Hemos entrado en la fase final de la era Trump

Un periodista de The Atlantic Online detalla cómo el mandatario estadounidense se enfrenta a la crisis sanitaria, económica y social, además de explicar sus contradicciones en política exterior

Trump camina a la iglesia episcopal de San Juan desde la Casa Blanca en medio de las protestas por la muerte de George Floyd
Trump camina a la iglesia episcopal de San Juan desde la Casa Blanca en medio de las protestas por la muerte de George Floyd

The Atlantic Online

Estamos ahora en el Götterdämmerung, la fase final de la era Trump. Comenzó rodeado de expertos que intentaron frenarlo. Llegó luego un período de arrogancia y acción, durante el cual se libró sistemáticamente de esos expertos y pudo actuar según sus caprichos. La tercera fase se inició cuando tropezó con sus contradicciones sobre China e Irán. Ahora finalmente hemos llegado a la tan temida crisis.

Durante tres caóticos años, Donald Trump salió del paso, al menos a los ojos de los republicanos, impulsado por la fuerte economía heredada de su predecesor y potenciado por la larga lista de deseos del partido Republicano, que incluía, entre muchos elementos, nombramientos judiciales, desregulación y la anulación del acuerdo nuclear con Irán.

Prácticamente todos los análisis consecuentes y comprensivos de la Administración Trump incluyeron, sin embargo, una advertencia: una crisis grave anularía cualquier progreso republicano y pondría a prueba a un presidente mal equipado y vengativo. En el fondo, todos esperábamos que el país tuviera suerte y se deslizara a través de estos cuatro años sin un incidente de cambio de paradigma. Pero si la suerte se gana, entones es que no teníamos derecho a ello.

La peor crisis posible llegó con el covid-19, que tiró de la debilidad del presidente y de la nación. Requirió conocimiento científico, disciplina, confianza en la autoridad, sacrificio y paciencia. Otra crisis llegó con la depresión económica. Y luego otra, con el brutal asesinato de George Floyd. Ahora más de 100.000 personas han muerto, más de 40 millones están desempleadas, y las protestas violentas se han diseminado por todo el país.

Trump está atrapado en una espiral descendente. Es incapaz de llevar a cabo las políticas necesarias para abordar cualquiera de estas tres crisis, por lo que se aferra a medidas espeluznantes ­­-acusando a periodistas de asesinato, retirándose de la Organización Mundial de la Salud, intentando enjuiciar a funcionarios de la Administración Obama-. Estas acciones simplemente empeoran las cosas, pero él todavía redobla la apuesta, una y otra vez.

Política exterior

La política exterior no es el problema más importante que afronta el país ahora mismo, pero en tan solo 48 horas quedó reflejado el absoluto caos que Trump está fomentando en todos los niveles de Gobierno. El jueves, el Parlamento Chino ratificó una nueva ley de seguridad para Hong Kong que efectivamente terminará con el modelo de «un país, dos sistemas».

Los Gobiernos de Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá y Australia lanzaron una declaración conjunta condenando la jugada y prometiendo actuar. La Unión Europea condenó la ley, pero no fue capaz de acordar ninguna medida punitiva. Diplomáticos estadounidenses estaban organizando una reunión presencial de la cumbre G7 para finales de junio en la que los líderes presentarían un frente unificado sobre Hong Kong, respaldándolo con acciones concretas -posiblemente imponiendo sanciones a China y con algunos de los miembros del G7 garantizando el estatus de refugiados a los ciudadanos de Hong Kong-.

Trump tuiteó que quería reunirse en persona, como una señal de la vuelta a la normalidad, después de los cierres por la pandemia. El primer ministro japonés, Shinzo Abe, y el presidente francés, Emmanuel Macron, sugirieron que asistirían. La canciller alemana, Angela Merkel, fue más prudente, pero dijo que participaría en el G7 de cualquier modo posible «para luchar por el multilateralismo». El acuerdo del G7 no era un trato cerrado, pero altos funcionarios de la Administración creían que las perspectivas eran buenas.

Protesta racista

El jueves por la noche estallaron las protestas por el asesinato de Floyd. El viernes, Twitter emitió una advertencia a Trump por amenazar con violencia con un tuit que decía: «Cuando comienza el saqueo, comienzan los disparos». Trump respondió intentando distraer la atención. Dio una conferencia de prensa en la que declaró que terminaría las relaciones con la OMS y anunció unilateralmente una respuesta a las acciones de China contra Hong Kong. En cuestión de horas, Angela Merkel hizo saber que se retiraba de la cumbre. Molesto, Trump dijo al día siguiente que posponía la cumbre e invitaba a Rusia, Australia, la India y Corea del Sur a sumarse.

El aplazamiento destruye cualquier esperanza de que una organización multilateral condene las acciones de China contra Hong Kong. Además, Rusia es un firme defensor de la posición de China, de que Hong Kong es un asunto puramente interno que no debería preocupar al resto del mundo. Algunos observadores pensaron que la invitación a más países fue diseñada para aislar a China, pero su efecto práctico fue entregar a Xi Jinping una gran victoria.

China tiene más roles de liderazgo en la Organización de las Naciones Unidas que los otros cuatro miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU combinados.

Hay que reconocer que algunos funcionarios de la Administración Trump intentaron construir una coalición internacional para poner freno a esta influencia. Obtuvieron una victoria a principios de este año cuando ayudaron a negar a China la presidencia de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual.

La terminación de las relaciones de Trump con la OMS dio un golpe mortal a este esfuerzo: otros países no seguirán el consejo de Washington sobre cómo deberían dirigirse las organizaciones de la ONU si creen que Estados Unidos se está desacoplando.

Esta decisión despeja el camino para que China avance en su esfuerzo por anular las normas liberales y democráticas mundiales. También daña los intereses vitales de Estados Unidos con respecto a la salud global.

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¿Cómo reparar el daño después de que se vaya?

La inclusión de Rusia en la cumbre del G7, un objetivo a largo plazo para Trump, también contradice la estrategia oficial de China de la Casa Blanca, lanzada el 20 de mayo. Modelada según NSC-68, uno de los documentos más importantes del período temprano de la Guerra Fría sobre la amenaza de la Unión Soviética, esta evaluación fue más allá de lo que la Administración ha ido antes al destapar la lógica de su rivalidad con Beijing. Aunque no menciona a Rusia, sí habla de una competencia de sistemas entre democracia y autoritarismo en la que Estados Unidos necesita una alianza global de democracias de ideas afines. El G7 proporciona la base de cómo construirlo, pero no si Rusia, una de las autocracias más peligrosas del mundo, está incluida como miembro.

El efecto de las acciones de Trump durante ese período de 48 horas fue lanzar una bola de demolición a los esfuerzos de su propia Administración sobre China. Si esto es lo que hace con la política de su propia Administración, que en realidad tenía alguna posibilidad de éxito si se ejercía con paciencia, disciplina y moderación, uno solo puede imaginar lo preocupado que estará de que sus acciones puedan impactar negativamente en los problemas y las personas que a él no le interesan.

Esto es lo que se espera para los próximos cinco meses. Cuanto peor sean las múltiples crisis, más arremeterá, con cada vez menos efecto, excepto para hacer que Estados Unidos sea impotente e irrelevante. El pueblo estadounidense pagará el precio.

No hay vuelta atrás desde el Götterdämmerung en lo que queda de la era Trump. La pregunta que enfrentan los altos funcionarios responsables de la Administración (hay varios a nivel principal y adjunto), los republicanos en el Congreso y los Gobiernos aliados no es cómo persuadir a Trump para que haga lo correcto, sino cómo limitar el daño para que el Gobierno pueda ser reparado después de que él se haya ido. Esto puede significar no instar a Trump a tomar medidas sobre las crisis, incluso si es necesario; eludir al presidente siempre que sea posible. Los gobernadores republicanos ya han declarado su independencia del líder de su partido, tratando de elaborar un enfoque bipartidista en el Congreso sobre cuestiones de política exterior, como cómo competir con China en instituciones internacionales y protegerse contra la interferencia rusa; y usando sus propias distracciones para desviar su atención de decisiones verdaderamente consecuentes. Llámelo fortificación de la democracia constitucional y de los intereses internacionales de Estados Unidos. Restan 231 largos días sin nada más que tormenta.

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(C) 2020 Copyright by The Atlantic Monthly Group. All Rights Reserved. Distributed by Tribune Content Agency, LLC. Traducción, Lorena Maya.

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Fue como si alguien hubiese prendido la mecha. Casi tan pronto como apareció en las redes sociales el vídeo mostrando a un hombre negro luchando por respirar -y finalmente quedando en silencio- con su cuello bajo la rodilla de un oficial de policía blanco de Mineápolis, los estadounidenses negros del barrio de Longfellow salieron a las calles reclamando justicia.

En cuestión de días, la ciudad ardía, con los concentrados prendiendo fuego a tiendas y a una comisaría de policía. Las manifestaciones se extendieron rápidamente a Los Ángeles, donde los activistas bloquearon una autopista, y a Atlanta, donde quemaron un vehículo policial y rompieron las ventanas de la sede central de la CNN. Viendo lo que sucedía en las noticias, Christie Peters, una contratista de 43 años de Atlanta, lloró durante tres días. «Es asumir demasiado», dijo. «Creo que me siento inútil, porque lo que le pides a los negros que hagan es tener fe en un sistema donde casi todas las posiciones de poder están dirigidas por personas que parecen, hablan y votan como las mismas personas que están perpetrando esto contra nosotros. Entonces, ¿cómo tienes fe en ese sistema?»

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