Trump nomina a Barrett y apuntala el giro a la derecha del Tribunal Supremo

Propone a esta jueza católica como relevo de la progresista Ginsburg


redacción

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump cumplió el guion y anunció ayer la nominación de la jueza conservadora Amy Coney Barrett para cubrir la vacante dejada en el Tribunal Supremo por el fallecimiento hace una semana de la magistrada progresista Ruth Bader Ginsburg. Tras la propuesta, el nombramiento tiene que ser ratificado ahora por el Senado, donde el Partido Republicano cuenta con la mayoría suficiente para salvar el trámite, a pesar del rechazo manifestado ya públicamente por dos miembros del ala moderada de la formación, como Susan Collins y Lisa Murkowski.

Barrett, de 48 años, es una jueza federal conocida por sus opiniones católicas y antiabortistas. Al tratarse de un cargo vitalicio, su elección apuntalaría durante décadas una clara mayoría conservadora en el Supremo, órgano clave por su capacidad para interpretar leyes y derechos fundamentales. El alto tribunal pasaría a contar con seis magistrados nominados por presidentes republicanos (la mitad, por el propio Trump, que anteriormente designó a los jueces Neil Gorsuch y Brett Kavanaugh) y solo tres progresistas.

En el último año de la presidencia de Barack Obama, el Senado, de mayoría republicana, bloqueó, por ser año electoral, el nombramiento de un juez para ocupar la vacante surgida en el Tribunal Supremo tras la muerte del magistrado del Supremo Antonin Scalia. Sin embargo, este año, los senadores republicanos parecen dispuestos a confirmar al nominado por Trump antes de las elecciones presidenciales del 3 de noviembre, pese al anunciado rechazo demócrata.

De hecho, el líder de la mayoría republicana, Mitch McConnell, ya anunció que someterá de inmediato a voto su candidatura.

El candidato demócrata a la Casa Blanca, Joe Biden, sin embargo, pidió ayer al Senado que no confirme a la jueza antes de que se conozca el resultado de las elecciones de noviembre. «El Senado no debería actuar sobre esta vacante hasta después de que el pueblo estadounidense seleccione a su próximo presidente y al próximo Congreso», dijo Biden en un comunicado

Según el diario The New York Times, que citó a personas conocedoras del proceso, Donald Trump «quedó impresionado» con Barrett tras la entrevista que mantuvo con ella en la Casa Blanca esta misma semana.

Reputados juristas la han calificado como «una futura Antonin Scalia», el magistrado conservador del Supremo fallecido en el 2016 y con el que Barrett colaboró como secretaria judicial.

Esas mismas fuentes también señalaron que se desconoce si Trump se había entrevistado con otras candidatas al puesto.

Barrett, católica y de 48 años, es la antítesis de Ginsburg, considerada como un icono feminista, al menos en lo que se refiere al derecho al aborto, que defiende recortar en la mayoría de supuestos.

Trump ya había adelantado el fin de semana pasado que su candidata sería una mujer. La favorita en todas las listas era Barrett; seguida de la cubanaestadounidense Bárbara Lagoa, de 52 años; y de Allison Jones Rushing, de solo 38; además de una abogada de la Casa Blanca, Kate Todd, según fuentes cercanas al proceso de selección citadas por The New York Times. Todas ellas se ajustaban en principio a los criterios que Trump ha asegurado buscar en una jueza, con el objetivo de ganarse el favor y los votos de la derecha cristiana: la oposición al aborto y la defensa férrea del derecho a portar armas.

Un icono para la América ultraconservadora

Icono por icono. Si la recientemente fallecida jueza Ruth Bader Ginsburg se convirtió en un símbolo del progresismo y el feminismo norteamericano, su sustituta en el Tribunal Supremo de Estados Unidos tiene todo a su favor para transformarse en un emblema de la América ultraconservadora que promueve Donald Trump.

Amy Coney Barrett (Nueva Orleans, 1972) es una abogada, jurista y profesora universitaria que actualmente ejerce como jueza federal en el Tribunal de Apelaciones del séptimo circuito, con sede en Chicago, puesto para el que fue propuesta en octubre del 2017 por el propio Donald Trump.

Criada en Metairie, un suburbio de Nueva Orleans, en el seno de una familia católica, Barrett es la mayor de siete hermanos. Estudió Derecho gracias a una beca en la prestigiosa universidad de Notre Dame, de la que posteriormente ha sido profesora.

De convicciones profundamente religiosas y conservadoras, la postura de Barrett contra el aborto es uno de los aspectos que más polémica ha desatado desde que su nombre apareció en las quinielas para sustituir a Ginsburg en el Supremo. Ya cuando fue designada para el tribunal de apelaciones, diversos colectivos homosexuales pidieron que la Cámara Alta rechazase su nombramiento y, como paso previo a su designación, fue sometida a un duro interrogatorio en el Senado por parte de la bancada demócrata. La senadora Dianne Feinstein quiso subrayar entonces las contradicciones en las que podía incurrir al haber propuesto en el pasado que los jueces católicos se abstuviesen de participar en las vistas sobre la pena de muerte, a la que también se opone por sus creencias.

«Mi afiliación personal a la Iglesia o mi creencia religiosa no afectaría el desempeño de mis deberes como jueza», zanjó entonces el debate Barrett, que fue confirmada en el cargo por 55 votos contra 43 en el comité judicial del Senado.

Aunque abandonó el grupo tras su nombramiento como jueza federal en el 2017, Barrett también fue miembro de la Sociedad Federalista, un think tank de juristas conservadores.

De confirmarse en el Senado su nombramiento, se convertirá en la quinta mujer en ocupar un puesto en el Supremo de EE.UU.

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