Una explosión atribuida a Israel obliga a Irán a ralentizar su programa nuclear

Teherán admite serios daños en equipamiento de la central de Natanz mientras Tel Aviv se prepara para una posible respuesta

El presidente de Irán, Hasan Rohaní
El presidente de Irán, Hasan Rohaní Iranian Presidency dpa | Europa Press

Jerusalén / Colpisa

La Agencia de Energía Atómica de Irán (AEAI) se refirió a la explosión ocurrida el jueves en la planta nuclear de Natanz como «accidente», pero una fuente de un servicio de Inteligencia en Oriente Medio consultada por The New York Times aseguró que fue «una bomba poderosa» colocada por Israel y un miembro de la Guardia Revolucionaria de la república islámica confirmó al diario estadounidense que se trató de un aparato explosivo. En Israel los informativos se hicieron eco de la noticia y dijeron que las fuerzas de seguridad se preparaban para una posible respuesta de Teherán, aunque el ministro de Defensa, Benny Gantz, quiso rebajar la tensión al decir: «No se nos puede culpar de estar detrás de todo lo que pasa en Irán». Gabi Ashkenazi, titular de Exteriores, fue menos evasivo y aseguró a la prensa local que «no se puede permitir a Irán dotarse de capacidad nuclear». «Llevamos [por ello] a cabo acciones de las que es mejor no hablar», agregó.

El portavoz de la AEAI, Behruz Kamalvandí, informó de que «muchos equipos de medición e instrumentos de precisión fueron destruidos en el accidente», según la agencia oficial IRNA y lamentó que el suceso «puede retrasar a medio plazo el desarrollo y la producción de centrifugadoras avanzadas». La explosión, que no causó víctimas, afectó a «uno de los cobertizos en construcción en el área abierta», donde estarían trabajando en centrifugadoras de última generación. «Debido a algunas consideraciones de seguridad, la causa y la forma de este accidente se anunciarán en el momento adecuado», reveló, dejando la puerta abierta a la especulación sobre un sabotaje.

En la última semana, la república islámica ha sufrido varias explosiones, una de ellas en el complejo militar de Parchin, donde se desarrolla una parte del programa balístico del país. Las fuentes consultadas por The New York Times explicaron que en esos casos, a diferencia de Natanz, no fue obra de los israelíes. «La duda es saber cómo van a responder», advierte Sima Shime, exagente del Mossad y directora del programa sobre Irán del Institute for National Security Studies (INSS). «No responder sería demostrar debilidad, pero tienen que hacerlo de una forma que no sea motivo para una escalada militar. Ni Irán, en medio de una grave crisis económica y con el coronavirus desatado, ni Israel, quieren una guerra», apuntó.

En el punto de mira

El programa nuclear iraní está en el punto de mira de EE.UU. e Israel, que desconfían de sus intenciones y creen que quiere tener un arma atómica. La planta que sufrió la explosión se llama Shahid Ahmadi Roshan, en recuerdo al científico asesinado en Teherán en el 2012 en una operación de la que los iraníes también acusaron a sus grandes enemigos. En el 2018, el Mossad logró infiltrarse en un almacén próximo a Teherán y robó abundante material secreto relacionado con los planes nucleares. Frente a la política de «presión máxima» impuesta por Donald Trump, quien mató el pacto nuclear de el 2015 al salirse de forma unilateral y volver a las sanciones, Teherán mantiene una estrategia de alejamiento reversible del texto acordado. Los iraníes anuncian cada paso y, tras aumentar sus reservas de uranio enriquecido por encima del máximo de 300 kilogramos y exceder el umbral de 3,67 % en la pureza, pusieron en marcha 40 centrifugadoras de cuarta y sexta generación, que violan el pacto de Viena. Pese a ello, siguen sujetos a las visitas de inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica.

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