Jacques Chirac, el estadista de raza que resucitó a la derecha francesa

Tuvo el deshonor de ser el primer ex jefe de Estado en ser condenado por corrupción

Jacques Chirac, en una imagen de archivo
Jacques Chirac, en una imagen de archivo

París / E. La Voz

Con la desaparición de Jacques Chirac, los franceses pasan página a cuarenta años de historia política. El 22.º presidente de la República falleció el jueves a los 86 años. Su alejamiento de la vida pública en los últimos años le sirvió para ganarse el reconocimiento de los ciudadanos, que le recuerdan ahora como el político de raza que devolvió el poder a la derecha, tras 14 años de presidencia de la izquierda, o el estadista que derrotó al ultraderechista Jean Marie Le Pen y supo decir no a Estados Unidos en su pretensión de arrastrar a Francia a la guerra en Irak en el 2003.

Chirac dominó durante medio siglo la derecha francesa, a la que fue modelando conforme él mismo fue evolucionando a lo largo de los años. Cuando dejó el poder pidió a los franceses que no se dejaran seducir por «el extremismo, el racismo, el antisemitismo o el rechazo del otro». Él, que quince años antes decía comprender que un trabajador francés «se vuelva loco» cuando tiene como vecino a un inmigrante «con tres o cuatro mujeres, una veintena de hijos, el ruido y los olores».

Chirac inauguró la primera cohabitación de la V República al ganar las legislativas de 1986, con el socialista François Mitterrand como presidente. Al tercer intentó logró acceder al Elíseo, que habitó de 1995 al 2007.

En el año 2005, un derrame cerebral puso fin a sus ambiciones y tuvo que renunciar a presentarse a la reelección dos años después, cediendo el terreno a Nicolas Sarkozy, al que consideraba un traidor desde que en las presidenciales de 1995 apostó por su adversario, el también conservador Edouard Balladur. Por si quedaba alguna duda de esa enemistad, al menos política, Chirac no dudó en decir alto y claro el 11 de junio del 2011 ante las cámaras de televisión: «¡Voy a votar por [el socialista] François Hollande.

Cada año, como toda la clase política francesa, Chirac acudía al Salón de la Agricultura para pasar horas y horas, pero era el único que parecía sincero en ese ritual de escuchar las quejas de los agricultores mientras acariciaba una vaca tras otra.

También tuvo el privilegio, menos glorioso, de ser el único presidente de la República francesa en ser condenado por corrupción: dos años de cárcel exentos de cumplimiento por una serie de empleos ficticios contratados por el Ayuntamiento de París cuando él era alcalde, pero que, en realidad, trabajaban para su partido. Ayer, entre las múltiples alabanzas se oyeron algunas voces críticas, como la del juez Eric Halphen para quien Chirac quedará como «el jefe de Estado que ha degradado la función presidencial» al mostrar «el lado malo de la política, el de quien se sirve de los mercados públicos para enriquecer un partido y llegar al poder».

No era ningún secreto el afán de seducción de Jacques Chirac, al que se le atribuyeron distintos romances, entre ellos uno con una periodista de Le Figaro. Su mujer, Bernadette, se lo confirmó al autor de su biografía: «Al principio me dio mucha pena. Después me hice a la idea. Me dije que era la norma y que había que soportarla con la mayor dignidad posible». Esas infidelidades no le han impedido terminar su vida junto a su mujer, de quien dijo: «Sin ella sería desgraciado como las piedras».

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