«Me gusta tanto Alemania que prefiero que haya dos». La frase se repitió mucho en los días de la reunificación alemana, de la que se cumplen hoy treinta años, atribuyéndosela a varios políticos europeos distintos (en realidad es del escritor francés François Mauriac). Treinta años más tarde, aquella cita medio apócrifa ha terminado por convertirse en una premonición. Al final, sigue habiendo dos Alemanias, dos comunidades diferenciadas que se distinguen en casi cualquier métrica, desde la más banal (más nudismo en las playas del este que las de oeste) a la más poética (luces más brillantes en el Berlín Oeste que en el Este cuando se lo ve desde el espacio), y, por supuesto, la política: en el Este se vota más a partidos extremistas que en el Oeste. Si a ello sumamos que, según una encuesta del 2004 una cuarta parte de los alemanes occidentales se arrepienten de la reunificación y según otra del 2009 menos de la cuarta parte de los orientales se sienten «auténticamente ciudadanos», habría razones para pensar que el proyecto ha fracasado.

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Alemania vuelve a estar dividida