La pugna entre Trump y Biden se decidirá en solo diez estados clave

Zonas como Florida serán de nuevo cruciales en las presidenciales de EE.UU.


Miami / E. La Voz

Joe Biden va a ganar el voto popular en las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre. Hay pocas dudas al respecto entre los analistas del país norteamericano. El candidato demócrata ha ampliado su distancia en las encuestas hasta los 16 puntos, después del primer debate presidencial de la semana pasada y el positivo por coronavirus de su rival, el republicano Donald Trump.

Pero ganar el voto popular no le garantiza a Biden la victoria. Su predecesora, Hillary Clinton, superó en el 2016 al actual presidente por 2,8 millones de votos, pero no se sienta en el despacho oval. La silla más importante del mundo la ocupa Trump, después de ganar por un puñado de votos, apenas 77.000, en una serie de estados clave.

La clave del sistema electoral

El magnate debe su victoria al sistema electoral estadounidense. Los votantes no eligen directamente al presidente, sino a 538 electores, asignados a cada Estado en función del número de delegados con los que cuentan en el Legislativo. Gana quien consiga un mínimo de 270.

El sistema se creó debido a la división que existía a la hora de diseñar el esquema de elección presidencial. Parte de los políticos fundadores querían que el Congreso seleccionase al líder de la nación (como sucede actualmente en buena parte de Europa, incluida España) y otros defendían la elección directa a través del voto popular. El término medio fue crear el sistema de colegio electoral que rige en EE.UU.

En 48 de los 50 estados el ganador del voto popular se lleva todos los votos de los respectivos electores de ese estado, independientemente del margen de su victoria. Es el sistema conocido como winner take all, y privilegia al sufragio rural frente al urbano.

Por eso, en los comicios de EE.UU., la campaña no se centra en el voto nacional, sino en la elección en unos pocos lugares conocidos como swing states. Biden tiene la elección general decantada, pero una victoria de Trump en lugares clave volvería a darle la presidencia al magnate estadounidense.

38 de los 50 Estados votan lo mismo desde el año 2000. Tennessee, Oklahoma y Alabama son las plazas más fuertes de los republicanos. Nueva York y California, los bastiones demócratas.

Entre los swing states se han ido incluyendo o borrando lugares dependiendo de los cambios poblacionales y de la polarización en aumento en el país desde el año 2000.

En esta cita electoral se consideran campos de batalla los estados de Arizona, Wisconsin, Florida, Pensilvania, Georgia, Carolina del Norte, Ohio, Míchigan, Minnesota e Iowa. Los candidatos y sus jefes de campaña lo saben. Invierten allí el 75 % de sus fondos y realizan allí la mayoría de sus actos, llegando prácticamente a ignorar los lugares donde cuentan con una victoria casi segura.

Biden se impondría, según las encuestas, en la mayoría de esos lugares, aunque en varios los sondeos le ponen en cabeza con escasa diferencia, en algunas ocasiones incluso dentro del margen de error.

El riesgo de las encuestas

No puede Biden, tampoco, fiarse de las encuestas. En el 2016 infravaloraron severamente a Trump, especialmente en algunos swing states. Para muestra, un botón. Desde julio del 2016 hasta el día de las elecciones, en noviembre del mismo año, fueron publicadas hasta 94 encuestas en Pensilvania, Míchigan y Wisconsin. Trump solo ganó en tres de esos sondeos, según el portal de noticias Politico, pero acabó llevándose esos tres estados, convirtiéndose en presidente de EE.UU.

El magnate tendrá que darle la vuelta, de nuevo, a los sondeos en algunos de los estados que ahora están inclinados hacia Biden, si quiere ganar. Si lo consigue, podría incluso permitirse perder algunos de los que ganó en el 2016.

Uno de los mayores campos de batalla es Florida y sus muy relevantes 29 votos de colegio electoral. Las últimas encuestas dan allí a Biden una escasísima ventaja de un 3,1 % de posibles sufragios. El candidato demócrata, que ha perdido recorrido entre los latinos en un lugar donde ese segmento de la población es importantísimo, estuvo allí la semana pasada. Trump ha elegido también el estado sureño para su reaparición, en lo que pretende ser un nuevo baño de multitudes.

El presidente arrebató Florida a los demócratas en el 2016, después de que Obama ganase allí dos elecciones consecutivas. El estado también fue clave en el año 2000. Le dio la presidencia a George W. Bush, después de un polémico recuento, por apenas 537 sufragios populares. El exlíder estadounidense también había perdido, como Hillary Clinton, el voto en el total del país, con más de medio millón de papeletas de diferencia con respecto al entonces candidato demócrata, Al Gore. En aquel entonces el estado tenía 25 votos, cuatro menos que ahora.

Trump debe rascar el máximo número de electores en las zonas rurales y convencer a los habitantes de los suburbios de las grandes ciudades si quiere ganar los estados clave. Biden, por su parte, basa sus oportunidades de victoria en quedarse el voto urbano, algo que conseguirá si logra aumentar la participación de su potencial electorado, y recuperar las zonas que apostaron por Obama, pero no por Clinton.

El show de Trump debe continuar

Espe Balaguer
Trump en su vuelta a la campaña, en un acto desde un balcón de la Casa Blanca, tras dar positivo por covid
Trump en su vuelta a la campaña, en un acto desde un balcón de la Casa Blanca, tras dar positivo por covid

El presidente de EE.UU. reaparece diez días después de su positivo por covid-19 en un acto de campaña en la Casa Blanca con un discurso contra la amenaza «socialista» de los demócratas

Diez días después de su positivo por coronavirus y cinco después de su salida del hospital, Donald Trump, reanudó este sábado su campaña para la reelección con un evento multitudinario en la Casa Blanca. Varios minutos antes de las 14.00 en Washington, la hora señalada, apareció en el balcón de la Sala Azul ante un público repleto de jóvenes congregado de pie sin respetar la distancia social. Por primera vez en los actos del presidente, la mascarilla era obligatoria.

«No podemos permitir que nuestro país se convierta en una nación socialista», proclamó el presidente de EE.UU. con tono vigoroso y sin signos de dificultad para respirar. Su discurso, de apenas 19 minutos, estuvo dirigido a sus votantes latinos y afroamericanos, a los que advirtió de las amenazas que traerá una victoria demócrata. Su vuelta a los focos cumplió el guion habitual de advertir del descontrol de la inmigración, la pérdida de empleo y la amenaza china.

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