El anuncio de Turquía, esta semana, de que enviará tropas de tierra a combatir a Libia del lado del Gobierno del Acuerdo Nacional de Fayez al Sarraj frente a las tropas del general Jalifa Haftar que rodean Trípoli, hace prever un nuevo giro en el drama libio, que ya dura casi ocho años. No solo se alterará otra vez el equilibrio de fuerzas en la guerra civil, sino que, casi con toda seguridad, el movimiento turco se verá contrarrestado por otro similar por parte de los aliados de Haftar. Rusia ya tiene mercenarios sobre el terreno. Los Emiratos tienen drones y cazas de combate. Ahora Egipto también podría acabar enviando soldados para proteger a Haftar.

Los motivos de Turquía para inmiscuirse tan claramente en el conflicto son solo vagamente ideológicos. Es cierto que el Gobierno de Al Sarraj se sostiene sobre milicias islamistas, mientras que Haftar es laico y antiyihadista. Pero a Haftar le apoyan países tan poco laicos como Arabia Saudí y los Emiratos, y a Al Sarraj organizaciones tan poco proyihad como la ONU o la UE.

Para todos ellos, esta guerra es una cuestión de geoestrategia y lo mismo sucede con Turquía. En lo concreto, Ankara ha arrancado del Gobierno libio un acuerdo de límites marítimos en virtud del cual Trípoli le reconoce jurisdicción al norte de sus aguas territoriales en el Mediterráneo y a lo largo de un área donde hay importantes reservas de gas que Turquía le disputa a Chipre, Israel y Egipto. En un sentido más general, Ankara ve en Libia una oportunidad para continuar el sueño de Recep Tayyip Erdogan de crear una esfera de influencia en zonas que, históricamente, estuvieron vinculadas al Imperio otomano.

El otro escenario principal de este proyecto neootomano es el norte de Siria, lo que suscita un asunto complejo. Tanto allí como en Libia, Turquía y Rusia apoyan a bandos distintos en una guerra civil. Por otra parte, ambas potencias cooperan entre sí. ¿Cómo entender esta contradicción? En política internacional, son posibles fórmulas que combinan la cooperación y la rivalidad. Turquía y Rusia están de acuerdo en ayudarse mutuamente para limitar la presencia norteamericana en Oriente Medio y el Norte de África, porque es gracias a eso que están ampliando sus zonas de influencia.

Su rivalidad se reduce a las fronteras concretas de esas nuevas zonas de influencia y a las milicias locales o ejércitos que apoyan para conseguirlo. Es un conflicto que, usado con prudencia y cinismo, se convierte en una forma de simbiosis inamistosa. Está lejos de ser un ejemplo único en la esfera internacional, pero pocas veces se puede observar tan claramente esta fórmula.

Por eso es improbable que turcos y rusos lleguen a enfrentarse directamente en Libia, del mismo modo que esto no ha sucedido en Siria. El efecto que esto tenga en la propia Libia ya es otra cuestión. Como en Siria, posiblemente la consecuencia sea el enquistamiento de las líneas de frente. Por una parte, esto proporciona estabilidad. Por otra, prolonga el conflicto. Y tras casi ocho años de guerra tanto en Siria como en Libia, quizás eso es lo peor que puede pasar.

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La extraña rivalidad entre Turquía y Rusia