Hong Kong: un país, dos revueltas

Las manifestaciones de Hong Kong y de Wuhan dejan al descubierto el funcionamiento de la represión china, ausente en la excolonia británica

Decenas de miles de personas se manifestaron este domingo en Hong Kong
Decenas de miles de personas se manifestaron este domingo en Hong Kong

Shanghái / Colpisa

El pasado lunes, el asalto al Parlamento de Hong Kong se pudo seguir en directo por multitud de canales. Cadenas de televisión y periodistas de todo el mundo retransmitían las revueltas con motivo del 22 aniversario de la devolución de la excolonia británica a China por todos los medios imaginables: a través de las señales de la televisión tradicional, en las redes sociales, e incluso utilizando realidad virtual para que el espectador, en su casa, pudiese sentirse como un manifestante más.

La Policía, que se mantuvo imperturbable mientras los asaltantes rompían puertas, ventanas y persianas de la sede del Legislativo, decidió batirse en retirada cuando se hizo evidente que no podía contener a la muchedumbre durante más tiempo. Y los uniformados no volvieron a aparecer hasta que quienes protestaban contra la jefa del Ejecutivo destrozaron el interior del edificio. Como es obligatorio en Hong Kong, advirtieron en varias ocasiones de que iban a utilizar gases lacrimógenos antes de hacerlo. Nadie resultó herido y tampoco se produjeron arrestos sobre el terreno.

Al mismo tiempo, en la ciudad de Wuhan, 919 kilómetros al norte de Hong Kong, la población comenzaba a mostrar su descontento con el proyecto para construir una planta incineradora de basuras. El Gobierno había asegurado que escucharía a la ciudadanía antes de tomar una decisión, pero al final hizo oídos sordos a la clara negativa del pueblo. Así que, en una decisión más habitual de lo que se cree fuera del gigante asiático, los habitantes de la capital de Hubei, en el centro de la República Popular China, salieron a las calles con el objetivo de frenar el proyecto. Y, como también es habitual, los dirigentes respondieron de forma contundente. Pero nadie informó de lo que sucedía.

Al contrario. Incluso cuando la virulencia de la situación ha ido escalando a lo largo de esta semana, la prensa china ha mantenido un silencio total. Es más, las redes sociales del país, controladas con mano de hierro por las autoridades, han tratado de eliminar todo el contenido publicado por los manifestantes. Vídeos y fotografías desaparecen en cuestión de segundos en plataformas como Weibo o WeChat. Pero en el ciberespacio eso es tiempo suficiente para que alguien haga una captura de pantalla y la comparta por otras vías.

Así es como se ha sabido que Policía y Ejército se han despachado a gusto con los manifestantes. Las imágenes han revelado que cientos de efectivos marcharon en formación propia de la legión romana, golpeando sus escudos para amedrentar a la muchedumbre y protegidos por tanquetas, y que persiguieron a los manifestantes a porrazos hasta dentro de las estaciones de metro. Varias fotografías dejan claro que se produjeron heridos, pero es imposible saber cuántos ni de qué gravedad. Policías de paisano y sin distintivos que los identifique como fuerzas del orden realizaron múltiples arrestos. Un clip incluso muestra dos tanques moviéndose a toda velocidad por las calles de la ciudad.

Sin cariz político

Curiosamente, las demandas de los vecinos del barrio de Yangluo no tienen ningún cariz político. No exigen avances democráticos como en Hong Kong, ni dirigen su rabia contra políticos concretos. «Devolvednos las montañas verdes y las aguas limpias», se lee en una pancarta. «La contaminación destruirá nuestras generaciones futuras», reza otra. El Gobierno había prometido que convertiría un vertedero en un parque, pero parece que podría terminar convirtiéndose en la ubicación definitiva de la planta, que generará electricidad con la quema de 2.000 toneladas de basura al día.

Que la infraestructura se haya proyectado a menos de tres kilómetros de dos universidades y de diez zonas residenciales ha hecho que cunda el temor a consecuencias medioambientales y de salud negativas. Las autoridades han tratado de desactivar el descontento asegurando que todavía no se ha elegido la ubicación final, y que las obras que los ciudadanos señalan con dedo acusador son, en realidad, para construir una estación de tren. Pero la credibilidad del Partido Comunista en estas situaciones no es muy elevada.

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