La ruta hacia el norte, un camino sin vuelta atrás


méxico / E. La Voz

Josué Benjamín tiene 17 años y es de Ciudad Arce, un municipio a 40 kilómetros de San Salvador. «No hay trabajo, apenas te pagan cinco dólares por jornada», se queja, mientras descansa en Huixtla (Chiapas). La falta de empleo es el motivo que le llevó a dejar su país y probar suerte en la ruta hacia EE.UU. Ciudad Arce está controlada por la Mara Salvatrucha (MS-13), que junto al Barrio 18 es una de las dos pandillas que operan en Centroamérica, sur de México y EE.UU. Pero el problema de Benjamín no es la violencia, sino la escasez. «Los pandilleros no molestan, solo la policía», dice.

No es buen momento para migrar hacia el norte, tras la firma del pacto entre México y EE.UU., pero Benjamín no tiene intención de dar marcha atrás. Se encuentra con un grupo de otros siete migrantes. Los hay hondureños, salvadoreños, guatemaltecos y cubanos. La presencia de retenes del Instituto Nacional de Migración en la carretera les obliga a caminar por la vía del tren. Es un territorio peligroso. Conforme más se apartan, más se exponen. «Aquí suelen asaltar», dice uno. «No, es más adelante», dice otro.

«Nos encontramos en una situación similar a la de hace años. Tenemos muchas denuncias de robos, de golpes, de mujeres violadas», dice el padre Heyman Velásquez, sacerdote de Huixtla.

Pese al endurecimiento de los controles en la frontera, la voluntad de gente como Benjamín sigue inquebrantable. Su grupo ha logrado sobrepasar Tapachula, a 30 kilómetros de la frontera con Guatemala y el municipio que ejerce como primera barrera migratoria. No todos lo logran.

Omar Zelaya es un joven de 25 años de Tegucigalpa, en Honduras. Se cubre de la lluvia junto a la oficina de la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar). Allí duermen a diario unas 300 personas. Dice que necesita cruzar a EE.UU. para lograr un trabajo y mandar dinero a casa. Ahora la Guardia Nacional vigila caminos secundarios y sembradíos que antes se usaban para sortear los controles. Aun así, siempre hay gente, como Benjamín o Zelaya, que quiere seguir adelante.

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