Jean-Claude Juncker dice adiós a Bruselas y pasa a la reserva

El luxemburgués será recordado por su peculiar humor y por ser el dirigente que evitó la salida de Grecia del euro

Jean Claude-Juncker, en su última comparecencia como presidente de la Comisión Europea en la abarrotada sala de prensa del edificio Berlaymont, la sede del Ejecutivo de Bruselas
Jean Claude-Juncker, en su última comparecencia como presidente de la Comisión Europea en la abarrotada sala de prensa del edificio Berlaymont, la sede del Ejecutivo de Bruselas

Bruselas / Colpisa

«Bueno, se acabó, que tengo hambre». Así cerraba el viernes Jean Claude-Juncker su última comparecencia como presidente de la Comisión Europea en la abarrotada sala de prensa del edificio Berlaymont, la sede del Ejecutivo de Bruselas. Esa frase, en boca de otro político, hubiera golpeado como una insolencia, pero dicha por el luxemburgués (y teniendo muy en cuenta su perfil y el contexto, su despedida) se tomó con humor; era otro «detalle Juncker».

El líder que ha sido referencia de la UE los últimos cinco años (aunque entregado al proyecto común muchos más como presidente del Eurogrupo y del Consejo Europeo) pasa a la reserva. A poco más de una semana de cumplir los 65, cede su despacho a Ursula von der Leyen a la que deja solo un mensaje: «Cuide de la Unión Europea». Y le desea mejor suerte que la que ha tenido él, marcada por una concatenación de conflictos que han situado el proyecto común en una situación delicada.

La espina del «brexit»

La crisis de la deuda soberana, el colapso económico de Grecia, el flujo descontrolado de refugiados que huían de la guerra de Siria y el ascenso del euroescepticismo han golpeado la legislatura del veterano luxemburgués. Será recordado como el dirigente que evitó que Grecia fuera expulsada del euro. Algo en lo que ha venido incidiendo mucho los últimos meses, sin obviar la crítica a las capitales. Y se va con la espina del brexit. En comparecencias públicas y entrevistas ha lamentado no haber entrado de lleno en la campaña del referendo del 2016 para defender el mensaje proeuropeo.

Juncker ha sabido escuchar y, con su particular estilo, conciliar. Deja infinidad de gestos y pronunciamientos que han marcado, para bien y para mal, su imagen ante el gran público. El político conservador es ese tipo que con descaro plantaba a un líder europeo lo mismo un beso en la boca que una pequeña bofetada, el que revolvió el cabello rubio de una funcionaria frente a las cámaras, el que ironizó ante Theresa May con una tirita en su mejilla por un corte mientras se afeitaba o el que recibió al reaccionario húngaro Víktor Orbán con un «bienvenido dictador».

Y también aquel que en julio del 2018, durante la cumbre de la OTAN en Bruselas, se mostró torpón, tambaleante, hasta el punto de tener que ser sostenido por varios primeros ministros. Una imagen que disparó los rumores sobre su supuesto problema con el alcohol y su delicado estado de salud. En tres meses ha pasado dos veces por el quirófano. En agosto para una extracción de urgencia de la vesícula biliar. Y el pasado día 12 de por un aneurisma aórtico. Cuando el viernes se le cuestionó por su futuro, se limitó a asegurar que está «fuera de aquí». Pero tendrá un despacho en Berlaymont, acceso a determinada información y la posibilidad de disponer de chófer.

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