«Trabajé toda la vida para tener una pensión y ahora no tenemos nada»

A los problemas de los más veteranos de la diáspora gallega se añade el de estar solos tras la marcha de sus hijos y nietos

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Gallegos en Venezuela Los gallegos en Venezuela ya no solo padecen los problemas de todos los habitantes de su país de adopción, sino uno más: muchos de ellos han sido dejados atrás, y ahora son ancianos solos en un territorio que siempre sintieron propio.

Caracas / corresponsal

Los gallegos en Venezuela ya no solo padecen los problemas de todos los habitantes de su país de adopción, sino uno más: muchos de ellos han sido dejados atrás, y ahora son ancianos solos en un territorio que siempre sintieron propio y que se volvió hostil. Una nación en la que ni siquiera hay transporte público y en la que cualquier vicisitud puede significar un prolongado sufrimiento o la muerte.

Los gallegos de segunda o tercera generación que han salido de Venezuela no aparecen en ninguna estadística, no están incluidos en el éxodo de cuatro millones registrado por Acnur, porque en su mayoría han vuelto a España. El esfuerzo de intentar establecerse en el país de sus ancestros significa, en muchos casos, abandonar a padres de 70, 80 o 90 años, al cuidado de familiares o amigos que poco a poco también van muriendo o abandonando Venezuela.

La Xunta de Galicia y el Gobierno español tienen programas que intentan paliar un poco su crítica situación, en especial dos: la Fundación España Salud, que ofrece asistencia sanitaria a los españoles de la tercera edad residentes en Venezuela, y el Centro de Día Santiago Apóstol, que funciona en la Hermandad Gallega, en Caracas, y en este momento atiende a 45 mayores. Diversas residencias geriátricas también tienen relaciones con el centro gallego más importante del hemisferio, y acogen a los miembros menos favorecidos de una diáspora a la que, en general, le fue bien en Venezuela.

La primera vez que pudo ir al centro Santiago Apóstol, María de Luz López Rodríguez se plantó en medio de la calle y detuvo una patrulla policial. Había sido aceptada tras superar una larga lista de espera. Con 84 años y una operación de cadera, sus tres hijos están en el exterior. De los dos que están en España (Barcelona y Pontevedra) sabe poco; del que está en Estados Unidos sabe más, y de hecho, fue el que envió 2.000 dólares para pagar su intervención quirúrgica.

«Venezuela era un país maravilloso», recuerda María Luz sobre 1956, el año en el que llegó desde Lugo. «Trabajé toda la vida para tener una pensión y ahora no tenemos nada», señala, recordando que la paga de jubilado en Venezuela no llega a 6 euros al mes. No hay transporte público, y el poco que hay, ignora a los ancianos porque no pagan el pasaje. «Estamos muriendo de mengua, venezolanos y gallegos», señala María Luz. 

«Todo está caro»

Su compañera Berta Domingos, quien está en el mismo centro, señala que «todo está caro, no hay medicamentos, la inseguridad es enorme [...] no hay respeto por las personas mayores. La pensión no sirve para nada, cobramos 40.000 (bolívares) y un kilo de queso vale 30.000».

Berta, nacida en plena Guerra Civil en el barrio madrileño de Chamberí, padece de un glaucoma que amenaza con dejarla ciega. Las gotas para tratar su enfermedad ocular cuestan dos veces su pensión mensual, por lo que está perdiendo la vista.

Sara Rodríguez, coordinadora del centro de día, señala que a las crecientes dificultades de los ancianos gallegos en Venezuela se ha sumado la marcha del país de sus hijos y nietos; la siempre dura soledad de los ancianos es mucho peor ahora. Para esta institución, la presión es creciente, porque los euros, que anteriormente rendían, ahora no duran nada ante unos precios, sobre todo los de la comida, superiores a los de países desarrollados.

Irene Mejías, de 27 años y abuelos gallegos y levantinos, baraja si irse a Pontevedra o a Valencia, donde está casi toda su familia. Una de las razones para marcharse es que su madre, de apenas 47 años y enferma de artritis, necesita medicamentos que no consigue. Pero, por otra parte, está empezando una carrera profesional como periodista y, aunque no le da dinero, le permite cumplir su sueño y sabe que en España no le será fácil. Su tío, que se fue en los 90, nunca pudo trabajar en su profesión.

«No digo que no me vaya, pero a diferencia de hace dos años, no lo tengo tan claro», señala. Pero agrega: «No conozco nada que no sea esto [Venezuela]. No sé cómo es vivir sin miedo, no sé cómo es vivir sin guardar el móvil, sin tener que comer cada vez menos cosas. Todo eso me empujaría a irme, y todos mis primos [en España] se la pasan diciéndome que me vaya».

Algo parecido piensa José Vales, que hace 60 años llegó a Venezuela desde el municipio de Forcarei. «Nunca quise irme, pero si ahora alguien me regala un pasaje, se acuerda de mí, me voy con todo gusto [...] esta nunca fue la vejez que imaginé luego de trabajar toda la vida», señala a sus 84 años este residente en la Casa Hogar San José, un geriátrico regentado por la Iglesia católica que colabora con la Hermandad Gallega.

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