Los combates se recrudecen en Libia con una contraofensiva del mariscal Haftar

El mililtar rebelde lanza un contraataque tras la pérdida de dos ciudades estratégicas, a pesar del coronavirus y las llamadas a un alto el fuego

Combatientes del Gobierno de unidad libio sostenido por la ONU
Combatientes del Gobierno de unidad libio sostenido por la ONU

Trípoli / Efe

Los combates en Libia lejos de disminuir han aumentado, a pesar de la pandemia y las llamadas a un alto el fuego de las Naciones Unidas. Las milicias bajo el mando del mariscal Jalifa Haftar, tutor del Gobierno no reconocido por la ONU en Tobruk (este de Libia) y hombre fuerte del país, lanzaron este martes una serie de ataques en diversos puntos del oeste del país que causaron once muertos, en respuesta a la pérdida el lunes de dos importantes ciudades en la costa que se extiende hacia Túnez.

Fuentes militares del llamado Gobierno de Acuerdo nacional (GNA) sostenido por la ONU en Trípoli informaron a Efe de que al menos ocho de sus hombres perdieron la vida en un bombardeo perpetrado esta mañana por «aviones emiratíes» en la localidad de Gadu, en las montañas de Nafusa, próxima a la frontera tunecina.

La zona es escenario de intensos combates desde que el lunes el GNA anunció la toma de la localidad de Sorman, bajo control de la una Brigada salafista aliada de Haftar y la reconquista de la histórica ciudad de Sabratah, situada a un centenar de kilómetros de la capital, Trípoli, a medio camino de la frontera con Túnez, además de las pequeñas poblaciones de Al Ajilat, Al Jameel, Rikdalain y Zalatín. Tres milicianos murieron en los bombardeo en los barrios periféricos de Abu Selim y Suq Yumua, en el estratégico cinturón rural que rodea Trípoli, clave para la conquista y defensa de la capital, explicaron las fuentes. 

«Vuestros hijos volverán en ataúdes»

En este ambiente bélico, el presidente del GNA, Fayez al Serraj, advirtió en un mensaje a la nación que la ofensiva proseguirá hasta «liberar todas las ciudades secuestradas» y advirtió al Ejecutivo en el este de que devolverá a todos sus combatientes «en ataúdes».

La operación responde a las «violaciones continuas del armisticio» propuesto el pasado 24 de marzo por la ONU para luchar contra el COVID-19, que «han causado la muerte de civiles, incluidos niños y mujeres... Nos enfrentamos a legiones empujadas por capitales (del mundo) que nos muestran lealtad durante el día y conspiran contra nosotros al amparo de la oscuridad», denunció.

«Enviaron a sus hijos a morir en la agresión de nuestra tierra y se volverán en ataúdes», agregó Al Serraj, en alusión a los mercenarios rusos, sudaneses y chadianos que combaten en las filas de Haftar y a las armas que le venden tanto Egipto como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, los principales aliados de las fuerzas del este (LNA).

El GNA cuenta, por su parte, con el apoyo de Turquía, único país que ha enviado tropas oficialmente a territorio libio, y de Italia, e incluye en sus filas mercenarios sirios y kurdos enviados por Ankara.

«Las fuerzas del Ejército continúan su progreso de acuerdo con el plan elaborado por el mando central en el marco de la operación Tormenta de la Paz, que responde al bombardeo continuo de los barrios de la capital», insistió el portavoz de las milicias asociadas al GNA y a su aliado la ciudad-estado de Misrata, coronel Mohamad Guenenu.

«El objetivo es expulsar a los delincuentes, y lograr la seguridad y la estabilidad en la región y evitar los ataques contra propiedad privada o pública», agregó.

Entre el COVID-19 o las bombas

La capital libia, bajo asedio de las tropas del mariscal Haftar desde hace abril del 2019, afronta desde el fin de semana la fase más dura e inhumana de la guerra, privada de agua corriente, gas y electricidad, y amenazada tanto por los bombardeos diarios como por la propagación de la pandemia del COVID-19.

Sin capacidad médica por falta de materiales e infraestructuras, saturados los escasos hospitales por los heridos en los combates, y hacinados y desplazados de sus hogares desde hace más de un año, algunos de los 200.000 libios que se han visto obligados a desplazarse han comenzado a volver a sus casas en el frente de batalla, pese a las bombas, asustados ante el avance del virus.

«Que tengan que elegir entre el COVID-19 y las bombas muestra el grado de tragedia al que se enfrenta Libia», advirtió el lunes la subdelegada del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), María Carolina.

Las cifras del avance de la enfermedad en Libia se desconocen, aunque el impacto es evidente, en particular por la reducción de la ayuda y de la actividad de algunas de las agencias de la ONU, organización que hace tres semanas pidió, sin éxito, un alto el fuego a los contendientes para frenar la pandemia.

«Las autoridades deben garantizar que se facilite la entrega de ayuda humanitaria al tiempo que se mantienen medidas preventivas como el distanciamiento físico o quienes dependan de ella sufrirán enormemente. El COVID-19 se suma a años de conflicto en el que las familias han visto interrumpidos sus servicios públicos y las oportunidades de trabajo se desvanecen ”, advierte el CICR.

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