El primer ministro de Etiopía, premio Nobel de la Paz

El galardón concedido a Abiy Ahmed es un reconocimiento a la audacia de un reformador

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El primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, premio Nobel de la Paz El comité noruego lo ha premiado por resolver el sangriento conflicto fronterizo con Eritrea.

Redacción

El premio Nobel del 2019 concedido a Abiy Ahmed es un reconocimiento a la audacia y a la esperanza. Hahmed, que lleva menos de dos años al frente del Gobierno de Etiopía, con 43 años y procedente del grupo étnico más numeroso pero hasta ahora más alejado de los centros de poder, ha logrado en muy poco tiempo abrir los caminos a la reconciliación que el país necesita para no descarrilar de nuevo en esa inestable plataforma de despegue económico. El camino está sembrado de minas, con algún atentado sin consecuencias contra el propio Ahmed, atribuido a las élites descontentas con la liberación de presos políticos, con un supuesto trato de favor para apaciguar las revueltas de los oromo (etnia de la que él procede), con un sutil pero decidido desplazamiento de grupos tradicionalmente dominantes y, sobre todo, por el acercamiento a Eritrea.

Ahmed fue ministro de Ciencia y Tecnología en un país que basa su estrategia para dejar la lista de los países más empobrecidos del mundo en la universalización de la educación y la sanidad y en la renovación de algunas estructuras productivas (sobre todo la agricultura) casi medievales. Accedió a la presidencia del Ejecutivo etíope después del breve paréntesis de otro reformista, Hailemariam Desalegn, sucesor de una élite política que protagonizó la derrota del régimen comunista de Mengistu y que dominó el país durante más de veinte años. Un largo período en el que Etiopía logró innegables avances económicos (creció a ritmos superiores al 10 %), respaldo de las grandes potencias en un contexto regional de amenaza islamista, y una cierta estabilidad social. Y todo ello en un escenario político que se movió entre la dictadura imperfecta y la democracia defectuosa, con una Constitución federal que reorganizó el país, a partir de los primeros años noventa, en territorios definidos por criterios étnicos y que consagra el derecho a la secesión de las regiones que la integran.

Eritrea en el horizonte 

El premio Nobel de la Paz al primer ministroAhmed lo fundamenta el Comité Noruego en el acuerdo de reconciliación suscrito con Eritrea, el territorio que después de un referendo de independencia se desgajó de Etiopía en 1993 y le cegó su salida al mar. Aquello no solo desató otra guerra que desangró por última vez la región hasta el año 2000, sino que abonó odios que parecían eternos y rompió familias y amistades.

Hace alrededor de siete años, con el todopoderoso primer ministro y exguerrillero Meles Zenawy todavía vivo, y cuando había ya un armisticio pero ni el menor atisbo de reconciliación con Eritrea, le pregunté en Adís Abeba a una mujer, viuda en vida de un hombre de origen eritreo deportado después del referendo de secesión, en qué creía que había mejorado la situación. Con el dolor incrustado en el alma para toda la vida, pero sin rencor y sin asomo de dudas me respondió: «Que ya no hay guerra».

Hoy Etiopía, un país con más de cien millones de habitantes que sigue luchando por sacudirse la imagen de miseria proyectada durante décadas, da pasos insospechados hasta hace muy poco. Abiy Ahmed, su joven primer ministro, que procede del partido que dominó de manera absoluta el país desde 1991 pero que es un renovador convencido, cree que la transformación es posible desde dentro. Su sorprendente designación coincidió casi en el tiempo con otros dos hechos que han servido para proyectar la imagen de deseo de renovación de Etiopía. Por primera vez una mujer era elegida para la presidencia de la República y por primera vez una mujer asumía la presidencia del Tribunal Supremo.

Semejanzas

El primer ministro galardonado con el Nobel de la Paz recuerda en muchos aspectos al Adolfo Suárez que desde el régimen inició la difícil travesía hacia la democracia. Ahmed accedió al poder sin pasar por las urnas tras la dimisión de su antecesor y afrontará las elecciones legislativas el próximo año con el bagaje de una incipiente e ilusionante apertura para Etiopía, que sigue arrastrando, no obstante, graves problemas de pobreza, desigualdad y derechos civiles. Pero quizás la medalla del Nobel que a partir de ahora exhibirá en su solapa le servirá para acelerar la dinámica de los cambios en un país que ha sufrido como pocos a lo largo de la historia y para derrotar a los poderes fácticos que alientan un etnicismo que lo que esconde son las ansias de controlar el poder y la economía.

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