El conflicto racial mete a Trump en un nuevo aprieto en plena precampaña

La gestión de la pandemia por parte del presidente ha mermado sus posibilidades

Un hombre arrodillado alza los brazos ante la llegada de agentes de la Guardia Nacional en Mineápolis
Un hombre arrodillado alza los brazos ante la llegada de agentes de la Guardia Nacional en Mineápolis

redacción / la voz

Arde Estados Unidos. No es la primera vez. Los problemas de racismo y violencia policial contra la población negra no han llegado nunca a extinguirse. La muerte de otro afroamericano, George Floyd, a manos de un policía prendió la mecha la semana pasada provocando, primero, una marcha pacífica en Mineápolis para pedir justicia. Hasta ahí, este nuevo suceso habría acortado probablemente las probabilidades, mermadas ya según las encuestas, de Donald Trump de repetir mandato. Pero entonces llegó la violencia. Y, como apuntan algunos analistas citados por la prensa norteamericana, eso podría volverse a favor del presidente.

Basta ver lo que ocurrió en las elecciones de 1968. Los violentos levantamientos en varias ciudades —en Washington D.C. hubo 13 muertos y más de 7.600 detenidos— derivados del asesinato de Martin Luther King J.R., en abril de aquel mismo año, dieron la victoria en noviembre al republicano Richard Nixon por solo una pequeña diferencia con su contrincante Hubert Humphrey. La razón la recoge el profesor de política de la Universidad de Princeton Omar Wasow en su estudio How 1960s Black Protests Moved Elites, Public Opinion and Voting. Ahí se observa cómo protestas pacíficas como las que marcaron la pauta del Movimiento por los Derechos Civiles promulgado por el doctor King contribuyen a la causa de los manifestantes que, además cuentan con el favor de la prensa. Pero las que implican violencia pueden volvérseles en contra al generar temor e inseguridad en la población. No es complicado entender entonces por qué en 1968 acabó ganando Nixon. Lo que ocurrió fue que dentro de la heterogénea balsa demócrata, muchos votantes liberales tiraron hacia la opción más conservadora por miedo a la inestabilidad y prefirieron apoyar al candidato republicano.

Aunque el contexto histórico es radicalmente diferente con un Donald Trump desgastado por su gestión en el coronavirus, el hasta ahora hombre anónimo George Floyd también ha muerto en abril y, curiosamente, este año en Estados Unidos también habrá elecciones en noviembre.

No parece casualidad el mensaje lanzado por Donald Trump en algunos de los tuits que escribió esta semana y que provocaron la reacción de algunos alcaldes como la major de Chicago, Lori Lightfoot. Afroamericana y lesbiana, el viernes por la tarde la demócrata respondió con contundencia a las amenazas de Trump contra los manifestantes: «El comentario de Donald Trump de anoche fue profundamente peligroso. Su objetivo es polarizar, desestabilizar al gobierno local e inflamar los impulsos racistas. No podemos dejar que prevalezca», dijo en una rueda de prensa.

La alcaldesa respondía de esa forma al desafío lanzado por el presidente, no solo contra los manifestantes, también contra alcaldes como el de Mineápolis, el joven demócrata Jacob Frey: «No puedo retroceder y ver que esto suceda en una gran ciudad estadounidense. Una falta total de liderazgo. O el muy débil alcalde de la izquierda radical, Jacob Frey, actúa y pone la ciudad bajo control, o enviaré a la Guardia Nacional y haré el trabajo bien», dijo en un tuit el presidente.

Efectivamente, la Guardia Nacional acabó desplegándose. Es más, no solo lo hizo en tierras de Jacob Frey. Según la cadena NBC los reservistas también fueron desplegados en media docena de estados: Georgia, Kentucky, Wisconsin, Colorado, Ohio y Utah. Y al igual que el alcalde Frey o la alcaldesa Lightfoot, sus homólogos de ciudades como Atlanta, Cleveland, Columbus, Ohio, Denver, Los Ángeles, Filadelfia, Pittsburgh, Portland o Seattle tuvieron que decretar el toque de queda.

La violencia continúo extendiéndose y ahogando la voz de los manifestantes pacíficos que pedían justicia para George Floyd y para sus propios mártires, como Breonna Taylor, una enfermera de Louisville que luchaba contra el coronavirus, pero que fue abatida en su casa por la policía en marzo durante un registro por drogas.

Pero esa violencia no la quieren ni las organizaciones por los derechos civiles, ni tampoco los alcaldes que defienden acabar de una vez por todas con las diferencias raciales. La exjueza afroamericana, titular de esa cartera en Atlanta, y una de las favoritas para optar a la vicepresidencia de la mano del candidato Joe Biden, Keisha Lance Bottoms, lo dejó claro: «Lo que veo en las calles de Atlanta no es Atlanta. Esto no es una protesta. Esto no está en el espíritu de Martin Luther King, J.R.».

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