Trump siembra la inquietud en EE.UU. con su aviso de posible fraude electoral

La clase política rechaza de forma unánime retrasar las elecciones


nueva york / colpisa

Demócratas y republicanos tuvieron el jueves un inusual momento de unidad al rechazar la amenaza de Donald Trump de posponer las elecciones de noviembre «hasta que la gente pueda votar de forma adecuada y segura», pero nada de eso le hizo cambiar de opinión. Ni siquiera borró el tuit que ha hecho temblar al país. Al contrario, lo fijó desafiante en lo alto de la página durante todo el día para que a nadie se le pasara por alto y solo lo dejó correr con una advertencia: «Tenemos que saber el resultado de las elecciones la noche de las elecciones, no días, meses o incluso años después», ordenó. «¡Vamos a ganar las elecciones del 2020 a lo grande!».

El ingente crecimiento del voto por correo durante la pandemia facilitará la participación y eso no conviene a Trump, que cuenta con su base de leales para batir a los demócratas desmotivados que no logran entusiasmarse con Joe Biden y temen contagiarse de covid en los colegios electorales. Desde que las primarias empezaron a demostrar que el voto por correo favorece a los demócratas, el presidente lo ha atacado en 70 ocasiones, según la cuenta del Washington Post, pese a que los estudios revelan muy pocos casos del fraude que denuncia. De ahí que el editorial de ese periódico denunciase ayer que, si bien el presidente no tiene potestad para cambiar la fecha de las elecciones, con sus acusaciones infundadas está logrando minar la credibilidad del proceso democrático.

Desviar la atención

Esa puede ser la verdadera intención del mandatario, que prepara el terreno para poner en cuestión el resultado de las elecciones si no le son favorables, aunque el polémico tuit puede cumplir otro propósito más inmediato. Con él el presidente desvió la atención sobre el peor desplome de la economía en la historia de EE.UU. También le robó el protagonismo a título póstumo al congresista y líder de los derechos civiles John Lewis, cuyos funerales se celebraron horas después con la presencia de tres expresidentes -Barack Obama, George W. Bush y Bill Clinton-, pero sin él.

Los primeros sorprendidos fueron los colaboradores de Trump. En público y en privado, la Casa Blanca aseguró que no había ninguna discusión abierta sobre la fecha de las elecciones, pero por si acaso, sus más cercanos allegados que tendrán que respaldarle en la decisión fueron cautos en sus respuestas. El fiscal general del Estado William Barr se limitó a decir que no le han pedido que estudie la posibilidad de retrasar las elecciones. Por su parte, el secretario de estado Mike Pompeo respondió a todas las preguntas diciendo que las elecciones deben llevarse a cabo «de forma legal».

El Gobierno de Trump es experto en manipular y forzar la legalidad, pero los juristas insisten en que esta vez lo tendrá muy difícil. Las elecciones de EE.UU. no se ha pospuesto nunca, ni siquiera durante la guerra civil, cuando Abraham Lincoln advirtió en 1864 de que posponerlas sería asestar «la derrota al sistema». Tampoco Franklin Roosevelt aceptó hacerlo durante la Segunda Guerra Mundial. George W. Bush se planteó la posibilidad de tener que hacerlo en caso de atentado terrorista, pero fue su consejera de Seguridad Nacional Condoleezza Rice la que se lo quitó de la cabeza al recordar, con los precedentes citados, que nunca se había hecho algo así.

El líder del Senado Mitch McConnell, principal aliado de Trump en las tareas legislativas, quiso tranquilizar ayer a la opinión pública al asegurar que la fecha del 3 de noviembre «está escrita en piedra», pero el desasosiego ya ha cundido. Muchos temen que de una manera u otra el mandatario consiga interferir en el proceso electoral.

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