Cuando, el año pasado, el comité del Premio Nobel de la Paz le concedió este galardón al primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, reconocía en su declaración oficial que «sin duda algunos pensarán que este premio es prematuro». Se quedaban cortos: casi todo el mundo lo pensaba. Mohamed llevaba tan solo un año en el poder y sus reformas y proyectos todavía no habían tenido tiempo de desarrollarse. Un año después, la duda es si Etiopía está de nuevo al borde de la guerra civil o si esta ya ha empezado. El gobierno autónomo de la región de Tigré se ha declarado en rebelión contra la autoridad central y  Ahmed ha prometido sofocar el intento secesionista por la fuerza si es necesario.

El comité del Nobel de la Paz se equivocó, como suele sucederle tan a menudo, pero la aparente transformación de Ahmed requiere un juicio más matizado. El arranque de su mandato fue realmente muy esperanzador. Después de la horrenda dictadura de Mengistu, el país mejoró solo un poco cuando cayó en manos del Frente Popular de Liberación Tigré. Los tigré son un grupo étnico del norte del país y, a pesar de que solo representan el 6 % de la población, monopolizaron el poder a costa de los otros ocho grupos étnicos del país. Cuando  Abiy Ahmed llegó al Gobierno, el país estaba ya a punto de desintegrarse a causa de las protestas de los oromo y los amhara, y él, de padre oromo musulmán y madre amhara cristiana, logró frenar la guerra civil con la promesa del cambio: liberó a miles de presos políticos, introdujo una transparencia desconocida que hizo saltar al país cuarenta puestos en el Índice Internacional de Libertad de Prensa, llevó a cabo reformas económicas importantes y firmó una paz fría, pero paz al fin y al cabo, con el archienemigo Eritrea.

Pero, sobre todo, Ahmed ha intentado una recentralización política, convencido de que el sistema de base étnica, que habían impuesto los tigré, hace ingobernable el país. Es posible que tenga razón, pero quizá fue demasiado lejos al forzar la disolución de todos los partidos étnicos de su coalición en una formación única pan-etíope. Esto es lo que ha provocado la revuelta de los tigré. Esto, y el rencor personal de los dirigentes tigré que se han visto apartados del centro del poder.  Abiy Ahmed ha cometido otros errores: ha mostrado una cierta tendencia al culto a la personalidad y, últimamente, ha insinuado alguna tentación autoritaria. Pero sería injusto juzgarle sin tener en cuenta el contexto etíope, en el que los distintos grupos étnicos y las élites políticas no hacen precisamente fácil la tarea de gobernar, y menos aún de reformar el país.

El problema es que, si ahora Mohamed se ve arrastrado por el camino de la guerra y la represión, se apagará la esperanza de cambio en Etiopía por mucho tiempo. Y no solo será un problema para Etiopía. Este país, el segundo más poblado de África, es crucial en la estabilidad (en la medida en que esta existe intermitentemente) de su vecino Somalia. Si la guerra, que por ahora es solo de baja intensidad, se desata, podrían aprovecharlo tanto Eritrea como los yihadistas somalíes de al-Shabab. Es ahora cuando Mohamed va a tener que ganarse el premio Nobel de la Paz.

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Un Nobel de la Paz prematuro