Un aeropuerto con nueve años de retraso

El nuevo aeródromo de Berlín abre en el peor momento de la aviación, tras aplazarse la inauguración en seis ocasiones y con casi 4.000 millones de euros de sobrecoste


Berlín

Con nueve años de retraso sobre la fecha original, miles de millones de euros de sobrecostes y una actividad a medio gas, el sábado abrió el nuevo aeropuerto internacional de Berlín-Brandeburgo. La alegría de ver por fin terminadas unas obras que parecían eternas -obligaron a retrasar la fecha de inauguración hasta en seis ocasiones- contrasta con el mal momento que atraviesa el sector aeronáutico por la pandemia de coronavirus. No es, desde luego, la inauguración soñada.

La apertura del aeródromo Willy Brandt, en honor al histórico canciller de la república federal, supone una celebración aguada, tanto porque operará apenas a una mínima capacidad -no se espera la recuperación del sector en al menos dos años- como por el escándalo que ha supuesto su retraso y el daño que ha hecho este para la mitificada eficiencia alemana.

Las obras arrancaron en el 2006 y la fecha programada para el estreno era el año 2011. Sin embargo, con aerolíneas y comercios a punto de abrir, se canceló su apertura in extremis al detectarse fallos de seguridad, un sistema de detección de incendios obsoleto y un sinfín de errores graves de construcción. Se dice que las autoridades llegaron a plantearse si no sería mejor tirar el edificio abajo y volver a empezar de cero. El sueño del gran aeropuerto derivó en pesadilla, cuyo coste final ha sido de 5.950 millones de euros, frente a los 2.000 millones iniciales.

Cambios en la cúpula de dirección y un relevo en la alcaldía de Berlín dieron un nuevo impulso a las obras. Hasta este fin de semana, cuando llegaron los primeros pasajeros. Pero las grúas no se van. De momento solo se abre la T-1, pues la T-2 -que está lista- no tiene fecha prevista de apertura, mientras que las terminales 3 y 4 solo existen en los planos. Sí hay una terminal 5, pero es parte del viejo aeropuerto de Schönefeld, a unos cinco kilómetros del BER, nombre del nuevo aeropuerto en nomenclatura aeronáutica.

Desde la reunificación

Dotar a Berlín de un aeropuerto internacional acorde a su posición como capital de la principal potencia económica de Europa era una asignatura pendiente desde la reunificación de Alemania en 1989. En las décadas de división hubo tres aeródromos operativos: Schönefeld, en el sector comunista, y Tegel y el legendario Tempelhof -hoy reconvertido en un gigantesco parque- en el sector occidental.

El 8 de noviembre cerrará Tegel, un aeropuerto en forma de herradura, a tiro de piedra del centro de Berlín, que fue concebido a escala humana, cuando volar todavía era algo elitista y placentero. Su clausura ya genera ataques de nostalgia, a pesar de que el edificio principal será reconvertido en un gran centro de tecnología e innovación.

Y ya solo quedará BER, en el sureste de la capital, en la frontera con el lander de Brandeburgo y llamado a ser un nuevo hub internacional que haga competencia a los principales aeropuertos de referencia del país: Fráncfort y Múnich.

Llegar a hacer sombra a esos dos gigantes no será fácil, y menos en estos tiempos. Los viajes turísticos o privados volverán, dicen los expertos, pero los de negocios no recuperarán el flujo perdido: la pandemia ha acelerado el cambio hacia la digitalización. Mientras Tegel y Schönefeld recibieron el año pasado 36 millones de pasajeros, se espera que en el 2020 la cifra no llegue a los 10 millones. Apenas 1,5 millones corresponderán al nuevo BER.

«Una capital como Berlín precisa un aeropuerto internacional independientemente de las cifras de pasajeros. Es una infraestructura imprescindible», asegura Lütke Daldrup, director del nuevo aeropuerto.

De cualquier forma, los propios berlineses se toman con humor esta obra que consideran gafada y que ha puesto en tela de juicio el mito del made in Germany. La marca suiza de relojes Swatch ha recreado en su tienda del nuevo aeródromo tanto el diseño como el mobiliario y el surtido de modelos de hace nueve años y ha sacado a la venta un modelo exclusivo bajo el nombre de Delayed (Retrasado), que marca la hora «con nueve años de atraso». Un guiño irónico a la llamada locomotora europea.

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