Trump abandona el hospital y vuelve a la Casa Blanca, pero «no está fuera de peligro»

En un polémico mensaje, el presidente de Estados Unidos minimizó la importancia del coronavirus: «No le tengas miedo... No dejes que domine tu vida». La portavoz de la Casa Blanca se suma al grupo de infectados en el círculo de poder

Trump se quita la mascarilla tras volver a la Casa Blanca
Trump se quita la mascarilla tras volver a la Casa Blanca

Colpisa | Nueva York

Donald Trump parece ser el paciente cero de un foco de infección que continúa expandiéndose ante la irresponsabilidad del enfermo. Por su propia iniciativa, ayer abandonó el Centro Médico Walter Reed justo a tiempo para los informativos de la tarde, hora de máxima audiencia.

Con las cámaras de medio mundo esperando su aparición, como le gusta, descendió del helicóptero sin que se le moviera un cabello, hizo una señal de victoria con los pulgares hacia arriba y subió las escalinatas de la rotonda de la Casa Blanca con la misma escenificación que cuando descendió por la escalera mecánica de la Torre Trump al anunciar su campaña. No contento con el resultado, decidió salir unos segundos después para repetir la pose ante las cámaras, esta vez sin mascarilla. «¡Me siento genial!», decía en el vídeo que colgó en Twitter, pero a nadie se le escapaba su rostro hinchado con los ojos brillantes. Trump aguantaba el tipo para la foto.

La última víctima de alto perfil en este foco de contagio que ha afectado ya a más de veinte personas en la Casa Blanca -incluyendo dos limpiadoras, un periodista y un guardaespaldas- es la secretaria de prensa Kayleigh McEnany. Después de dar negativo cuatro días seguidos desde que se anunciase la enfermedad del presidente, ayer dio positivo. Con ello viene a dar la razón a la ciencia que tanto niega su Gobierno: la covid-19 tarda entre cinco y ocho días en ser detectable.

Hay otro dato científico que pueden estar corroborando renuentemente los nueve contagiados del círculo más estrecho del poder. La covid-19 se transmite también a partir de pequeñas partículas suspendidas en el aire en espacios cerrados mal ventilados, reconoció ayer el Centro para el Control y Prevención de enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) en su página web. Particularmente cuando la persona que lo transmite grita o respira agitadamente y lo lanza con fuerza al aire en cantidades abundantes. De ahí la importancia de llevar mascarilla en espacios interiores.

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La rubia de Fox con título de Harvard que Trump convirtió en su portavoz, tras verla de presentadora en su canal favorito, se suma a la relaciones públicas Hope Hicks, la asesora de comunicación Kellyanne Conway y la propia Melania Trump, el grupo de mujeres que comparte el círculo íntimo del presidente y ahora, su enfermedad. Lo que no comparten es el tratamiento experimental de élite que ha recibido el mandatario en su suite del Centro Médico Walter Reed, cuya atención le permitió anoche darse de alta, cuatro días después de su hospitalización.

Para los expertos, eso sugiere que el mandatario se contagió mucho antes de lo que se ha dicho o que se encontraba mucho peor de lo que se quiso admitir. Los facultativos del centro militar prefirieron dejar esa aclaración al médico personal del presidente, Sean Conley, un osteópata graduado de la marina cuya credibilidad está en duda desde hace mucho. El domingo él mismo admitió que la víspera había engañado a la opinión pública sobre el tratamiento de oxígeno que se le proporcionó el viernes para dar una imagen positiva del enfermo, que ayer presumía en Twitter de su buena marcha.

Debilidad «intolerable» «¡Me siento realmente bien!», clamó. Y luego, claramente sin haber aprendido nada de la enfermedad: «No tengáis miedo de la covid. No permitáis que domine vuestras vidas. Bajo el Gobierno de Trump hemos desarrollado algunos medicamentos geniales. ¡Me siento mejor que hace 20 años!».

Era una afrenta para los más de 200.000 muertos por covid-19 que ha tenido Estados Unidos, con casi siete millones y medio de casos que suponen el 21% del total mundial, pese a que el país tiene apenas el 4% de la población. Para el mandatario, como para su padre, la enfermedad es un signo de debilidad «intolerable», según dijo a la cadena NPR su sobrina Mary Trump. Desde su suite del hospital ha estado bramando que tenía que salir de allí para no dar ese gusto a sus enemigos y él, que evadió Vietnam, ha intentado disfrazar la hospitalización como un acto de «liderazgo» para conocer de primera mano el frente de guerra contra el enemigo invisible.

Ante los bajos niveles de oxígeno, el viernes aceptó ser trasladado en helicóptero al centro médico, pero eligió hacerlo por su propio pie, vestido de etiqueta y saludando a las cámaras, aunque tuviera los ojos hinchados. Desde el hospital ha publicado en las redes sociales vídeos pregrabados y cuidadosamente editados con los que quería demostrar que se encontraba bien. Sin embargo, la metadata de las fotos que le mostraban firmando documentos desde su suite hospitalaria revela que fueron tomadas en intervalos de diez minutos. Al menos en una de ellas firmaba una página en blanco, según la ampliación.

Todo eso deja en duda la verdadera situación del jefe de Estado del país más poderoso del mundo, al que continuamente acompaña un militar con la maleta de los códigos nucleares. Se sabe que se le ha administrado un esteroide llamado dexamethasone que se reserva para los casos más graves de cáncer y lupus, porque entre otras cosas afecta la personalidad e induce agresividad. La clave de su recuperación parece haber sido, según 'The New York Times', un antivírico llamado remdesivir, del que se le han administrado al menos dos dosis de anticuerpos por vía intravenosa.

Trump seguirá recibiendo atención médica las 24 horas en la Casa Blanca, que cuenta con un centro médico particular de primer nivel. «Si podemos continuar con esta recuperación hasta el lunes, respiraremos aliviados», confesó su médico personal. Empezando por los agentes de los servicios secretos que se han visto obligados a acompañarle en la limusina cuando ha salido del hospital a saludar a sus seguidores para demostrar que es un súper hombre. «Nunca le hemos importado», dijo resentido uno de los agentes a la cadena MSNBC, sin dar su nombre. «Ni siquiera lo finge».

El positivo del presidente cambia el guion de Kamala Harris 

m. g.

Meses de preparación se fueron al garete el viernes cuando la Casa Blanca anunció que el presidente había dado positivo en la prueba del covid-19. Desde que Joe Biden la eligió para ser su segunda de a bordo en la batalla electoral, Kamala Harris se ha estado preparando para enfrentarse al segundo de Trump como si fuera el mismísimo Trump, pero, por lo mismo, ahora le toca ser más suave con Mike Pence.

Harris hará responsable a Pence de las acciones de su jefe, pero ya no puede culparle de irresponsabilidad en la pandemia porque los votantes lo verían como un golpe bajo, estando el mandatario en un hospital. No es que los demócratas piensen que Trump tendría piedad alguna con ellos, pero sí que su electorado les reclama estándares más altos.

El encargado de hacer de vicepresidente en los ensayos es otro aspirante presidencial que se batió con ella en los debates de primarias, el exalcalde de South Bend (Indiana) Pete Buttigieg. Dadas las circunstancias, es de esperar que mantenga la distancia de seguridad, porque Chris Christie, que hizo de Biden en los entrenamientos de Trump para su primer debate, está ingresado en un hospital desde el domingo, siguiendo los pasos del jefe.

Pence, por su parte, se prepara con ahínco frente a Pam Bondi, una leal de Trump que fue fiscal de Florida. El vicepresidente ha visitado al comandante en jefe en el hospital y eso preocupa a los demócratas, ahora que tendrá que compartir el escenario con Harris mañana.

Los negativos no son consuelo, porque otros miembros de su gabinete han hecho buena a la ciencia al tardar cinco días en registrar la infección.

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