Putin tiene la última palabra en Bielorrusia

Pese a las tensiones entre el presidente ruso y Alexánder Lukashenko y a que descarta una intervención militar, Putin prefiere mantener por ahora en el poder a su polémico aliado

Vladimir Putin recibe a Alexander Lukashenko, el pasado febrero, en el balneario ruso de Sochi
Vladimir Putin recibe a Alexander Lukashenko, el pasado febrero, en el balneario ruso de Sochi

moscú / efe

Si Ucrania es importante para Rusia, Bielorrusia no lo es menos. Por ello, Vladimir Putin es quien tiene la última palabra sobre la permanencia en el poder del presidente Alexánder Lukashenko, aislado y enfrentado a su propio pueblo. «Sinceramente, veo a Putin como mi hermano mayor», dijo Lukashenko, que tiene dos años menos que el líder ruso, antes de las elecciones del 9 de agosto.

Fiel a esa relación entre hermanos eslavos, Putin fue el primero en felicitarle por su reelección y el primero al que llamó Lukashenko en busca de consejo y ayuda cuando las protestas poselectorales se propagaron como un reguero pólvora por toda la geografía de la antigua república soviética.

Mientras una parte de los rusos ha expresado su solidaridad con el pueblo bielorruso ante la brutalidad policial, cada vez son más las voces cercanas al Kremlin que insinúan que Moscú podría enviar tropas al país vecino, en caso de necesidad. 

Importancia geopolítica

Si el derrocamiento del presidente ucraniano, Víktor Yanukóvich, representó un gran problema -posible despliegue de bases de la OTAN-, al igual que una gran oportunidad -anexión de Crimea- para el Kremlin, la caída de Lukashenko solo tiene lados oscuros. Putin siempre hiló muy fino en Bielorrusia, consciente de la importancia geopolítica del país para la seguridad estratégica de Rusia ante el avance de la OTAN. Perder Bielorrusia a manos de Occidente crearía de la noche a la mañana un cinturón rebelde en el patio trasero de Rusia que se extendería desde Georgia en el Cáucaso a Ucrania en el mar Negro y seguiría en Bielorrusia hasta alcanzar las tres repúblicas bálticas.

Durante su primera década en el Kremlin (2000-2009), Putin subsidió la economía planificada bielorrusa con gas y petróleo a bajo precio, y créditos baratos. Las cosas se complicaron con la crisis global y la contracción económica en Rusia. Incluso antes del impacto de la pandemia, el jefe del Kremlin ya había cedido ante la presión de sus ministros liberales, que mantienen que la economía rusa no se puede permitir subsidiar a un país extranjero, por muy hermano que sea.

Lukashenko vio la actitud rusa como una traición en toda regla y, dolido, se vengó negándose a firmar en diciembre pasado el tratado de Unión Estatal con Rusia. Además, no dejó de acusar durante toda la campaña electoral a Moscú de apoyar a la oposición. Por ello, no todos vieron con malos ojos en Moscú el estallido de protestas multitudinarias contra el fraude en la noche electoral.

Lukashenko es, para algunos analistas rusos, un dirigente ingrato que recibió en febrero al secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, y acordó con Washington el envío de petróleo por mar para cubrir el vacío del crudo ruso. La entusiasta cobertura de los medios públicos rusos, a la que contribuyeron las detenciones y abusos sufridos por reporteros rusos, demostró el hartazgo con las maneras del último dictador europeo.

Pero en las calles de Minsk se jugaba mucho más que el futuro de Lukashenko. Es bien sabido que los líderes de la oposición bielorrusa tienen vínculos con Moscú, pero están en contra de seguir siendo un protectorado ruso.

Nadie duda de que, una vez derrocado Lukashenko, la última economía planificada del continente tendrá que replantearse su política exterior, diversificar sus fuentes de energía y afrontar un programa de privatización en el que las compañías europeas tendrían mucho que decir.

Demasiados riesgos. Putin ha optado, de momento, por apoyar a su aliado, pese a los numerosos desplantes de los últimos años, que incluyen la negativa de Minsk a desplegar bases militares rusas en su territorio. 

Posible intervención rusa

En un aviso a navegantes dirigido a la oposición, Putin expresó el sábado por teléfono a Lukashenko su apoyo para garantizar la seguridad nacional, al tiempo que denunció los intentos de injerencia externa. En resumen, Occidente habría patrocinado otra «revolución de color» en un intento de derrocar a un presidente legítimamente elegido en las urnas.

El comunicado del Kremlin sobre dicha conversación citó el tratado de la Unión Estatal, cuyo artículo 2 estipula que uno de los objetivos de dicha unión es asegurar la seguridad nacional.

En línea con las denuncias de Lukashenko de una supuesta «agresión exterior», dicho tratado incluye una política de defensa común y la obligación de defender «la integridad y la inviolabilidad del territorio de la Unión».

El Kremlin también mencionó al brazo armado de la comunidad postsoviética, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, una suerte de Pacto de Varsovia dirigido por Rusia.

Según dicho documento, Rusia podría intervenir militarmente en Bielorrusia, pero solo si Minsk lo solicita en caso de una «agresión exterior». 

Consecuencias nefastas

Nadie duda que el apoyo ruso es lo que buscaba Minsk cuando entregó a Moscú la pasada semana a los 32 supuestos mercenarios de la compañía militar privada rusa Wagner. Ucrania, que había pedido su extradición y cuya Fiscalía fue invitada a Minsk, reaccionó indignada y el lunes llamó a consultas a su embajador en Bielorrusia.

La prensa rusa precisa, además, que una intervención rusa requeriría el apoyo, aunque sea tácito, de Kazajistán, Armenia, Kirguistán y Tayikistán, países que, por ello, se verían sometidos a una gran presión internacional.

Lo que es seguro es que una intervención militar rusa en el país vecino no sería bien recibida por la población local y tampoco por los propios rusos, que nunca aceptarían que Moscú participara activamente en la represión violenta de las manifestaciones.

Lukashenko podría causar más problemas que beneficios si convence a Putin para que intervenga en Bielorrusia, ya que la reacción occidental podría ser incluso peor que la que provocaron la anexión crimea y la intervención rusa en el Donbas.

A la vista de que la retórica antirrusa ya no era útil, Lukashenko comenzó a enarbolar los últimos días una supuesta amenaza de la OTAN. Según dicho escenario, Polonia y Lituania, donde se encuentra exiliada la líder opositora, Svetlana Tijanóvskaya, habrían desplegado tropas en la zona.

Aunque el secretario general aliado, Jens Stoltenberg, criticó desde un principio la represión de las libertades, la OTAN salió el lunes al paso de esas críticas y subrayó que «la OTAN no es una amenaza» para Bielorrusia. 

Recelos occidentales

La conversación telefónica entre Lukashenko y Putin disparó todas las alarmas. Alemania tachó de «inaceptable» una posible intervención militar rusa en Bielorrusia, al tiempo que aseguró que Lukashenko había perdido la confianza de su pueblo.

La vecina Polonia denunció que el Ejército bielorruso ha iniciado maniobras militares en la zona de Grodno, en la frontera polaca y lituana, que se prolongarán hasta este jueves, 20 de agosto. Al mismo tiempo, Lituania, que está enfrentada a Bielorrusia por la construcción a 40 kilómetros de Vilna de una central nuclear, dejó claro que esta era una oportunidad inmejorable para poner una cuña entre Moscú y Minsk.

En una demostración de que Bruselas no lo considera un problema menor, la UE celebró este miércoles una cumbre extraordinaria para abordar los últimos acontecimientos en Bielorrusia, ha adelantado ya que adoptará sanciones contra los responsables de la violencia, y el Parlamento Europeo consideró a Lukashenko persona non grata en territorio comunitario.

Pompeo, el más alto cargo de EE.UU. en visitar Minsk en 25 años, tardó en reaccionar, pero también se sumó a las condenas de la represión policial y del fraude electoral. Le secundó este lunes el presidente Donald Trump, quien calificó de «terrible» la situación en la antigua república soviética.

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