Joe Biden, el hombre tranquilo que ya resucitó dos veces

El exvicepresidente de Obama aspira a atraer el voto moderado de los republicanos hastiados de Trump

Jon Biden
Jon Biden

-¿Y cómo se llaman los perros?

-Senador y Gobernador.

Recién licenciado en Derecho por la Universidad de Siracusa, Joe Biden (Scranton, Pensilvania, 1942) no ocultaba su ambición política a las visitas que se interesaban por las mascotas. Con 29 años cumplió ese primer sueño y se convirtió en uno de los senadores más jóvenes de la historia de Estados Unidos. Durante 36 años ocupó el mismo escaño en representación de su estado adoptivo de Delaware y del Partido Demócrata, al que se afilió espoleado por su rechazo a las políticas de Nixon.

Era 1972, y solo unas semanas después de salir elegido senador, su vida implosionó. Un accidente de tráfico acabó con la vida de su mujer y su hija, de solo un año, y dejó malheridos a sus otros dos hijos. Pensó en arrojar la toalla y abandonar su sueño de llegar a ser presidente, pero en lugar de eso decidió viajar todos los días entre Washington y su casa en Wilmington (Delaware) para poder cuidar a los pequeños. Se ganó así el apodo de Amtrak Joe, en alusión a la compañía ferroviaria en la que sumó como pasajero más de dos millones de millas.

Biden, que en alguna ocasión ha confesado que durante aquellos días llegó a pensar en suicidarse, logró ponerse en pie y reconstruir su existencia. Cinco años después, se casó con una profesora de literatura y en 1980 tuvo otra hija con ella.

Tras casi cuatro décadas en la Cámara Alta, Barack Obama lo eligió en el 2008 para acompañarle en la candidatura demócrata a la Casa Blanca. Y este veterano católico, hijo de un modesto vendedor de coches de Pensilvania, se convirtió en vicepresidente. El tenaz político, que durante toda su vida ha luchado contra la tartamudez, estaba a solo un peldaño del Despacho Oval.

Biden se bajó al fin del Amtrak y se instaló en la residencia oficial del vicepresidente, puesto desde el que ejerció una labor discreta que su jefe directo elogiaba así: «Es uno de esos jugadores de baloncesto que hacen un montón de cosas que luego no se reflejan en las estadísticas». Al finalizar su segundo mandato en el 2016, Barack Obama premió ese «juego sin balón» de Joe Biden con la medalla de la Libertad.

Solo un año antes, había sufrido su segunda muerte en vida. Su hijo Beau, fiscal general de Delaware, falleció con 46 años de un tumor cerebral. En esta ocasión, Biden decidió abandonar la política y rechazó las propuestas para liderar la candidatura demócrata, que finalmente recayó en Hillary Clinton.

Un retorno inesperado

Pero en el 2018 murió -del mismo tipo de cáncer que su hijo- su buen amigo el senador republicano John McCain, azote de las malas artes de Trump y una de las voces más críticas contra el presidente desde las filas de su propio partido. Tras dos años alejado del ruido y la furia de Washington, Biden reapareció en escena para pronunciar el discurso de homenaje en su funeral.

La dirección demócrata comprendió entonces que, además de captar al votante demócrata que añoraba la era de Obama, el exsenador puede atraer el voto moderado de los republicanos hastiados de los exabruptos de Donald Trump.

En su contra, juegan su imagen de «político profesional» con demasiados quinquenios en Washington, las dudas perpetuas sobre su estado de salud y deslices verbales como el que tuvo en el último debate, cuando afirmó que planeaba sacar a EE.UU. del negocio del petróleo, asunto con el que Trump ha hecho sangre en estados péndulo como Pensilvania.

Joe Biden, que acostumbra a citar frases de las películas de John Wayne, aspira a ser ese «hombre tranquilo» que encarnó el actor talismán de John Huston y que tanto necesita un país zarandeado por las ocurrencias del actual inquilino de la Casa Blanca. Un sosiego del que se burla Trump al colgarle el sambenito de «Joe el Somnoliento», pero que el demócrata, a punto de cumplir 78 años, transforma en marca de la casa cuando responde con humor a las acusaciones del magnate de que es un «peligroso comunista»: «Miradme, ¿de verdad tengo pinta de socialista radical?».

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