La decisión del Tribunal Supremo británico de anular la suspensión del Parlamento por parte del primer ministro Boris Johnson es un duro golpe para el Ejecutivo. Uno diría que no solo para este Ejecutivo, sino también para los que vengan en el futuro, puesto que establece un insólito precedente que limitará lo que hasta aquí había sido una prerrogativa indiscutida del Gobierno. En términos prácticos, su importancia es menor.

Antes de su suspensión, la Cámara ya votó una prórroga de la fecha del brexit, con lo que la sensación de urgencia que motivó el recurso a los tribunales ya no existe. Ciertamente, el Parlamento pasa ahora a controlar todo el proceso del brexit, pero esto se traduce únicamente en que tendrá tres o cuatro semanas a mayores para seguir agonizando en torno a un asunto que no ha podido resolver en tres años. Luego, en noviembre o diciembre, habrá unas elecciones generales y estas lo decidirán todo. Si Boris Johnson logra una clara mayoría, como pronostican las encuestas, poco importarán estas pequeñas victorias judiciales de los anti-brexit, el proceso político volverá a estar en sus manos, esta vez sin límites ni ataduras.

La alternativa a esto es a la vez improbable e indeterminada. Si hubiese sorpresa y quien ganase esas futuras elecciones fuese el laborista Jeremy Corbyn, entraríamos en una nueva dimensión de la agonía, a juzgar por lo que se ha visto en el caótico congreso del Partido Laborista en Brighton.

A instancias de Corbyn, los laboristas han aprobado allí lo siguiente: que, si ganan, volverán a negociar el brexit (otra vez) para luego someterlo a referendo (otra vez), enfrentado a la posibilidad de permanecer en la UE (algo que ya se votó y fue rechazado en un referendo previo). ¿Cuál de las dos opciones apoyará el Partido Laborista? Eso lo decidirán después de que pasen las elecciones, para no perder votantes pro-brexit ni anti-brexit. Ni que decir tiene que lo más probable es que los pierdan por ambos lados. La ambigüedad, que en el Partido Laborista de Jeremy Corbyn empezó siendo una estrategia, se ha convertido en ideología. 

Cada una de esas cosas hace más probable que Gran Bretaña salga de la UE sin acuerdo. Como decíamos, las posibilidades electorales del campo anti-brexit son pequeñas, y Johnson, que en principio quiere un acuerdo, se está viendo empujado cada vez más hacia el brexit duro. Le empuja un sector indisciplinado de su partido, que cree que, en vista de los obstáculos, esa es ya la única manera que garantiza salir de verdad de la UE. Le empuja también la UE, que ya ha convertido en un asunto de honor el humillar a Johnson. Y le empuja hacia ahí la oposición, que se distrae y distrae al Gobierno con escaramuzas judiciales inútiles como la del martes, mientras el reloj corre y el tiempo para una salida sensata y negociada de la UE se acaba.

El «brexit» en primera persona: así le afecta ya a los gallegos que viven en Reino Unido

Gladys Vázquez

El país ahora azotado por la amenaza de la desconexión sin acuerdo, es la cuarta nación europea con más población de nuestra comunidad. Gallegos que en algunos casos han sido ya desplazados por sus empresas, otros que no dejan de trabajar en mudanzas de retorno a casa, o los que se preguntan qué harán con una vida a caballo entre dos países si se restringen los movimientos de personas

Son las dos palabras en una que más se han repetido en los últimos tres años. Brexit, ese Britain y Exit que, aunque aún sin revolver, y en plena tormenta política y diplomática, ha marcado ya un capítulo trascendental en la historia del Viejo Continente.

Brexit es Reino Unido, David Cameron, Theresa May y Boris Johnson, pero más allá de la batalla política y parlamentaria de un país, la salida de Reino Unido de la Unión (después de 43 años de peculiar convivencia) están provocando que se tambaleen los cimientos comunitarios y la estabilidad de los países vecinos. 

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Otra victoria pírrica de los «anti-brexit»