El despertar geopolítico de Europa

Tras décadas de irrelevancia en lo global, el continente gana prestigio y confianza


FOREIGN AFFAIRS

Desde la década de 1990, Europa ha sido una entidad geopolítica irrelevante. Con la economía más grande del mundo, 450 millones de personas y un gasto de defensa comparable al de Rusia, el continente podría ser un coloso. Aún así, Europa nunca ha estado cerca de igualar la influencia combinada de sus países constituyentes. Acosada por crisis y por limitaciones económicas, políticas e institucionales crónicas, durante las últimas tres décadas la Unión Europea ha ejercido muy poca influencia en los asuntos globales. Los Estados miembro más poderosos han visto disminuir su influencia, como el caso de Francia, o se han resistido a asumir el liderazgo internacional, como Alemania.

Los analistas estadounidenses han llegado a ver la irresponsabilidad europea como un hecho. En el 2011, Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, escribió que en el siglo XXI «la influencia europea en los asuntos más allá de sus fronteras sería marcadamente limitada». Bruselas no solo ha decepcionado a Washington al negarse a compartir más la carga de la seguridad colectiva, sino que también ha estado muy por debajo de su peso diplomático en asuntos de importancia mundial.

Ahora, de repente, Europa se está activando. La pandemia del covid-19 parece haber despertado al continente de su letargo económico y político de décadas, y revitalizado el proyecto de integración de la UE en maneras inimaginables hasta hace apenas seis meses. Jean Monnet, uno de los arquitectos fundadores de la UE, afirmó que «Europa se forjará en las crisis». Esta crisis puede forjar una Europa que sea más segura y más asertiva en el escenario mundial, lo que ayudará a fortalecer y definir el orden global del siglo XXI. 

Bruselas, sin consolidar

Inicialmente, el covid-19 devastó Europa, como en gran parte del mundo. Pero al implementar bloqueos agresivos y apoyando a los trabajadores asalariados, la UE y sus Estados pudieron controlar relativamente la pandemia y evitar un colapso económico. Como contrapartida, Europa ganó prestigio y confianza mundial. En los últimos meses, los líderes europeos han realizado una serie de movimientos inusualmente asertivos. Después de que China impusiera una nueva ley de seguridad nacional en Hong Kong, en junio, la UE condenó a China y calificó la ley de «deplorable». La UE acordó además limitar las exportaciones a Hong Kong de equipos sensibles. En julio, por primera vez, la UE impuso cibersanciones a China, Rusia y Corea del Norte. Y este mes, los líderes europeos condenaron las elecciones fraudulentas en Bielorrusia.

Pero, con mucho, el paso más significativo que han dado los líderes europeos desde el comienzo de la pandemia fue aprobar un paquete de recuperación económica de dos billones de dólares. De un solo golpe, la UE pasó la página de una década de austeridad económica aplastante, que había contribuido al aumento del populismo, reducido el apoyo a la UE y puesto al euro al borde de la crisis económica. Combinado con el enorme gasto de estímulo individual de los Estados miembro, el paquete de rescate ha encauzado a Europa en un camino de fuerte recuperación económica. También ha abierto la puerta a una expansión significativa de los poderes federales de la UE.

Desde que entró en vigor el Tratado de Lisboa, que estableció las normas de la UE en el 2009, Europa se había quedado atascada en un sistema político híbrido: parte Estado federal y parte organización multilateral. Donde la UE estaba empoderada, Bruselas surgió como un actor global, por ejemplo, en la regulación de los mercados globales. Como ha argumentado Anu Bradford, de la Facultad de Derecho de Columbia, la enorme base económica y de consumidores de la UE le ha otorgado el poder de establecer estándares para los mercados de todo el mundo. Pero cuando la UE debe buscar el consenso de sus Estados, incluida la política exterior, se ha visto constantemente obstaculizada.

El acuerdo sobre el paquete de recuperación ha abierto posibilidades. Ante una crisis económica de proporciones épicas, los líderes europeos de repente parecen dispuestos a traspasar las fronteras de poder de Bruselas, tal vez mediante la reinterpretación de las normas de la UE. Algunos están pidiendo que se elimine el requisito de unanimidad en las decisiones de política exterior a favor de una «mayoría cualificada». Como explicó el jefe de política exterior de la UE, Josep Borrell, «sería mejor adoptar una posición sólida y sustancial por mayoría en lugar de adoptar unánimemente una posición débil con poca sustancia».

Autonomía estratégica mientras EE.UU. y China rivalizan 

El despertar geopolítico europeo no ha surgido de la nada. Mientras que la rivalidad de EE.UU. y China se intensificaba durante la presidencia de Donald Trump, Europa comenzó a ajustar con cautela su enfoque hacia un mundo cada vez más definido por la competencia de grandes potencias. La UE comenzó a debatir la noción de «autonomía estratégica», que exige a Europa defender su soberanía y promover sus intereses independientemente de EE.UU. Pero en medio de una pandemia, la autonomía estratégica parece menos un concepto que los líderes de la UE deben debatir y más una política urgente de promulgar. En lugar de buscar a un aliado estadounidense que se ha vuelto abusivo bajo el Gobierno de Trump, o a un país como China, cada vez más agresivo, para el liderazgo global, los líderes europeos están descubriendo que deben buscar a Europa.

Parte de este cambio ha sido impulsado por la respuesta catastrófica de EE.UU. al covid-19 y por el derrame simultáneo de tensiones raciales en sus calles. El apoyo europeo a la alianza trasatlántica ya había decaído por los excesos de la «guerra contra el terror» estadounidense, la fallida invasión de Irak y la crisis financiera del 2008.

El cambio en la perspectiva europea es también una respuesta a China. Europa había visto mucho tiempo a China principalmente a través de una lente económica. Esperaba que la apertura y el comercio condujeran a la liberalización política e incluso a la democratización. Pero a medida que la economía floreció, su política se restringió aún más. Hubo un aumento de las prácticas comerciales desleales de China en Europa, tal como lo hizo en EE.UU., que causó frustración. La pandemia puso a la opinión pública europea en contra de China. Pekín trató de ocultar los orígenes del virus, y una vez que logró controlar la enfermedad, se embarcó en una agresiva campaña de diplomacia. El covid-19 ha convencido a una gran mayoría de europeos de la necesidad de una mayor cooperación de la UE. Así, Europa está entrando en esta nueva década con más confianza en su unión y menos en los demás. No cabe duda de que Europa saldrá de esta crisis como un actor global más fuerte y unificado.

(c) 2020 Consejo de Relaciones Exteriores, editor de Foreign Affairs. Distribuido por Tribune Content Agency. Traducción, Lorena Maya

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