¿Cuánto pueden llegar a empeorar las relaciones entre EE.UU. y China?

Analistas de ambos países alertan del riesgo de conflicto militar directo, mientras otros expertos creen que Pekín podría optar por la moderación y esperar hasta las elecciones estadounidenses de noviembre


Los Angeles Times

Los temores de que en los próximos meses Estados Unidos y China podrían encaminarse a un colapso total de las relaciones e incluso a un conflicto directo están creciendo a ambos lados del Pacífico. Mientras que las dos potencias ordenaron el cierre de sus consulados en Houston y Chengdu, respectivamente, en medio de acusaciones de espionaje, el secretario de Estado de EE.UU., Mike Pompeo, pidió el fin del «compromiso ciego», una política que ha definido las relaciones entre EE.UU. y China durante casi cinco décadas, y que es considerada uno de los logros de política exterior más importantes del establishment republicano en la historia reciente.

«Las naciones del mundo amantes de la libertad debemos inducir a China a cambiar», aseguró Pompeo en un discurso pronunciado el jueves en un sitio especialmente elegido, la Biblioteca Presidencial Richard Nixon, en Yorba Linda. Nixon fue, en 1972, el primer presidente en llegar a China.

Se trata de un cambio dramático en la relación entre EE.UU. y China, que durante décadas logró superar las diferencias fundamentales entre la democracia capitalista de EE.UU. y la autocracia leninista de China, no solo para coexistir, sino también para anclar la economía global y cooperar en cuestiones críticas como el cambio climático o la prevención de la pandemia. Sin embargo, esa era parece haber terminado.

Existe actualmente en EE.UU. un consenso bipartidista acerca de la necesidad de aplicar una política más dura respecto a China. Incluso los académicos y responsables políticos chinos, que se han pasado la vida construyendo lazos más estrechos con el país asiático, en la creencia de que tal compromiso induciría a una reforma democrática, se han desilusionado.

Al mismo tiempo, aseguran que el enfoque de «mazo» de la Administración Trump, que parece decidido a comenzar otra guerra fría, sin dejar espacio para el diálogo, es contraproducente, y falso en su supuesta preocupación por el pueblo chino. Es también peligroso y podría conducir a un conflicto directo, afirman. «Hay formas de manejar la relación sin hacerla explotar», aseguró Deborah Seligsohn, quien ejerció como diplomática estadounidense durante más de dos décadas, sobre todo en Asia. «Existen formas de sopesar las ventajas y desventajas. No tiene por qué ser tan antagónico».

La política de Trump con respecto a China se ha debilitado repetidamente y, a menudo, parece inconsistente o desordenada, con mucho alarde sobre la brecha comercial y prácticamente sin prestar atención a los derechos humanos. Según John Bolton, exasesor de Seguridad Nacional, Trump supo suplicarle al presidente chino, Xi Jinping, que lo ayudara a ser reelegido y dio su aprobación tácita a los campos de concentración que Xi estaba estableciendo para detener a los uigures musulmanes. Considerando a Xi como un «buen amigo» durante meses en medio de la pandemia mundial. Pero ahora, a medida que se acercan las elecciones, parece haber dado rienda suelta a los halcones, el ala dura de la Casa Blanca.

Además de los cierres del consulado, la semana pasada EE.UU. acusó a dos ciudadanos chinos de hackear para agencias de inteligencia chinas y arrestó a una investigadora china que se había estado ocultando en el consulado de San Francisco. Según afirmó el Departamento de Justicia de EE.UU., la investigadora formaba parte de una amplia red de espías industriales chinos, que abarca 25 ciudades.

Los dos países también se han enfrentado en las últimas semanas por visas de tecnología, de comercio, para estudiantes y para periodistas; por la pandemia del coronavirus, el Mar del Sur de China, Xinjiang y Hong Kong.

Durante casi medio siglo, los funcionarios estadounidenses, las empresas y la sociedad civil han invertido y se han entrelazado cada vez más con China, ayudándola a recuperarse de sus traumas de la era Mao y a convertirse en la segunda economía mundial. Esa relación comenzó en 1972 cuando el presidente Nixon sorprendió al mundo al viajar a China, un adversario de larga data, para buscar establecer una cooperación, entendida como un equilibrio contra la Unión Soviética. Las relaciones diplomáticas se formalizaron siete años después. Sin embargo, una vez que la Unión Soviética se disolvió, EE.UU. necesitaba una nueva justificación para mantener ese «compromiso ciego», señaló Orville Schell, director del Centro de la Sociedad de Asia para las Relaciones entre Estados Unidos y China. «Teníamos esta idea: ‘Hay un curso inevitable de la historia, y China se pondrá del lado correcto. Tendrá que cambiar', casi como el determinismo marxista», afirmó Schell.

Esa esperanza era palpable especialmente en la década de 1980, aseguró, un momento en el que China se estaba abriendo económica y políticamente, con un movimiento de reforma vibrante que incluía a estudiantes, trabajadores y a una amplia representativa muestra de la sociedad china. Sin embargo, ese movimiento fue aplastado en la Masacre de la Plaza Tiananmen de 1989.

Al mismo tiempo, las reformas económicas continuaron. Y las corporaciones estadounidenses acudieron en masa a China, aprovechando la mano de obra barata, mientras que los responsables de elaborar las políticas se convencían a sí mismos de que la reforma política seguiría algún día a la económica. «Este es el lado evangélico de EE.UU.», afirmó Schell. «Pensamos que el poder persuasivo de la propuesta estadounidense cambiaría inevitablemente un país como China... Teníamos Internet, el mercado, lo que se deseara. Pensamos que bastaba colocar el cuchillo en la ostra para que se abriera de inmediato». Pero eso no sucedió. Bajo el mandato de Xi, el Partido Comunista se volvió cada vez más totalitario, aplastando a la sociedad civil, eliminando los límites de su mandato, silenciando la disidencia, arrojando a las minorías musulmanas a los campos de concentración e imponiendo la política policial estatal China en Hong Kong.

Mientras tanto, China ha subido en la cadena de suministro y se está próxima a competir con EE.UU. en campos de alta tecnología, que incluyen la inteligencia artificial y los viajes espaciales.

Algunos observadores chinos dicen que la expectativa de cambiar el sistema del Partido Comunista siempre ha sido una farsa. «Es absurdo», aseguró Wang Yong, profesor de estudios internacionales en la Universidad de Pekín. «Los estadounidenses están demasiado seguros de sí mismos y se sobrevaloran. Piensan que pueden cambiar a otros países y, tan pronto, como no se ajustan a sus ideales, cambian de postura y quieren suprimirte».

Mientras, el Gobierno chino afirma que las hostilidades estadounidenses están motivadas principalmente por la inseguridad respecto al ascenso de China como una importante potencia mundial y su desafío a la hegemonía estadounidense. «Las dificultades actuales a las que se enfrenta la relación chino-estadounidense están creadas única y exclusivamente por la parte estadounidense», aseguró el viernes el ministro chino de Relaciones Exteriores, Wang Yi, en una reunión con el ministro alemán de Relaciones Exteriores, Heiko Maas. «Su objetivo es interrumpir el progreso del desarrollo de China, y tomarán cualquier medida para hacerlo, sin ningún límite».

En su discurso, Pompeo afirmó que el Gobierno de EE.UU. estaba interesado en ayudar al pueblo chino, para quien EE.UU. podría ser un «faro de libertad», y que debería distinguirse del gobernante Partido Comunista. Pero eso no convence a la mayoría de la población china, que han observado de cerca cómo Trump impulsa una política exterior de «Estados Unidos primero» y que busca tomar medidas enérgicas contra las protestas por los derechos civiles en su país.

La potencia blanda estadounidense -el atractivo de sus instituciones, de su sociedad y de su cultura- ha ejercido durante mucho tiempo un enorme dominio sobre la sociedad china, señaló Wang. Pero este año se ha deteriorado especialmente, con la incapacidad de Trump de contener el coronavirus -del que culpa a China en términos a menudo racistas- y por la exposición continua del racismo y de la brutalidad policial en EE. UU. «Estados Unidos ya no es la encarnación de un sistema político ideal en los corazones de las personas», afirmó Wang. A medida que aumenta el descontento interno en EE.UU., muchos observadores chinos generalmente sensibles al sistema estadounidense se han desilusionado y temen que la Administración Trump aumente la presión sobre China como una distracción.

«En este momento, EE.UU. se encuentra en un estado demasiado caótico y fragmentado. Necesitan urgentemente un enemigo estratégico, como los soviéticos o Japón en el pasado, para unir al público interno», agregó Wang «China es el enemigo más conveniente».

Sin embargo, Xi también se está extralimitando, indicó Susan Shirk, exsubsecretaria adjunta de Estado y actual presidenta del 21st Century China Center en UC San Diego. Xi prácticamente no tiene restricciones sobre su poder, y ha fomentado el nacionalismo y su propia imagen de hombre fuerte para movilizar a los chinos en medio de los problemas económicos y de la pandemia.

«Solo en las últimas semanas, él también ha estado peleando con todos en el mundo», agregó Shirk. «Tenemos una especie de comportamiento extremo sin control por parte de ambos líderes. Es muy peligroso».

La forma habitual de desactivar el conflicto sería que los dos presidentes hablen por teléfono, como lo hicieron los presidentes estadounidenses anteriores en tiempos de crisis, explicó Shirk. Pero Trump y Xi no han hablado desde marzo, según aseguraron funcionarios estadounidenses. Casi parece que la Administración estadounidense quiere que China haga algo «realmente radical como romper las relaciones diplomáticas», agregó, un hecho que desharía más de cuatro décadas de minuciosa diplomacia.

A falta de una desescalada entre los dos líderes, China podría practicar la moderación y «simplemente intentar esperar hasta las elecciones», indicó Shirk. Una Administración de Biden podría ser menos agresiva, o al menos más racional, que la Administración de Trump, sugirió.

Antes de noviembre, cualquiera de las partes podría tomar medidas intermedias, aunque provocativas, como expulsar a diplomáticos o cerrar una embajada, un objetivo más alto que un consulado. China podría también presionar a Trump económicamente. Si Xi amenaza con dejar de comprar granos de soja, que Trump presume estar vendiendo para beneficiar a los agricultores estadounidenses, una parte clave de la base de los votantes del actual presidente de EE. UU. podría retroceder. Del mismo modo, Trump podría dar un paso atrás si ve caer los mercados de valores, como lo hicieron los principales índices bursátiles de EE.UU. el pasado viernes.

O podría darse el peor escenario posible, algunos expertos chinos y estadounidenses ahora temen que los dos países podrían deslizarse hacia un conflicto militar directo, incluso antes de las elecciones. «En la desesperación de Trump por ser reelegido, podría precipitar un choque, un choque militar», señaló Orville Schell. «Estoy extremadamente preocupado por la arrogante inflexibilidad de China en el Mar Meridional de China», agregó, señalando también las posiciones que hasta el momento ha tenido Xi con respecto al Tíbet, Xinjiang, Taiwán y Hong Kong. Para Xi, esos son «intereses centrales», agregó Schell: «Fin de la historia. No hay negociación».

Por su parte, Shirk afirmó que un colapso completo, hasta ahora «impensable», podría ser cada vez más posible en función del comportamiento de la administración actual. «Están dispuestos a sacrificar la seguridad nacional estadounidense y la paz global», indicó. «Si se trata de una estrategia electoral, realmente están jugando con fuego».

©2020. Los Ángeles Times. Distribuido por Tribune Content Agency. Traducción, Lorena Maya.

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