«A Nicaragua le cuesta respirar»

Un cooperante gallego en el país centroamericano reclama justicia y solidaridad con una nación masacrada


lugo / la voz

«Me duele respirar y a Nicaragua, le cuesta», fueron las últimas palabras de Álvaro Conrado, aunque allí, en su tierra, lo conocían como Alvarito. Era estudiante y fue asesinado de un tiro en el 2018. Creían que llevaba algo en la mochila, pero cuando se la abrieron para comprobarlo, Álvaro apenas respiraba y sus asesinos vieron que eran solo botellas de agua. No lo atendieron en el hospital, por orden directa de los mandatarios del Gobierno de Daniel Ortega. Igual de dolorosa es la historia de Júnior Gaitán de Masaya, que fue asesinado a quemarropa. Tenía tan solo 15 años.

Ángel Ernesto Gahona era periodista. Tenía 42 años y dos hijos, la más pequeña, de 4. También daba clases de Derecho. Fue asesinado de un tiro el 21 de abril del 2019 mientras transmitía en directo la represión de una protesta en Bluefields, en la costa del país. Se oyó el disparo y la cámara cayó al suelo. Las de Alvarito y Ángel Ernesto son dos de las miles de historias que esconde la masacre que vive Nicaragua.

En las zonas rurales del país hay hambre. Son algunas instituciones internacionales las que muestran su apoyo, pero nada es suficiente cuando son miles las personas afectadas desde hace décadas. A la falta de pan se suma el analfabetismo y la falta de medios económicos. La violencia, dicen, es inimaginable.

«Alí chámannos golpistas porque o noso traballo vai en contra do que quere o Goberno. Apoiamos ás familias que teñen aos seus fillos presos ou mortos». Así empieza el sobrecogedor testimonio de una persona que conoce de primera mano la realidad de Nicaragua. Por seguridad no se publicará su nombre y Carlos García será un seudónimo para proteger y preservar el trabajo que hace en el país. Hace hincapié en lo peligroso que sería decir su nombre o difundir algún dato personal que pueda permitir que lo identifiquen. Aunque Nicaragua esté al otro lado del Atlántico, él sabe que si lo reconocen se podría enfrentar a penas de prisión o a una expulsión inmediata del país. Le llegaron a decir que se marchase, pero son muchos años de lucha contra el régimen de Daniel Ortega, presidente de Nicaragua y líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

La política del miedo

Carlos dice que siente vergüenza por su miedo, pero quiere y necesita denunciar la realidad diaria en Nicaragua. Él y otras muchas personas trabajan desde la clandestinidad y hacen una labor invisible, pero fundamental. Desde abril del año pasado han sido asesinadas 328 personas cuyos nombres y apellidos figuran en una lista de fallecidos, por lo que se deduce que el número podría ser mayor. 68 eran campesinos. Son más de 2.000 los heridos que aún tienen secuelas y no hay cifra oficial de desaparecidos. Se calcula que hay entre 60.000 y 80.000 exiliados.

Desde abril, se encarcelaron y torturaron a más de 1.000 presos políticos de los que 68 aún siguen en prisión. La libertad de prensa también está siendo seriamente atacada en el país. Muchos periodistas se exiliaron para sobrevivir y tan solo algunos regresaron.

«A loita é da xuventude, das mulleres, dos campesiños», explica García. En todos estos años, ha visto como encarcelaban gente a la que quería y también ha sentido en primera persona el golpe de los asesinatos y de las torturas.

Carlos lleva muchos años viviendo una situación límite y dolorosa, pero cuenta que el sentimiento que lo invade a diario es la indignación y la impotencia, «el sentir que no se puede hacer nada, el pensar que ojalá se haga justicia». Él y todos sus compañeros de viaje se dan ánimos mutuos, la única forma de sobrellevar una situación hiriente y desoladora que invade todos los aspectos de la vida. Pero Carlos también habla de orgullo y cuenta cómo el pueblo de Nicaragua ha luchado sin armas para exigir una vida digna. Para recordar que aún queda esperanza y que la gente «está cada vez más unida, reclamando libertad, pidiendo justicia, que cese la violencia y que se libere a todos los presos políticos».

Pero los asesinatos no se olvidan ni tampoco las atrocidades de los últimos años. El Museo de la Memoria es un proyecto que salió de las madres de los asesinados, apoyados por la Universidad Centroamericana de los Jesuitas (UCA). La muestra pasará por distintos países del mundo para recordar y honrar a las personas asesinadas en Nicaragua. No están todos los asesinados, pero sí los nombres y apellidos de todas aquellas familias que han decidido dejar algo personal de los hijos que les han sido arrebatados. Hay ropa, objetos personales e incluso libros. Porque todo es poco para recordar a aquellas personas que se han ido «defendiendo la vida», cuenta Carlos.

La situación de las mujeres

En Nicaragua, se convocan manifestaciones multitudinarias y protagonizadas por mujeres. Muchas son víctimas de la violencia machista. «Allí señalamos a los hombres cuando las asesinan, el tratamiento ante los feminicidios es totalmente distinto al que se hace aquí», explica Carlos, que también asegura que apuntan todos los nombres de las mujeres a las que les han quitado la vida. En el 2019 hubo 63 feminicidios que dejaron 65 huérfanos en Nicaragua. Y lo más desolador es que tan solo cinco de los agresores fueron sentenciados.

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