de temas, mayores de lo que aquí puedo resumir. Pero todas las respuestas se dirigían hacia un mismo argumento.

Biden, como presidente, lo mejor que puede hacer es, simplemente, apartarse del camino. Tiene más cosas con las que lidiar. El proceso penal no requiere de él. Sin embargo, hay dos tareas en las que es fundamental su atención: la corrosión del poder ejecutivo e iniciar, pero no controlar ni ejecutar, las investigaciones independientes sobre tres catástrofes nacionales. La mala gestión de la pandemia, las políticas fronterizas en las que se separaron a niños de sus padres y la destrucción intencionada de las normas de Gobierno, siendo más importante el proceso electoral.

Para responder a las preguntas sobre los delitos de Trump de qué se debe hacer y quién debería hacerlo, habría que dividirlo en dos categorías. La primera sería la de «corruptos y posiblemente criminales». Es probable que Trump pase el resto de su vida entre litigios penales y civiles. Y ese es su problema: no debería ser de Biden.

La larga lista de casos de delitos financieros que arrastra el magnate 

Todos los presidentes desde Richard Nixon publicaron sus declaraciones de impuestos. Trump prometió hacerlo cuando los suyos no estuvieran bajo auditoría, pero ese momento nunca ha llegado. The New York Times desveló que había pagado poco o nada por sus impuestos personales. En dos ocasiones, sus pagos se reducían a los de una renta de 750 dólares anuales. 

Todo esto solo representa una pequeña parte de lo que se debe hacer y responder sobre la corrupción en la era Trump. Y debería ocupar poco o nada la atención de Biden, pues la Justifica funcionará por sí sola. El indulto que algunos sugieren, o alguna otra posibilidad de última hora importa a los medios de comunicación, pero es algo que Biden debería ignorar. Las circunstancias hoy en día son diferentes a las de la época del Watergate, y los posibles delitos financieros son más una cuestión de derecho estatal que de un indulto presidencial.

Los fiscales de Nueva York trabajan para conseguir el acceso a años de registros financieros y fiscales de Trump como parte de su investigación, pero tarde o temprano estos documentos caerán en manos de las autoridades. 

Tareas del nuevo fiscal general

Las posibles violaciones de la ley federal son más complicadas que las de la estatal, pues estaría involucrada otra Administración. Entre ellos, podría incluirse la mala gestión del Servicio Postal o la politización del Departamento de Justicia. La respuesta de Biden debería ser reparar la estructura de control y equilibrio y luego dejar que funcione por sí misma. Su nombramiento más importante puede ser el de un nuevo fiscal general, que debería ser visto como el más eminente y con más principios de todos los miembros de su Gabinete. Debería también elegir inspectores generales fuertes e independientes para los departamentos ejecutivos. El resto dependerá de ellos.

La segunda categoría de los delitos de Trump sería la corrosión del Gobierno. Aquí la responsabilidad de Biden es diferente y su respuesta debería ser directa. El amiguismo en la Administración Trump es algo extendido. Su yerno y el radiólogo Scott Atlas, ninguno con formación epidemiológica, han sido figuras importantes en el control de la pandemia, a diferencia de otros expertos con conocimientos. Los oficiales de inteligencia de carrera fueron expulsados y leales como Grenell y Ratcliffe fueron puestos en su lugar.

Diez días después de su toma de posesión, Trump despidió a la fiscal general interina y poco después hizo lo mismo con el fiscal de Manhattan y con el director del FBI. Los tres estaban investigando al presidente. También socavó la independencia de las fuerzas armadas de diversas formas y firmó una orden ejecutiva que sometió a muchos funcionarios profesionales a un despido político.

Biden necesita reconstruir todos los estratos del poder ejecutivo, pero un primer paso simbólicamente importante sería el de conectar a Estados Unidos con el resto del mundo: reconstruir el Departamento de Estado. En él y en otros lugares, Biden puede promocionar a profesionales de carrera e incorporar a expertos con conocimientos específicos para asignaciones temporales. Sería una manera de alentar a una nueva generación de estadounidenses a elegir el servicio público, de modo que dentro de 20 años, el Gobierno tenga un cuerpo de expertos con experiencia.

Tres comisiones para reescribir una presidencia 

Poner fin a la corrosión es lo mínimo que se debe hacer. Igual de importante será el inicio de las investigaciones sobre las catástrofes durante los años de Trump que han socavado la salud de los ciudadanos, la moralidad como pueblo y su democracia. La pandemia del coronavirus puede representar el mayor fracaso de la historia de los EE.UU., y la responsabilidad recae directamente sobre Trump. Los estados tenían la información, los planes y los recursos para limitar el daño de un brote como la pandemia. Una pandemia que ha matado a cientos de miles de estadounidenses, ha provocado un colapso empresarial y ha agravado las injusticias raciales y económicas de la sociedad americana. Aun con todas las advertencias, Trump decidió ignorar el peligro y luego minimizarlo.

¿Qué puede hacer Biden con todo esto? Establecer una comisión. Una medida que no parece electoralista pero que, remitiéndonos al pasado, ha desempeñado un papel de cambio de conciencia pública sobre problemas graves. Las comisiones más conocidas por ocuparse de desastres pasados son la que investigó el asesinato de Kennedy, la que investigó la explosión del Challenger en los ochenta o la del 11-S.

La de la pandemia sería la primera investigación. La segunda, la de los casos de niños separados de sus padres en la frontera. El encargo inmediato a la comisión supondría hacer todo lo posible para encontrar a cientos de niños desplazados y unirlos con sus familias, algo que Biden prometió hacer incluso antes de las elecciones. La tarea adicional sería documentar el proceso mediante el cual Trump y sus funcionarios pudieron poner en práctica esta política de secuestro. Separar a los niños de sus padres no ocurre tan solo por mandato ejecutivo. Hay obstáculos burocráticos y legales que una acción de este tipo debe superar, y el deseo de Trump los superó todos con facilidad. Algo que exigió de la complicidad de decenas de personas en todos los niveles, desde la Casa Blanca hasta funcionarios de fronteras.

La tercera investigación (y la tercera comisión) debería sondear los ataques de la Administración Trump a la propia democracia. Trump cuestionó el voto popular en las elecciones del 2016 alegando que millones de votos se habían emitido de forma fraudulenta, y en 2020, cuando Biden obtuvo una victoria decisiva, tanto en el voto popular como en el colegio electoral, se negó a ceder y lanzó una guerra de desgaste contra la legitimidad del propio proceso electoral.

Hay una cosa más que Biden puede hacer: convertir todo lo anterior en narrativa estadounidense. Cada parte de la experiencia nacional, trágica o triunfante, vive con más fuerza en la historia. Y las historias tienen consecuencias. Los presidentes suelen ser poderosos narradores de historias, dando a los ciudadanos una forma de pensar sobre sí mismos, sus vecinos y su época. Biden tiene la oportunidad de contar una historia diferente, una historia sobre el potencial estadounidense, con las primeras palabras que pronuncie después de jurar el cargo.

© 2021 The Atlantic. Distribuido por Tribune Content. Traducción Sara Pérez

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